
Murió anoche, a las 23.30, a la hora de cierre de los diarios, el periodista Pablo Calvo. Tenía 53 años y esta peste maldita que nos diezma, se lo llevó en menos de un mes. En mi celular late aún su mensaje del 16 de abril: yo le llevé mi aliento y él contestó: “Gracias Alberto querido. La sacaré adelante”. Pero no pudo ser. Peleó una batalla desigual contra un monstruo implacable. Era su estilo. Y el estilo hace al hombre.
Y murió el día de su cumpleaños porque amaba los símbolos, la ironía, cierto candor sarcástico y los buenos remates. El periodismo, el que cuenta historias y desata nudos, no sabe aún cuánto hemos perdido, porque eso pasa con la muerte joven: sabemos quién es el que se va, pero no sabemos ya quién pudo haber sido.
Había nacido en Sarandí y, para torcer el destino inevitable de adherir a un club de esa zona, se hizo hincha fervoroso e implacable de San Lorenzo, del que conocía alineaciones, historia, anécdotas y hasta el destino que habían tenido algunos tablones de leyenda del viejo estadio de la Avenida La Plata.
Era un repentino. Amaba la sorpresa. Y la aplicaba a la profesión. Empezó a caminar los caminos sinuosos y espinados del periodismo en la Agencia DyN, que ya no existe. Hasta que Clarín, con buen tino, lo convocó a su redacción. Dos o tres historias breves. En una de las tantas elecciones de medio término, a Pablo se le ocurrió editar a diario una página con la historia chica de la campaña. Una tarea titánica en la que cabía todo lo que no reflejaban los datos duros del día a día: desde el gusto de los candidatos por la música, hasta la historia secreta de los mensajes de campaña. Lo que logró fue un retrato íntimo de la política nacional que ni el más experto sociólogo pudo volcar en el más sesudo de los ensayos.
Un día le escribió al papa Francisco, otro sanlorencista como él. Y el Papa le contestó con esa letra pequeñita y apretada que es su marca registrada. Su Santidad no sabía con quién se metía. Pablito le cayó a la Santa Sede con una parafernalia azulgrana, su libro “Dios es Cuervo”, faltaría más, camisetas banderines, pines y recuerdos. Las fotos los muestran a ambos, con una beatífica sonrisa que haría las delicias del padre Lorenzo Massa, fundador del club de Boedo.
Otra, una tarde, cuando integraba el equipo de investigación del diario, descubrió una foto extraña y del año 1954. En los balcones de la Rosada, el general Perón alzaba a la multitud un chico con guardapolvo. Ambos de espaldas. Alguien hizo la pregunta inevitable: ¿vivirá ese chico? Pan comido para Pablito. Durante meses desarrolló una tarea agotadora, superpuesta a la diaria, hizo centenares de llamados telefónicos, buscó, rogó, desempolvó registros y papeles amarillos, hasta dar con aquel chico, ya un hombre maduro. Escribió entonces una historia maravillosa que también revelaba parte de la cruel y doméstica historia del país.

Aceptaba los elogios y los aplausos, en una profesión que no los regala, con una sonrisa entre tímida y pícara que preanunciaba más aciertos. Escribía con lo que hay que poner sobre la mesa. Sus textos respiran aún, vívidos, expresivos, todos con las tres condiciones elementales de las grandes crónicas: descripción, interpretación, sorpresa. En eso, en la narrativa, había heredado con sapiencia las enseñanzas de su gran amigo, el maestro Hermenegildo Sábat. Los separaban más de una generación de diferencia, pero los unía un cariño fraterno, filial, inalterable. Si Sábat decía que dibujaba con el corazón ardiendo y la mano helada, Pablito escribía de igual manera.
En 1997 casó con una colega, Diana Baccaro. Tres años después tuvieron un hijo. Fue un embarazo difícil, hostil, enmarañado; aquel chico peleaba por nacer con la tenacidad que sus padres usaban en la profesión. Eso le valió su nombre, que Pablito anunció con orgullo: León. Dos décadas después, fue Pablo quien peleó como un león frente a la peste desbocada. Como nada es eterno, la pareja se separó no hace mucho tiempo, aunque ahora todo parece mucho tiempo.
Debo contar una intimidad. Una tarde, Pablo me envió un mensaje: “Estoy cerca de tu casa, ¿puedo pasar?”. Una sorpresa del repentino de siempre. Llegó con un regalo: “Miedo – Trump en la Casa Blanca”, de Bob Woodward. Y contó que había encontrado un gran amor. Le brillaban los ojos de emoción o de felicidad, o por ambas. Ni mi mujer ni yo supimos bien qué hacer. Sólo abrazarlo y desearle lo mejor. Lo empujé a mi escritorio para enseñarle mi rincón dedicado a John Kennedy, y puse en sus manos una de aquellas monedas de medio dólar con la efigie del ex presidente. Le dije que muy pocos de mis amigos tenían una de esas monedas, que atesoro como un tonto y en la que deposito, irracional, la facultad de conceder sólo buenas cosas. Luego, ya casi no nos vimos, porque nos creemos eternos.

Con otros seis colegas conformamos a “Los siete magníficos” un título de inocente épica que nos juntó alrededor de mesas bien servidas y regadas: Claudio Savoia, Gerardo “Tato” Young, Lucas Guagnini, Gustavo Sierra, Marcelo Larraquy y un servidor, unidos en su momento, y acaso desunidos, por Clarín, creímos alzar, y alzamos, un escudo protector contra vientos y mareas en los que siempre brilló el humor de Pablo, su incansable espíritu de unión y de amistad. Pero el escudo no alcanzó para domar la peste.
Pablo era licenciado en Comunicación Social de la UBA, docente de la maestría Clarín-San Andrés, ganó varios premios nacionales e internacionales, pocos, merecía más y escribió cuatro libros: “La muerte de Favaloro”, una investigación extraordinaria sobre los motivos que llevaron al gran cirujano al suicidio, “Los mendigos y el tirano”, sobre el disparatado exilio provincial al que el general Antonio Bussi obligó a los mendigos tucumanos: los cargó en un camión y los abandonó en Santiago del Estero, y sus libros sobre San Lorenzo: “Dios es cuervo” y “Los tesoros del Gasómetro”. Preparaba un quinto libro sobre su admirado Sábat.
Además de a un tipo entrañable, perdimos a un profesional honesto, veraz y responsable, a un gran cronista de nuestro tiempo. Hay cosas y personas que no tienen reposición.
Me gustaría, si me permiten, que las dos últimas líneas lleguen a su hijo, León, para decirle algo que no nos dicen cuando mueren nuestros padres. Que puede llevar su apellido con orgullo y con la frente en alto.
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