
Mama Antula había sido la primera causa de canonización que envió Buenos Aires a la Santa Sede. Fue archivada. Quedó “dormida” durante más de un siglo. La reactivó Jorge Mario Bergoglio al llegar al Arzobispado de Buenos Aires. La aceleró el papa Francisco al llegar al Vaticano. El proceso de beatificación de María Antonia de la Paz y Figueroa, conocida como Mama Antula, comenzó en 1905 y finalizó el 27 de agosto de 2016 con su consagración. La fiesta religiosa, en esa oportunidad, tuvo lugar en Santiago del Estero, y la encabezó el propio Cardenal Amato, enviado por el Papa. La mujer había nacido en 1730 en Silípica, un pueblo de esa provincia, y después de la expulsión de los jesuitas peregrinó, sola y a pie, hacia la Buenos Aires virreinal, donde enfrentó a la curia y fundó la Santa Casa de Ejercicios, que aún existe sobre la avenida Independencia de Buenos Aires.
La postulación de la beata se había encaminado en 1996, cuando Hilda Ledesma (madre superiora de la Santa Casa de Ejercicios) y el profesor Gerardo Di Fazio Lorenzo (por entonces secretario de Culto del Poder Legislativo de la Nación), convocaron a la postuladora de la causa ante el Vaticano, Silvia Correale. Di Fazio fue autorizado a revisar un sector de la Santa Casa que hasta ese momento había estado vedado: el Armario Número 10. Lo que halló fue un cartapacio lleno de polvo, caído detrás de los estantes de ese archivo. Una vez abierto, descubrieron valiosa documentación sobre dos posibles milagros de Mama Antula: el de una religiosa llamada Rosa Vanina, de 1904, y el de un médico, el doctor Copelli, en 1947. No habían distinguido el de Claudio Perusini, el que la consagrará finalmente como santa en 2024.
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La doctora Adriana Mendía, quien falleció el 6 de junio de 2021, era la encargada de exhumar los cadáveres de quienes aspiran a ser santos o beatos, constatar si esos cuerpos muestran signos sobrenaturales, o permanecen incorruptos a pesar de años de estar sepultados. Y estudia los milagros que, dicen, realizaron. En diálogo con Infobae, en 2020, explicó que “la curación de la monja Rosa Vanina no tuvo explicación científica. Hizo una colecistitis, una inflamación de la vesícula que se infectó. Aún hoy, que hay antibióticos, es un cuadro de mucha gravedad. El doctor Sobre Casas, que la atendió, esperaba que su muerte se produjera en horas. Las monjitas que rodeaban su lecho se pusieron a rezar con una reliquia de Mama Antula -un pedacito de hueso- y le pidieron que intercediera. Al día siguiente, la monja estaba recuperada. El doctor Copelli, por su parte, tenía un pie totalmente torcido a causa de un accidente. Le rezó a la beata y el pie se enderezó, pero la documentación era una pedigrafía: una especie de radiografía que se hace con papel carbónico, pero no es tan exacta como para acreditar el milagro. No era prudente hacerlo”.
La exhumación se hizo en 1999 en la Iglesia de la Piedad, donde está sepultada. Allí, junto a Mendía, participó el doctor Néstor Botas: “Cuando la beata murió, la enterraron en el camposanto junto a la Iglesia, sin ataúd y vestida. Pensemos que era por el 1700. Para poder identificar el cuerpo le pusieron un tronco de ñandubay, que no se pudre, a modo de almohada. Las monjas sabían que había hecho milagros en vida, y que en algún momento la iban a tener que exhumar -asegura la doctora-. La nuestra fue la tercera exhumación y logró destrabar la causa de beatificación. Encontramos una urnita de madera de guindo, adentro había restos óseos, tierra, ropa, un lienzo, un pedacito de suela de zapato, y una tela blanca como de brocato, con pasamanería, de la anterior exhumación, ochenta años antes. No estaba bien conservado. Como habían trabajado sobre el cuerpo, el esqueleto no estaba completo, faltaban un montón de piezas. Pero ocurrieron dos cosas sobrenaturales: se inundó toda la Iglesia de un olor a madera verde, como si uno entrara a un aserradero, y los huesitos tenían unas incrustaciones brillosas, como si fueran figuritas con brillantina. Llamaba la atención. Se mandaron a hacer estudios por si eran de la tierra, algún mineral como mica, pero no se pudo identificar. Definitivamente hubo algo sobrenatural, sin explicación científica. Fue una señal. Después se tomaron dos reliquias, huesitos que estaban sueltos, y dejamos un diario y un cassette”.
