
“No, no, no”, le dijo y lo golpeó con sus pequeños puños cerrados. Llena de dolor e impotencia quiso empujarlo fuera de su casa. El capellán de la Fuerza Aérea Roque Puyelli había llegado al Edificio Alas para anunciar una trágica noticia. Y María Alejandra, de solo siete años, ya había entendido, avanzada la guerra, que esa figura vestida con una sotana negra parada en el umbral de su puerta solo iba a traer lágrimas. Lo había visto antes con otras familias. Ella no quería escuchar que su papá había muerto en la guerra.
“No le vas a decir nada a mi mamá… ella está esperando un bebé”, insistió entre lágrimas.
Pero el fatal anuncio, tan inevitable como la muerte, llegó: el mayor Juan José Ramón Falconier había muerto en la mañana del 7 de junio de 1982, mientras cumplía una arriesgada misión sobre la Isla Borbón.

Un misil Sea Dart superficie-aire, lanzado desde el destructor HMS Exeter, había impactado en la cola del T-24, el Lear Jet LR-35 del Escuadrón Fénix. El avión, convertido en en una bola de fuego, cayó en tirabuzón al oeste de la Isla Borbón. Junto a Falconier, murieron los cuatro miembros del Nardo 1.
La misión del Escuadrón Fénix era extremadamente peligrosa: realizar maniobras de engaño y confusión sobre la Bahía de San Carlos para distraer a las Patrullas Aéreas de Combate (PAC) británicas, atrayéndolas hacia su avión para facilitar la aproximación de los pilotos de combate argentinos que iban a atacar a la flota inglesa. Todos los tripulantes eran voluntarios por el riesgo de la acción.

El piloto dejó cuatro hijos -María Alejandra “Mononi” de 7 años, Juan José “Ñequi” de 6, Eduardo de 2, María de los Ángeles de 1- y uno en camino: su mujer, Claudia (26), estaba embarazada de María Belén.
La última vez que María Alejandro y sus hermanos vieron a su padre fue el 30 de mayo de 1982. Y fue un día muy feliz. La familia estaba de fiesta: celebraban los seis años de Juan José y los 38 de su papá, que cumplía al día siguiente y adelantó el festejo. Lo recuerdan con la cara iluminada por las velitas de la torta de cumpleaños. Y a padre e hijo soplándolas juntos y, quizás, pidiendo los tres deseos.

Después, Falconier se fue a la guerra. Antes de partir dejó dos cartas guardadas en un portafolio, allí en el escritorio donde solía dibujar. El oficial besó a su mujer y le dijo: “Dejé dos sobres, uno para vos y otro para los chicos por si no vuelvo”.
No le contó dónde los había guardado y cuando llegó la trágica noticia de su muerte "nos costó encontrarlas en ese portafolios", revela María Alejandra.

Una de las cartas fue para su mujer: le pedía que rehiciera su vida, que cuidara de sus padres y que le prometiera que iba a ser feliz.
"Habían pasado más de dos años desde que mi papá había muerto. Y uno de sus compañeros y amigo, que también había estado en la guerra, siempre nos visitaba y nos ayudaba. Una tarde él estaba en el patio de mi casa de Paraná, Entre Ríos, y fui y le dije, lo que ya habíamos hablado con mis hermanos: 'Queremos que te cases con mi mamá'", revela con emoción María Alejandra.
“Papá se habría enojado si solo nos quedábamos llorando”, agrega la hija mayor del oficial caído. Al poco tiempo, su madre se volvió a casar y tuvo cinco hijos con ese querido amigo de la familia, el vicecomodoro (R) Rafael Alberto González Osterode.

La otra carta que dejó Falconier fue casi un testamento para sus hijos mayores María Alejandra “Mononi”y Juan José “Ñequi”. Ellos debían transmitirle a sus pequeños hermanos este mensaje de coraje, amor y Fe que les había dejado su padre en esa pequeña hoja de papel.

A Ñequi y Mononi:
Su padre no los abandona, simplemente dio su vida por los demás, por ustedes y vuestros hijos… y los que hereden mi PATRIA.
Les va a faltar mi compañía y mis consejos, pero les dejo la mejor compañía y el más sabio consejero, a DIOS; aférrense a ÉL, sientan que lo aman hasta que les estalle el pecho de alegría, y amen limpiamente, que es la única forma de vivir la "buena vida", y cada vez que luchen para no dejarse tentar, para no alejarse de ÉL, para no aflojar. Yo estaré junto a ustedes, codo a codo aferrando el amor.
Sean una "familia", respetando y amando a mamá aunque le vean errores, sean siempre solo "uno", siempre unidos.
Les dejo el apellido: Falconier para que lo lleven con orgullo y dignifiquen, no con dinero ni bienes materiales, sino con cultura, con amor, con belleza de las almas limpias, siendo cada vez más hombre y menos "animal" y por sobre todo enfrentando a la vida con la "verdad", asumiendo responsabilidades aunque les "cueste" sufrir sinsabores, o la vida misma.
Les dejo:
– Muy poco en el orden material, – un apellido: "Falconier", y – a DIOS (ante quien todo lo demás no importa)
Papá
Para que mis hijos lo lean desde jóvenes y hasta que sean viejos, porque a medida que pasen los años, adquieran experiencia, o tengan hijos, le irán encontrando nuevo y más significado a estas palabras que escribí con amor de padre.

María Alejandra muchas veces habla con su papá mirando al cielo. Siente orgullo de ser su hija. Y no quiere solo llorar su ausencia, sino recordar lo mejor de su vida: “Mi papá se hubiese enojado si nos quedábamos lamentando lo que nos pasó. Él quería que mamá fuera feliz, que nosotros pidiéramos ser felices a pesar de su ausencia. Era un hombre muy alegre. Y nosotros honramos su legado”.

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