Buenos Aires años 30: una pintura de la vida porteña en la Década Infame

Este texto es un extracto de Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos. Corresponde al volumen 4: La factoría pampeana (1922-1943)

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Con la Década Infame, el país ingresa en los tiempos modernos. La orgullosa Argentina descubre el siglo XX con la crisis del treinta. Flota en Puerto Nuevo un tenebroso mundo de náufragos que no provienen del río sino de la ciudad hambrienta. Los ex hombres levantan sus ranchos de lata en Villa Desocupación.

Discépolo, poeta del asfalto, escribe sus tangos, penetrados de amargura siniestra. ¡Un canto a la desesperanza, un himno al fracaso! En todos los labios se repiten los versos estremecedores de «Yira, Yira»: es la biblia del «raté» en la monstruosa ciudad de cemento. Hacen su aparición la «voiturette», el bar automático y el biógrafo sonoro.

Cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar, te acordarás de este otario que un día cansado se puso a ladrar.

En la Buenos Aires orgullosa cantada un día remoto por Darío y Lugones rezongaban ahora bardos harapientos. El peso es un peso «fuerte», sólido, respetable, exclusivo. Otra canción de la crisis lo busca:

dónde hay un mango, viejo Gómez, los han limpiado con piedra pómez.

La moneda era sana, pero los hombres estaban enfermos. El Ejército rechaza a miles de jóvenes por inaptos. La tuberculosis hace estragos. La palabra neumotórax es una palabra del año 30. Los maestros sin empleo, los analfabetos con el estómago vacío y los maestros que no cobraban sus sueldos, son los fenómenos corrientes de la década. La pequeña burguesía se degrada; se forma una subclase de desocupados. El dolo se combina con la picaresca para sobrevivir.

Buenos Aires se puebla de buscavidas y de oficios inverosímiles. Porteños y provincianos hundidos en la desdicha se hacen buscones.

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El amigo del jockey, que persigue la quimera de un «dato» preciso para el domingo; el atorrante divagador y filosófico que bebe café a crédito; el abogado sin pleitos que procura un empleo público; el organizador de banquetes o de concursos inexistentes; el falso influyente; el gestor de empleos, que es cesante; el cesante yrigoyenista de 1930 que hace de su desgracia una carrera y sólo acaricia durante años la esperanza de reingresar al empleo público; el desesperado que corteja a la dueña de la pensión; el escuálido poeta que vive cada quince días, por turno, en casa de algún amigo, el protector de leprosos, que vende rifas sin número; el antiguo proxeneta, herido como un rayo por la ley de profilaxis y que ahora alquila departamentos por hora para el amor fugaz; el empleado embargado y concursado; el melancólico ave negra que espera el asunto salvador en el bar Tokio, frente a los Tribunales; el rematador sin remates; el naturista transformado en curandero y yuyero; el grafólogo que adivina el carácter; el astrólogo que descifra el porvenir; el falso médico que adquiere su título por 300 pesos en la frontera de Bolivia; el nihilista y el iluminado; el espiritista y el marinero en tierra; el comerciante quebrado y el conspirador radical que sueña con el regreso.

¡Buenos Aires! la pequeña burguesía tirita bajo el vendaval. En la Chacarita de los automóviles se acumulan todos los modelos y junto a ellos, calaveras y gigolós se hunden en la bancarrota. En 1935 se empeñan en el Banco Municipal de Préstamos 10.340 máquinas de coser. Las grandes familias venden sus palacios: la quinta Unzué, el Palacio Paz, el Palacio Pereda, el Palacio Ortiz Basualdo, la casa de Del Solar Dorrego. Ya no pueden sostenerlos. Se acuña el vocablo «manguero».

El mate venía de los viejos tiempos de la pampa libre; luego fue un vicio amable. En 1930 es de rigor como alimento casi exclusivo. El bizcocho con grasa es el «plato de resistencia». Reina el bar automático. Con una moneda bajaba del tubo sucio de vidrio, un sandwich indiscernible. Era el templo gastronómico para los «gourmets» de la crisis. Revestido de azulejos, como el hospital o la morgue, en el local pululaban actores sin trabajo, borrachos disertantes, estudiantes crónicos, vagos sin origen ni destino, empleadillos, mujercitas sin clientes; humedad, sofocación, un vaho de fritura y tristeza.

Discepolo, el poeta de aquel tiempo
Discepolo, el poeta de aquel tiempo

Era un hombre rechoncho, con un «tic» desafiante y el eterno habano entre los dientes. Amante de las «cosas gratas de la vida», Natalio Botana era un personaje que podría haber inspirado a Orson Welles el tema de «El Ciudadano». Con un busto en bronce de Gorki a sus espaldas, este ex anarquista uruguayo, nutrido de literatura y resuelto a todo, se abrió paso como un cuchillo en la gran ciudad del Plata. Convirtió a Crítica en el órgano cotidiano del crimen y del escándalo vulgar.

El dibujante Rojas dibujaba con pasión fotográfica, en blanco y negro, las grandes manchas de sangre y los miembros amputados de la desgraciada telefonista descuartizada por la pasión del carnicero Juan Bonini.

Muy cerca, Jorge Luis Borges dirigía la sección literaria del gran diario «amarillo». Botana juntaba todos los ingredientes para su producto.