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El caso que hará santa a Mama Antula
El milagro de canonización que la consagrará en la Plaza San Pedro a inicios de 2024 tiene como protagonista a Claudio Perusini, nacido en 1959, cuya historia personal resulta extraordinaria debido a los lazos que lo unen a las personas involucradas. En primer lugar, el protagonista es un ex alumno del Papa. Y no se trata de un alumno más, ya que con el tiempo pasó a ser un gran amigo de Bergoglio. El primer encuentro entre ambos tuvo lugar en Santa Fe, cuando Perusini acompañó a un sacerdote hasta esa ciudad. Bergoglio, que por entonces era superior de los jesuitas, los recibió a todos con mucha cordialidad y los invitó a comer a su casa. Perusini guardó de manera imborrable el recuerdo de Bergoglio cocinando para el grupo una tortilla de papa.
Desde ese momento, Claudio decidió entrar en el Seminario de la Compañía de Jesús. En los primeros años del noviciado, a final de los años setenta, era el cocinero. Él recuerda que todos los sábados y domingos el profesor Bergoglio lo ayudaba a cocinar, era una pasión que los unía. Bergoglio era, además, su confesor y director espiritual. Sin embargo, la relación entre los dos no fue fácil: tenían discusiones que llegaban hasta la pelea, con un lenguaje un poco subido de tono. Todo eso ocurría porque Claudio quería ser sacerdote, pero Bergoglio no veía en él los atributos necesarios. De hecho, le decía: “No sos para esto. Tenés que ser feliz. Y acá no lo vas a ser”. Se peleaban porque Perusini insistía y quería seguir adelante. Entonces Bergoglio lo palmeaba y le decía: “Andate. Yo te voy a bautizar a los chicos”. Jorge Bergoglio le marcó el camino y Claudio tomó su propia decisión: se fue a un lugar de la Patagonia, se casó con María Laura y tuvieron dos hijos.
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Durante 2017, mientras Claudio se encontraba en Santa Fe por una cuestión familiar, tuvo un accidente cerebrovascular que lo dejó en estado vegetativo. Había sufrido un “ictus isquémico con infarto hemorrágico en varias zonas, coma profundo, sepsis, shock séptico resistente, con fallo multiorgánico”. Podía permanecer así el resto de su vida o morir. Para los médicos, no existía una tercera posibilidad. Su pronóstico era poco auspicioso y muy reservado: las chances de que pudiera volver a su vida normal por la condición irreparable de sus lesiones cerebrales eran exiguas. Pero un amigo jesuita llevó a la clínica una estampita de Mama Antula y empezó a rezarle pidiendo un milagro.
De repente, su condición se revirtió. Su mejoría era notable. Después de unos meses de fisioterapia, Claudio recuperó todas sus funciones vitales. Esta sanación que no tiene explicación médica fue considerada un posible milagro. La relación entre invocación y curación se hizo clara y evidente, en las conclusiones científicas a las que llegaron los médicos, la consulta médica del 14 de septiembre de 2023 y la documentación que atestigua la invocación de la beata.
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El 13 de abril de 2018, en Santa Fe, monseñor Arancedo les tomó juramento a las personas designadas para llevar adelante la investigación canónica de esta curación y el 18 de diciembre se cerró el proceso con una misa de Acción de Gracias. Los sobres lacrados con los documentos del supuesto milagro fueron enviados a Roma para la evaluación de la Junta Médica y de la Comisión para las Causas de los Santos. El resto es historia.
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