
A los 11 años, Leandro maduró de golpe. Fue cuando la sublevación de Lagos, que había arrastrado a tantos federales, había hecho lo propio con su papá. Junto a su compadre el temible mazorquero Ciriaco Cuitiño y otros se calzaron la divisa punzó, combatieron, vieron cómo fracasaba el levantamiento y terminaron en la cárcel para recibir una lección ejemplificadora. Su papá Leandro había servido durante 19 años en la policía rosista. Le endilgaron sin pruebas los asesinatos de Linch, Oliden, Maison, Amarillo y tantos otros. “Leandro, ya no eres un chico. Debes cuidar a tus hermanos y ayudar a tu madre. Piensa que no estando yo, tú eres el hombre”, le dijo en la celda donde esperaba, deprimido y enfermo, la sentencia de muerte.
El 29 de diciembre de 1853 en la plaza Independencia, apretujado entre la muchedumbre de esa mañana calurosa, el niño vio cómo la justicia de los hombres le arrebataba la vida a su padre. No olvidó ni el bamboleo del cuerpo en la horca ni los comentarios insidiosos que decían que había muerto como un hombre cobarde y atemorizado. No importó que el coronel Antonino Reyes, años más tarde, le haya dado su palabra que había afrontado los últimos momentos como un hombre. Desde aquel día, cargó con el estigma de ser “el hijo del ahorcado”. Y cambió la n por la m en su apellido y pasó a llamarse Alem.
Casi 44 años después, estaba por dar cabida a otro estigma.
A las 9 de la noche del miércoles 1 de julio de 1896, de su casa habían solicitado un coche.
Estaba con sus amigos Domingo Demaría, Oscar Liliedal, Adolfo Saldías, Enrique De Madrid, Francisco Barroetaveña y Martín Torino, a quienes había mandado llamar. Cuando todo había pasado, todos creyeron que planeaba matarse en su escritorio, pero Demaría y Barroetaveña estaban allí hablando.

Puntual, el cochero Martín Suárez aguardaba en la puerta del domicilio, en la calle Cuyo (hoy Sarmiento), entre Callao y Rodríguez Peña. Cansado de esperar casi una hora, estuvo por irse.
Mientras se subía al carruaje número 1558, Alem preguntó: -¿Sabés cómo ir al Club del Progreso?
El pasajero era un hombre abatido y desencantado. Veterano de los combates de Cepeda y Pavón, herido en Curupaytí, había militado en el autonomismo hasta que, desilusionado por el acuerdo entre Alsina y Mitre, fundó el Partido Republicano. Cuando fracasó su prédica contra la federalización de Buenos Aires, en 1880 -que su sobrino Hipólito Yrigoyen apoyó- se alejó de la política por una década.
Según el conductor del carruaje, no habrían hecho más que veinte metros cuando escuchó, entremezclado con el ruido de los cascos del caballo contra los adoquines, un estampido, similar al sonido de un cohete.

Ese hombre abatido había sido aclamado como el referente de la Unión Cívica y líder de la revolución del Parque, que provocaría la caída del presidente Miguel Juárez Celman. Temprano se dividió el partido cuando la muñeca política de Roca le propuso a Mitre -candidato de la Unión Cívica- un acuerdo. Nacía la Unión Cívica Radical. Para él, la misión era la restauración de la república; la calidad de las instituciones, la honradez gubernativa, la libertad de sufragio y el respeto por las autonomías provinciales. Debió luchar contra muchos, incluso contra su sobrino Hipólito Yrigoyen, quien ya tenía sus propios seguidores y que había armado el partido en la provincia de Buenos Aires, con independencia de su tío.
Cuando el coche llegó a la sede del club, en Perú y Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), el cochero repetía: “El doctor Alem se mató…”.
Ese hombre abatido yacía sobre el asiento. Vestía su característico traje oscuro, pasado de moda, desgastado por su uso. A sus hombros lo cubrían un poncho de vicuña. Junto a su mano derecha había un revólver Smith & Wesson de culata nacarada. La ropa y el asiento estaban manchados con sangre. Aún se percibía el olor a pólvora.
Uno de los socios del club que casualmente ingresaba, hizo llamar a la policía, mientras que el portero José Rodríguez entraba para dar la noticia.
Llevaron el cuerpo al salón del primer piso donde lo depositaron sobre una mesa que el Club del Progreso aún conserva como una reliquia. Detrás de la oreja derecha se veía el orificio de entrada de la bala.
Alguien cubrió su rostro con el poncho de vicuña que el suicidado traía. Tenía 54 años.

Ese hombre abatido había empezado a morir hacía tiempo, cuando Carlos Pellegrini lo acusó de tener “antecedentes sucios” y cuentas turbias en el banco que se resumían en una deuda de unos veinte mil pesos. Alem lo retó a duelo, pero un tribunal de honor lo frenó a tiempo. Murió un poco más cuando en abril de 1896 un derrame cerebral se cobró la vida de Aristóbulo del Valle, su entrañable amigo desde la época de la universidad.
“Vivir deprimido o morir”, le escribió a Tomasa, su hermana soltera. Pidió disculpas a sus amigos hasta en la muerte: “Perdónenme el mal rato, pero he querido que mi cadáver caiga en manos amigas y no en manos extrañas, en la calle o en cualquier otra parte”.
A Barroetaveña le dejó un pliego, que sería su testamento político. “He terminado mi carrera, he concluido mi misión. Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir. Si, que se rompa, pero que no se doble. He luchado de una manera indecible en estos últimos tiempos, pero mis fuerzas, tal vez gastadas ya, han sido incapaces para detener la montaña y la montaña me aplastó”.
“He dado todo lo que podía dar; todo lo que humanamente se puede exigir a un hombre, y al fin mis fuerzas se han agotado…”
“Los sentimientos que me han impulsado, las ideas que han alumbrado mi alma, los móviles, las causas y los propósitos de mi acción y de mi lucha en general en mi vida, son, creo, perfectamente conocidos. Si me engaño a este respecto, será una desgracia que yo ya no podré ni sentir ni remediar”.
“Entrego, pues, mi labor y mi memoria al juicio del pueblo, por cuya noble causa he luchado constantemente. En estos momentos el partido popular se prepara para entrar nuevamente en acción en bien de la patria. Mis dolencias son gravísimas, necesariamente mortales. Adelante los que quedan”.

“Ah,¡ cuánto bien ha podido hacer este partido, si no hubiesen promediado ciertas causas y ciertos factores!”, escribió para que entienda quien correspondiese.
El 4, bajo una copiosa lluvia, una multitud acompañó el cuerpo de ese hombre eternamente abatido, que fue fiel a sus ideas y conducta, algo que muchos entenderían cuando un disparo, que entró detrás de la oreja derecha, puso fin a la vida de aquel que cambió una letra de su apellido para dejar de ser “el hijo del ahorcado”.
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