
Daniele Tiberi es romano y hace cinco años llegó a la Argentina de vacaciones, con planes de quedarse dos meses y a la semana le ofrecieron un puesto de trabajo como asesor de una reconocida cadena de heladerías.
Su historia la cuenta desde su nuevo local de pizza “al taglio”, en pleno Palermo (José Cabrera y Gurruchaga) donde atiende él mismo a sus vecinos. Algunos aprovechan para practicar su italiano, bien hablado y sin ninguna improvisación cocoliche. No siempre el italiano responde en su lengua, sino en un castellano con la “y” bien marcada. Ya está aporteñado y ya es imposible notar que el primer español que aprendió fue en tierras colombianas, tras haberlo estudiado en su ciudad natal.

Daniele tiene 41 años y dice que es extrovertido. Invita a probar una burratina regada con chorrito de aceite de oliva. Recomienda probar sus sfogliatelle, cannoli. De repente, ese local situado casi en una esquina se convierte en un pedacito de Italia y traslada por un rato a quienes no pueden viajar. Su pareja argentina, Verónica, está del otro lado de la barra, en la calle, abrigada con su campera larga de plumas.
Allí se come ahí mismo en unas mesas con banquetas altas para comer en unos minutos o llevársela. Daniele corta la pizza con una tijera especial y eso llama la atención y detiene a los curiosos. En Europa es muy común verlo, pero acá todavía no.
Cuando muchos argentinos sueñan con poner un pie en Ezeiza para migrar, el romano se instala cada vez más en la Argentina. Su adaptación fue inmediata. Con Verónica, que es abogada, tuvo un amor a primera vista. Fue una noche de verano, con música, en Plaza Serrano. Cuando habla de la plaza, se refiere a que efectivamente se conocieron en la plaza y no en un bar. Empezaron a hablarse y los dos meses ya estaban viviendo juntos.
“Para nosotros los italianos, la Argentina es un país parecido al nuestro. El 60 por ciento tiene origen italiano. La comida argentina tiene mucha influencia de la italiana”, asegura Daniele quien se enseguida se hizo fan de las empanadas (las de carne cortada a cuchillo y pollo), el locro. especialmente el que hace su suegra, e infaltable, el asado. También encuentra semejanza al estilo de vida, cómo se desarrolla la semana, los domingos en familia e ir a ver un partido de fútbol”, expresa. Daniele tiene amigos argentinos e italianos, si allá es hincha de “la Roma”, acá de San Lorenzo, donde ya es socio. Va a la cancha con sus amigos romanos, que lo llevaron por primera vez y tienen una bandera que los identifica como los hinchas romanos de San Lorenzo.

Daniele ingresó al rubro de la gastronomía a los 19 años, junto a su tío Giovanni que tenía un restaurante en un barrio céntrico romano, en Porta Pía. Se llamaba Prima Fila y empezó a trabajar como bachero, desde cero, como cualquier empleado. Así, de a poco, fue llegando a la cocina. Era un clásico restaurante pizzería. “Mis primeros sueldos fueron en liras”, recuerda con nostalgia. A los 22 años abandonó por un tiempo la gastronomía siguiendo los consejos de su madre. Su familia es de empleados bancarios y costaba que él rompiera una larga tradición. Por lo que empezó a dedicarse a los seguros financieros. “Hasta la crisis mundial de 2008 se ganaba mucha guita. Después de la crisis, decidí volver a mi primer amor, la gastronomía”, explica.
Así fue que invirtió en su primera heladería a dos cuadras del Panteón, entre el Senado y la Cámara de diputados, que tuvo durante cinco años. Su cuenta Instagram se mantiene activa: Tiberio Gelato Romano “El cliente más famoso que tuve, a quien le hice el helado durante dos años y medio fue el ex presidente del Consejo de ministros de Italia, Silvio Berlusconi. Siempre pedía tres gustos: crema americana, pistacchio y frutilla. Adivina por qué... (se queda en silencio).

