
Olga Elisa Painé nació en Ingeniero Huergo, Río Negro, el 23 de agosto de 1943. Fue abandonada por su madre (Gertrudis Reguera) cuando tan solo tenía 3 años, iniciando así un viaje sin retorno de ausencias y desencuentros que marcaron su existencia. Con toda la fuerza de su sangre, se aferró con alma y vida al canto mapuche, inspiración impulsora de su destacada carrera artística, que llevó la voz de su pueblo hacia todas las latitudes.
Aimé dio sus primeros pasos en el coro del colegio de Mar del Plata donde estuvo pupila, hasta que la familia Llan de Rosos la adoptó. Más tarde estudiaría canto con profesores particulares y llegaría al conservatorio. Pero la puerta de entrada a su carrera profesional como cantante solista fue el Coro Polifónico Nacional, en el que ingresó por concurso y cantó como soprano durante cinco años.

En 1976 dejó el coro y viajó a su tierra natal para conocer más de su historia, con la ayuda de sus mayores y antepasados. Adoptó entonces el nombre artístico de Aimé, que en su lengua significa “atardecer rojizo”. Junto a los miembros de su comunidad la artista descubrió que la música indígena era un punto de comunión entre lo espiritual y la naturaleza. Allí, su rumbo hace un giro que la llevó, finalmente, a tomar la decisión de poner su vocación al servicio de difundir la música mapuche y luchar por las reivindicaciones y derechos de la comunidad. Siempre lo hizo vistiendo los trajes típicos, que ella misma confeccionaba, y en sus canciones pedía respeto por la cultura mapuche, además de justicia y libertad para sus pares.
En 1987, durante un viaje a Paraguay, luego de cantar en mapuche, y mientras la entrevistaban en la televisión local, se desmayó y tuvo que ser intervenida de urgencia por una hemorragia cerebral, producto de una aneurisma.

Falleció a los 44 años, un 10 de septiembre, en presencia de su entrañable amigo el doctor José María Bensadon Carbonell, a quien conoció en el Coro Polifónico Nacional, y que viajó desde Buenos Aires para acompañarla durante la intervención quirúrgica. Sus restos descansan en Ingeniero Huergo, junto a la tumba de su padre.
La mujer. Bella como pocas, con una personalidad arrolladora, capaz de conquistar el mundo entero con sus enormes ojos negros, la pequeña Olga Elisa era dueña de un magnetismo irresistible. Su personalidad cautivante hizo que los admiradores se contarán por cientos y el listado de amistades se extendiera por varios países y continentes. Pero Ángel no era una amistad cualquiera. Ese vínculo significó para la cantante un amor único e irrepetible que, en los inicios, le dio inmensa felicidad, pero con el tiempo le dejó un sabor amargo que la precipitó por un laberinto de soledad y dolor inesperados.

28 de marzo de 1967, once de la noche en la provincia de Santa Fe: “Qué lindo es el amor, ese amor tuyo, tan suave (…) Qué deleite, que placer cuando se ama así (…) Me siento tu dueño por haberte hecho mujer y por haberte enseñado a amar así (…) no quiero que sufras, quiero que ames y vivas contenta y feliz ese amor…”, escribió Ángel en una de las tantas cartas enviadas a Aimé con el afán de sentirse más cerca, de no extrañarla, de no perderla. Sin embargo, los largos años de relación que mantuvieron, estuvieron plagados de pocas luces, muchas sombras y reiterados abandonos que no hicieron más que quebrar el corazón de la cantante hasta llevarla al abismo. Vivía sola, en un departamento, ubicado en Barrio Norte, que él le prestó y que, en el año 1984, puso a su nombre.
Supo que Ángel era un hombre casado cuando ya era demasiado tarde. Los días se le hacían largos y los meses eternos hasta el próximo encuentro. Solo la visitaba un par de veces por mes y siempre procuró ocultar la relación que tenía con ella. Así fue como de a poco Olga Painé, aquella niña de tres años que fue abandonada por su madre, volvió a experimentar el abandono una vez más.

La última carta del amante santafesino, un poco más fría y despojada que la primera, fue una tarjeta de augurios por las fiestas que data del 5 de diciembre de 1986: “Con la figura del frío del sur, pero con el calor del amor: felices fiestas y un tierno cariño. Éxitos en la sagrada misión de la amistad y el amor al prójimo. Dios se lo pague. Hasta siempre, tu Ángel.”
Nueve meses después de esta última esquela, Aimé falleció en Paraguay.
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