
Aún recuerda como si hubiera sido ayer la primera vez que se subió a un avión. Era un Cessna 182, lo piloteaba el papá de un amigo y le quedaron grabadas las primeras luces de la ciudad en ese vuelo de Moreno a Aeroparque. Desde chico se le prendió, como lo describe, esa llama que no se apagó nunca.
Tenía el destino marcado. Había nacido en el Hospital Aeronáutico Central, su papá era oficial de la Fuerza Aérea y por poco con sus hermanos no forman un estado mayor conjunto: dos fueron aviadores y otro oficial de Ejército.
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Gerardo Guillermo Isaac había egresado de la Escuela de Aviación Militar, hizo el curso de aviador de combate. Y el primer avión que piloteó, en medio de los nervios y de la incertidumbre en la ansiedad por comprobar si en realidad tenía condiciones de piloto, fue un Mentor B-45.
Ese viernes 2 de abril de 1982 era un alférez de 23 años miembro de un escuadrón de A-4C Skyhawk y estaba de guardia cuando se enteró de la recuperación de las islas Malvinas. Solo unas horas después supo que su unidad sería partícipe de la guerra. Y de pronto se vio volando, junto a sus compañeros a San Julián, donde establecerían la base de operaciones.
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Tuvo tiempo de avisarle a su familia y a Gisela, su novia a la que había conocido en unas vacaciones cuando estaba en cuarto año de la secundaria. Hoy tienen cinco hijos, ninguno militar, aunque uno es piloto civil.

En San Julián operarían 16 aviones. El lugar ya lo conocía desde el año anterior, cuando había viajado cuando la hipótesis de conflicto era Chile. Era inseparable con sus compañeros de promoción los alférez Carlos Codrington y Guillermo Martínez.
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La primera misión llegó el 1 de mayo, pasado el mediodía. Debían atacar a un grupo de barcos, pero en pleno vuelo el radar les indicó la presencia de una patrulla de Sea Harrier y regresaron a la base.
Cada misión suponía el reabastecimiento en vuelo tanto de ida como de vuelta, el ataque en vuelo rasante y retornar por otra ruta distinta a la usada a la ida.
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El 9 de mayo le asignaron otra misión, junto al alférez Jorge Casco, el teniente Jorge Farías y el capitán Jorge García. Por la mala meteorología Isaac y García regresaron pero Casco y Farías continuaron. Y desaparecieron del radar. Isaac recuerda esa larga espera desde la tarde hasta bien entrada la noche con la mirada fija en el horizonte. Por el 2010 localizaron los restos de Casco que, por decisión de su familia, fueron sepultados en Darwin. Ambos pilotos habían chocado contra estribaciones rocosas, debido a la mala visibilidad.

El 25 de mayo junto al capitán García y los tenientes Daniel Paredi y Ricardo Lucero atacaron a la flota en el norte del Estrecho de San Carlos. De nuevo reabastecimiento en el aire y vuelo rasante por tierra. Isaac recuerda haberse zambullido entre los buques. Su avión era el ubicado en el extremo izquierdo de la escuadrilla.
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Cuando eligió el blanco, liberó las tres bombas de 250 kilos cada una. Pero no se desprendieron. Vio cuando se eyectaba el teniente Lucero. Estuvo a punto de ahogarse y fue rescatado por los ingleses, que lo curaron ya que se había eyectado a mucha velocidad. El capitán García pudo salir del ataque, reportó fallas y nunca más respondió. Muchos años después encontraron sus restos en una balsa. También descansa en Darwin.
Tres días después se frustró otra misión: el objetivo elegido resultó ser un buque hospital.
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El 30 fue una jornada inolvidable. En el radar apareció el blanco buscado: un portaaviones. Se distinguían puntos que iban a venían a un mismo lugar, a 110 millas al este de Puerto Argentino.
El jefe del escuadrón reunió a los oficiales más antiguos. Pidió dos voluntarios. Se presentaron los primeros tenientes Ernesto Ureta y José Daniel Vázquez. Era una misión realmente riesgosa en momentos en que la unidad había perdido muchos pilotos y aeronaves.
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De San Julián volaron a Río Grande, donde se reunieron con el capitán de corbeta Alejandro Francisco y el teniente de navío Luis Collavino, pilotos de Super Etendard. Llevarían el último misil Exocet. Cada A-4C llevaba tres bombas de 250 kilos y 200 proyectiles.
El miedo daba vuelta, recuerda Isaac. Esa sensación de que en cualquier momento puede tocarle a uno. Cada uno manejaba sus temores como podía, explicó, pero no los manifestaba.
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Despegaron después del mediodía. Se reabastecieron en vuelo varias veces con dos KC 130, que volaron junto a ellos por 200 kilómetros. Más cerca del objetivo, formaron en línea. Isaac recuerda que iba a la derecha junto a Ureta. Volaban pegados al agua, con silencio de radio. Cada uno sabía lo que debía hacer.
A los 80 kilómetros del blanco comenzaron a subir para hacer una barrida de radar e inmediatamente bajaron. Estaba nublado y por momentos llovía. A 40 kilómetros de distancia dispararon el misil, los Super Etendard se separaron y el resto de la escuadrilla siguió la estela del proyectil.

La silueta asimétrica del portaaviones fue inconfundible para Isaac. Al llegar vieron dos columnas de humo que salían de sus costados. A siete kilómetros del blanco Isaac sintió una explosión a su izquierda. Vio como un A-4C impactaba contra el agua. A 1500 metros otra explosión, mucho más violenta. Otro A-4C con fuego en su interior se infló desproporcionadamente y también cayó al mar.
Junto a Ureta atacaron al Invincible. Isaac arrojó sus bombas sobre la popa del buque y salió por la derecha. Comenzó con las maniobras evasivas. Atinó a mirar hacia atrás y solo vio humo negro que salía del barco.
Por radio preguntó si alguno más había salido. No obtuvo respuesta. A su frente Isaac distinguió un punto. Pensó en un avión enemigo. Era Ureta. Levantó su brazo color naranja. Solo él y Ureta usaban esa vestimenta de ese color. Ahí supo que habían derribado a Vázquez y a Castillo.
Aterrizaron en Río Grande 3 horas 47 minutos después de haber despegado. La pista estaba llena de gente. Isaac se abrazó con Ureta justo antes que los llevaran a Inteligencia donde durante dos horas relataron lo que habían vivido.
Alegría contenida por la profunda tristeza por la muerte de sus compañeros. Peor para Ureta: tuvo la difícil tarea de llamar a la esposa de Vázquez y a la madre de Castillo.
Al finalizar la guerra, quedaban menos de la mitad de los aviones, y tenían ocho pilotos muertos. La Fuerza Aérea perdió a 55 efectivos.
“Este 10 de agosto no solo debe involucrar a los pilotos sino a todos los integrantes, ya que somos una sola unidad que demostró que cuando fuimos al combate se perseguía el mismo objetivo”, remarcó Isaac que fue, durante la guerra de Malvinas, vivir al límite.
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