Era el diario «popular» de un gran capitán de industria. En la jerarquía de méritos de la prensa colonial porteña, Crítica estaba llamada a ejercer el apostolado de la «democracia» y el «antifascismo». Desde ya, esto incluía su apoyo al presidente fraudulento, el general Justo, cuya persona era intocable. En el campo de la política mundial, Crítica dispensaba su simpatía a las grandes potencias coloniales «democráticas», con fuertes inversiones en el país: Inglaterra, Francia, Estados Unidos. Cada centímetro del diario estaba en venta perpetua.

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Una gran página de Crítica hormigueaba de avisos de manicuras; manicuras polacas, francesas, italianas se ofrecían. Eran especialistas recién llegadas. Ofrecían el éxtasis a precios módicos: dos pesos, tres pesos, cinco pesos. La crisis arrojaba a la calle a las mantenidas de la gente bien; trotadoras o pupilas de las casas de lenocinio competían con la remonta París Buenos Aires. Pero el senador Serrey, legislador fraudulento por Salta aunque moralista, proyectará la Ley de Profilaxis Social.

La prostitución se hará clandestina. Por sólo 20 centavos las jóvenes leían los folletos de educación sexual de Claridad, con su museo de horrores. La sífilis y la blenorragia se expanden triunfalmente. El doctor Fernández Verano, con su Liga de Higiene Social, proyecta películas sobre las enfermedades venéreas. Muchos asistentes se desmayan en la función al comprender su inmediato porvenir.

En Mendoza millones de hectolitros de vino desbordaban alegremente las acequias. El trigo se acumulaba en los silos mientras el hambre se extendía por «el granero del mundo».

Ilustración de Caras y Caretas
Ilustración de Caras y Caretas

De Tucumán, Santiago del Estero o Corrientes bajaban a la capital las jóvenes vestidas de negro, macilentas y tristes, de alpargatas y monedero vacío, a conchabarse en las familias de la alta o baja pequeña burguesía, por $20 o 30 mensuales, «con comida y cama adentro». El zoológico será su fiesta, los conscriptos de Plaza Italia el amor furtivo en la inmensa ciudad hostil.

Las drogas circulaban por la calle Corrientes, la angosta, la ruin. En las noches de hastío, un nuevo pistolero que la policía evita, el gallego Julio, pasea con tenebrosos edecanes por la vereda luminosa buscando delatores. Salones con espejo y tiro al blanco, cesantes radicales en el café Marzotto, o burreros irremediables hundidos en una silla del Nacional, con los ojos hipnóticos clavados en la victrolera desdentada, sueñan con la pasión. Cuenteros del tío y usureros dialogan en las mesas de mármol lívido de «La Cosechera». En las madrugadas, los desocupados rodean a los canillitas que venden La Prensa. Los avisos de «ofrecidos» son mucho más numerosos que los «pedidos». Los desocupados con bicicleta llegan antes que los otros a la oficina o a la fábrica. No hay vacantes, de todos modos. En el conventillo de cinco patios con las macetas de malvones en latas de aceite Ybarra, hierve sin cesar la yerba. Un solo ejemplar del diario arrugado circula por toda la población de la casa. La Singer jadea por el fondo. La pantalonera trabaja por pieza. Nunca leyó a Evaristo Carriego pero sabe que el confeccionista al por mayor cuenta siempre mal las piezas.

Pintura de Antonio Berni
Pintura de Antonio Berni

Prosperan los asaltantes solitarios. No falta un hijo que se ha ido a Avellaneda, cansado de «mishiadura», a juntarse con Ruggierito y su banda. En Avellaneda, la Chicago Argentina, domina don Juan Ruggiero. Retacón y medido, cortés y de mortífera eficiencia, era amigo de don Alberto Barceló. Su Reino era el fraude y el pase inglés, la peca y la quiniela, el monte y el trencito; pero no cruzaba el puente del Riachuelo. En la Capital Federal reinaba la ley y los comicios eran limpios. El general Justo tenía un gran respeto por la Capital; nada de padrones volcados, nada de juego. En Avellaneda, Ruggiero y Barceló eran una sola y misma cosa. Por lo demás don Alberto era senador de la Nación; sabía arreglársela con los jueces cuando Ruggierito y sus muchachos arreglaban las cuentas con algún opositor indiscreto. De Avellaneda, en esa época, nadie salía a hundirse en Sierra Chica.

Alberto Barceló, amigo y protector de Ruggierito
Alberto Barceló, amigo y protector de Ruggierito

Cuando el «gallego» Julio ametralló a Ruggierito, por cuestiones de principio, la pesadumbre fue general. Los despojos de la ilustre víctima fueron velados en la sede del Partido Democrático Nacional de Avellaneda. La consternación partidaria manifestóse en un rico desfile fúnebre: el ataúd marchó cubierto con la bandera argentina. ¡De Adolfo Alsina a Barceló! ¡De Juan Moreira a Juan Ruggiero!

El ataúd de Ruggierito envuelto en la bandera argentina
El ataúd de Ruggierito envuelto en la bandera argentina

Carlos Gardel perdía un gran amigo, pues el «jilguero criollo» era el mimado cantor del conservadorismo populista de Avellaneda. Allí estrenó el tango «Viva la patria», celebrando la caída de Yrigoyen el 6 de septiembre. Fue justamente Barceló quien facilitó los documentos de identidad para que Gardel pudiese viajar a Europa.

Muerto Ruggiero, la gratitud póstuma elevó al pistolero una estatua en la localidad de Ranelagh.

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