-Los colores de la bandera italiana.
-Exactamente. Porque siempre terminaba los almuerzos o las cenas con un postre tricolor (se ríe). Un genio. Un par de veces le mandé un par de cosas de regalo para la Navidad, y él me envió en octubre de 2015 una foto de él con su dedicatoria. Solo hablamos dos veces por teléfono, porque me llamó para agradecerme. La persona que siempre venía a comprar el helado para él era su jefe de seguridad. Compró hasta casi a lo largo de tres años cuando vendí la heladería”.
Si bien tenía tres empleados, la heladería era un negocio familiar y todo el peso terminó recayendo sobre sus espaldas. Además, asegura que la presión fiscal en Italia es peor que la de la Argentina.
Otra vez menciona la crisis italiana y la compara con la Argentina. “Tal vez estamos peores allá. No hay planes sociales ni subsidios y se está agrandando la brecha entre ricos y pobres. Es como acá, está desapareciendo la clase media. Está golpeando fuerte”, asevera. Y comienza a hablar en números. Que a su madre le llegó una boleta de la luz de 120 euros y la siguiente subió a 280. “La de gas ni te digo”. Calcula que su madre tendría que cobrar unos 3000 euros y no los 1600 que recibe. Ella está evaluando venirse a vivir a la Argentina. “Con la jubilación de allá, acá viviría como una reina”.
También recuerda los malos tiempos en que fue empleado y ganaba 1300 euros. Solo de alquiler pagaba 700, sin contar el resto de los gastos, que eran muchos.
Vacaciones en Buenos Aires
La llegada de Daniele a la Argentina no fue una decisión meditada. Más bien fue una sucesión de acontecimientos que hicieron que cada día se fuera instalando más. Por empezar había sacado pasajes por unas vacaciones. “Tengo dos queridos amigos italianos que viven en la Argentina. Los conocía de la cancha. Charlando con uno de ellos en una cervecería en Roma me dijo que en la Argentina tendría muchas oportunidades de trabajo en mi rubro porque soy maestro heladero y hablo bien castellano. Y no se equivocó. A la semana de llegar a Buenos Aires estaba trabajando en Chungo como asesor”, cuenta y agrega: “El dólar estaba a 12 y en 20 días me gané casi el doble de sueldo de un empleado en Italia”.
Tampoco es que a su llegada se haya puesto a buscar trabajo. Su vida laboral comenzó a la semana de llegar en una reunión con amigos en una pileta en Belgrano y alguien del grupo le dijo que era jefe de producción de una cadena de heladerías y necesitaba un asesor. “¿Te interesaría”, le preguntó.

En Buenos Aires trabajó para esa y otras heladerías, además de un proveedor de insumos y materia prima para helados. “Cuando llegué tuve que aprender a hacer el dulce de leche. Y ahora lo hago posta”, cuenta. ¿Si le gusta? Solo en su versión granizada, porque el chocolate contrarresta el dulce. “Es muy dulce para el paladar italiano”, explica y marca las diferencias entre un helado y otro. El argentino es más graso y azucarado.
Daniele dice que los italianos en Buenos Aires se conocen entre todos, porque la mayoría se dedica al rubro gastronómico. Hace unos meses el chef italiano Paolo Spertino le propuso poner una pizzería “al taglio” (al corte) y pastas para ofrecer bajo el concepto al paso, comida callejera. “Y como estaba cansado de hacer helados, acepté la propuesta de Paolo”, explica el romano, siempre dispuesto a lo nuevo.
Daniele marca las diferencias con la pizza napolitana. La romana es más finita, crocante y crujiente, por eso su local se llama Scrocchiarella. “Tiene menos levadura, lleva aceite de oliva. La cocción lleva más tiempo que la napolitana que se hace rápido porque se cocina entre 400 y 450 grados. En cambio, la romana se cocina a entre 250 y 300 grados y lleva un poco más de tiempo.

Ya no tiene clientes tan famosos como Berlusconi, pero los de Argentina resultan más accesibles que las celebridades italianas. Uno, que además es su amigo, es el actor Carlos Portaluppi, quien no le habría enviado una foto firmada. Se hicieron una divertida selfie frente al teatro donde el actor estaba haciendo una obra.
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