“¿Qué hago acá?”, se preguntó Patricia Arias mientras tomaba asiento en el aula y abría su cuaderno para tomar apuntes. Separada, con treinta años y tres hijos pequeños, la mujer que se había graduado en Comercio Exterior decidió que quería estudiar Enfermería. “Mi mamá no lo podía creer. Siempre fui muy temerosa de los médicos. Cuando era chica, cada vez que me llevaba a un control, hacía un escándalo y me resistía”, cuenta a Infobae.
Su primer trabajo fue en el Hospital Municipal “Dr. Diego Thompson” de San Martín. Arrancó como auxiliar y, después, ascendió a enfermera profesional. Al Hospital de San Isidro, recuerda, llegó en 2005 “de casualidad”. “Dejé un currículum y me llamaron. Desde ese momento hasta el día de hoy me desempeño en el sector de enfermería”, explica Arias que, hasta antes de la Pandemia, estaba abocada a la sala de Salud Mental.
Actualmente, Patricia tiene 59 años, tres hijos de 36, 35 y 32 y dos nietos de 13 y 6. Ser enfermera, asegura, es sinónimo de valorar y reivindicar la vida. Desde que la Organización Mundial de la Salud declaró al COVID-19 como Pandemia, su trabajo y el de los 200 enfermeros del Hospital de San Isidro, se intensificó a niveles impensados. “La Pandemia nos ha azotado”, resume Arias.
A la charla se suma el Director de Salud del Municipio, Miguel Ángel “Negro” Pereyra, y sostiene que el trabajo del sector de enfermería de la Institución fue y sigue siendo una de las columnas vertebrales para hacerle frente al COVID-19.
“Están en la línea de fuego y, junto con los terapistas y los clínicos, arriesgan su vida estando en los lugares de máxima exposición, como las guardias, las zonas de aislamiento y las terapias intensivas. Yo me saco el sombrero por lo que hacen: es impresionante. Tengo muchos años de médico, estoy en el hospital desde que era un residente, y no dejo de sentir una profunda admiración por su labor”, apunta el Médico Cirujano.

Miedo, incertidumbre y zozobra
De acuerdo con Pereyra, que además fue nombrado Coordinador de la Pandemia en San Isidro, unos meses antes de que la OMS declarara al COVID-19 como Pandemia, el Municipio de zona norte empezó a prepararse para lo que se venía.
“Con el diario del lunes, porque veíamos lo que estaba pasando en Estados Unidos y en Europa, armamos distintos grupos de trabajo. Al principio había mucha desorientación y, sobre todo, mucho temor a contraer la enfermedad. Todos tenemos familia y teníamos miedo de enfermarnos y de enfermar a los nuestros. Es más, en ese momento todo, el personal quería andar con el ‘traje de astronauta’ permanentemente. Tuvimos que explicarles que esos equipos de protección personal (EPP) eran para determinadas situaciones”, cuenta.
La estrategia para desalentar el miedo, cuenta Miguel Ángel, fue informar y capacitar a todo el personal. “Desde enfermeros hasta camilleros, pasando por cocineros, mucamas, mucamos y técnicos de rayos”, dice acerca de la cruzada que puso en marcha junto con Bárbara Broese, Jefa de Epidemiología del Municipio de San Isidro.
Patricia Arias recuerda muy bien esos días. “Había mucha incertidumbre y zozobra. Nos manejábamos en función de los protocolos que bajaba el Ministerio de Salud de la Nación. Sabíamos que cualquiera de nosotros podía contraer el virus y que, como en una guerra, iba a haber pérdidas. Es lo que nos tocó. Incluso, al día de hoy, nada está dicho”.

Cuando los picos de contagios de COVID-19 fueron muy altos, en el Hospital de San Isidro se vivieron situaciones inéditas. Quien pone en contexto ahora es Elsa Prestabaruco (58), Supervisora de Enfermería de la Institución.
Elsa eligió ser enfermera cuando terminó el secundario, porque tenía vocación de “ayudar al otro”. Después, cursó la licenciatura en la Universidad de La Plata y, más adelante, sumó el Profesorado en la Universidad del Salvador (USAL). De momento, cuenta, da clases en el Hospital de San Isidro que está asociado a la Universidad de Buenos Aires (UBA).
“En estos casi 40 años de servicio esto fue lo más difícil que me tocó atravesar. Desde los más jóvenes hasta los más antiguos: todos tuvimos miedo. Pero sabíamos lo que teníamos que hacer porque nos enseñaron cómo trabajar en esta situación. El protocolo se cumplió y se cumple. Cada uno se cuida y, de esa manera, cuida a sus compañeros”, sostiene.
El mayor dolor
El jueves 6 de agosto de 2020, la comunidad médica del Hospital de San Isidro se quebró. Por primera vez desde el inicio de la pandemia, una de sus trabajadoras se contagió y murió de COVID-19.
Su nombre era Cristina Lorenzo, tenía 62 y se desempeñaba en el sector de enfermería desde hacía varias décadas. Cristina era hipertensa y padecía EPOC, pudo haber pedido una licencia porque era persona de riesgo pero no lo hizo. “Ella quería seguir trabajando. Fue una heroína”, cuenta Miguel Ángel.

“Cristina Lorenzo era una persona encantadora. Durante su paso por el Hospital de San Isidro, instruyó a un sinfín de chicos que dieron sus primeros pasos acá. Muchos de ellos, incluso, ahora son Jefes de Servicios”, dice Patricia Arias en referencia a la labor de su compañera como formadora de residentes en la Institución. “Tenía grandes principios y valores. Tengo los mejores recuerdos de ella”, agrega.
Según Elsa, la muerte de Cristina fue una gran pérdida. “El impacto entre nosotros fue importante. Nos apoyamos mucho en el equipo de psicólogos que nos está asistiendo para trabajar los miedos dentro de esta Pandemia. Eso nos ayudó muchísimo. Acá en el hospital nos cuidan enormemente”, dice Elsa.
Como se vio en un vio en un video que circuló por redes sociales, a Cristina sus colegas la despidieron en silencio y con aplausos. Los días posteriores a su partida, cuenta Patricia Arias, fueron tristes.
“Retomamos actividades con mucha angustia. Todos, en algún momento, trabajamos con ella en distintos sectores. En el hospital somos una gran familia y, a lo largo de los años, compartimos momentos importantes de nuestra vidas, como nacimientos de hijos o nietos, casamientos y cumpleaños. Quedamos muy golpeados. Cruzábamos miradas y se nos llenaban los ojos de lágrimas. Costó y sigue costando superar su muerte”, dice a Infobae.
Migue Ángel Pereyra también quedó movilizado. “La muerte de Cristina nos consternó a todos. En mi caso, fue la primera vez que me quebré hasta las lágrimas”, dice. Hace una pausa y destaca el compromiso y la vocación del personal de la Institución. “A pesar del dolor siguieron adelante”. Elsa se suma y agrega: “Seguimos trabajando como el primer día, no bajamos los brazos”.

Los angelitos
Desde que comenzó la Pandemia, de acuerdo con el último informe especial sobre Trabajadores de la Salud (publicado el 14 de octubre de 2020 por el Ministerio de Salud de la Nación) hubo 46.430 casos confirmados de COVID-19 entre médicos, enfermeros y auxiliares. De ellos, 229 fallecieron: 138 varones y 91 mujeres. 138 de ellos, el 60,3% eran menores de 60 años.
Según el Sistema de Información Sanitario Argentino (SISA), que depende del Ministerio de Salud, en nuestro país hay 179.170 enfermeros matriculados: de ese total, 19.730 son licenciados, 73.373 son técnicos y 86.073, auxiliares (estos últimos representan casi el cincuenta por ciento de plantel general).
De acuerdo con las metas de la OMS, la relación médicos/enfermeros debería ser de al menos uno por cada uno, pero en la Argentina ese horizonte está todavía muy lejos: actualmente hay 0,56 enfermero por cada médico.
En el hospital de San Isidro, los enfermeros son cerca de 200. “Si bien hay hombres, la mayoría somos mujeres. Los pacientes con COVID-19 muchas veces llegan aterrorizados y, cuando les dan el alta, nos agradecen tanto... Algunos nos dicen que somos sus angelitos”, se despide Patricia y se emociona. Cuidar a uno, dice, es amor. Cuidar a muchos es ser enfermera/o.
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