
Mi abuelo levantó la mandíbula y cabeceó. No metió un gol. Invito a bailar a mi abuela en una milonga de la Calle Gavilán. Vivían en los alrededores del Arroyo Maldonado. Hoy es la Avenida Juan B. Justo. Ha corrido mucha agua bajo el puente: los muchachos de antes sí usaban gomina y las muchachas miraban si ellos les hacían un gesto para levantarse a taconear a la pista. Las muchachas de ahora no piden permiso. Y eso no tiene vuelta atrás. No hay nostalgia vintage que vuelva a sentarlas a esperar.
Sin embargo, los hombres modernos lloran por el sexo perdido. Les molesta que ahora las chicas no acepten que las acosen, intimiden o insistan (quien confunda la denuncia del abuso con la abolición del sexo nunca podrá tener sexo en compañía sino con otro cuerpo como si fuera una soledad con platea incluida, pero no una sexualidad acompañada) y, en muchos casos, dicen estar asustados por las mujeres e identidades feminizadas que van al frente.
¿Por qué muchos varones necesitan estar siempre en la primera fila sin disfrutar cuando es otra la que levanta la mano para contestar en clase, los llama para invitarlos a dar una vuelta al aire libre (estamos en pandemia) o a desnudar la soledad del encierro con susurros sin tapaboca desde las camas que pueden hablar aunque no se toquen?
¿No es atractivo, también, sostener el pochoclo cerca del proyector y ver cómo pasa una película que nunca antes fue vista? ¿No les gusta ver un estreno y sentarse en un lugar sin indicaciones del acomodador y poder elegir la posición en vez de tener una fila ya fijada para los arrumacos o sostenerse las manos para que pase el miedo?
¿Cuál es el problema que en vez de esperar las mujeres sean las que encaran, proponen o inician una charla, invitación o sexteo? ¿Por qué, critican que el feminismo va a terminar con el sexo y, a la vez, que el feminismo hace que las mujeres quieran sexo? ¿Cuál es el conflicto con que las mujeres rechacen lo que no disfrutan y propongan lo que desean? ¿Por qué si ellas avanzan, ellos retroceden?

Hay una teoría que busca justificar a los varones que caminan para atrás cuando sus pretendientes caminan para adelante: la explicación del cazador. Los hombres son depredadores que tienen que ir a buscar a una presa y si no son ellos los que seducen, conquistan y cazan a una potencial víctima se sienten castrados o con los dientes limados.
¿De verdad que solo por prender el carbón para un asado creen que conservan una pulsión de la naturaleza en donde no pueden salir del papel del Rey León porque se autoperciben machos enjaulados o fieras reducidas a un lindo gatito de dibujito animado? ¿Se esfuma su pulsión vital si una chica les propone hablar un ratito, dar vuelta a una plaza o preguntarles que les gusta? No se si tienen sobredosis de porno o de Animal Planet. Pero lo que les está faltando es roce.
Un problema del presente -no solo sexual- es la idealización del pasado y el temor al futuro. En ese sentido muchos varones tienen una visión distorsionada de su rol histórico (o del que les hubiera tocado, porque la mayoría serían esclavos y no emperadores si volvieran al circo romano). Antes, cuando la seducción dependía de su decisión y su cabeceo –aunque la injusticia no tenga boleto de vuelta para la igualdad de género- tampoco la pasaban tan bien.
Los muchachos de antes no podían tocar música si había un muerto en la familia, se cargaban con todas las cuentas si armaban una familia propia y usaban pantalones cortos hasta que tenían edad de dejar de ser una carga y se abrochaban los pantalones largos para trabajar y ser sostenes con blindaje emocional.
Los muchachos de hoy no sienten el chiflete en las rodillas, no son los únicos responsables de parar la olla, pueden separarse si no les gusta con quien se casaron y en vez de ser esclavos del duelo son hedonistas del placer permanente y esquivadores seriales del compromiso, el conflicto y las despedidas. Pero no soportan dejar de ser los que cabecean para levantar y que sean ellas las que los invitan. El deseo está arrollado.
A los melancólicos de las épocas de cazadores se les extravía alguna fase en la teoría de la evolución. Lloran en pañuelos de carilina (que descartan cuando terminan un acto sexual por computadora) sin tener ni que soñar con el botón expulsador de la compañera de cama que hizo famoso la película de Eliseo Subiela “El lado oscuro del corazón”.
En el film el personaje de Oliverio, un bohemio que buscaba que una mujer lo haga volar, que interpretaba Darío Grandinetti soñaba con que se abrieran las sábanas y se esfumara la compañía femenina ocasional después de terminar la relación sexual y cuando llegaba el momento de (en las películas de antes) fumar un cigarrillo o, aunque sea, convidar un vaso de agua para bajar la adrenalina.

Hay que decir que a muchos el sueño se les hizo realidad. Ven, miran, piden fotos, dicen algunas frases subidas de tono, eyaculan y no tienen ni que decir Te pido un taxi, como el libro –pionero- de Fernanda Nicolini y Mercedes Halfon. El sexo reducido a una expresión orgánica termina en la papelera y si te he visto (aunque sea en nudes a través de las redes sociales) ni me acuerdo. El lado oscuro ya no tiene corazón.
Pasaron 100 años -¡un siglo!- desde la seducción por cabeceo y los varones parecen quedarse congelados en que o son ellos los que avanzan o pierden el interés si son avanzados. ¿No hemos avanzado nada? Es hora de que ellos vislumbren los avances y larguen el deseo retrospectivo de dejar la seducción clavada en el canal Volver; la peli “Volver al Futuro” o la moda retro.
¿Por qué aceptan pagar juntos la cuenta del gas, la tarea de la compañera de facultad que entiende los ejercicios de física, votar a una diputada en la lista electoral que meten en la urna, ir a la casa que alquilo la novia en la montaña y no aceptan un “¿tenés ganas de vernos?” sin que el desgano se expanda como una plaga porque la iniciativa sexual repartida los apaga?

¿Cómo sería un mundo donde las chicas, lesbianas, no binares y trans avanzaran en la vida pública pero no en su intimidad? ¿Las identidades que no son masculinidades hegemónicas pueden estudiar, votar, trabajar, sostener a sus hijos e hijas, bancarse si tienen que mantener a su familia solas, elegir con quien casarse, divorciarse o enamorarse, viajar a ciudades en donde nadie sabe su nombre y tienen que esperar para no espantar a los muchachos con una llamada?
Lo dice el cuaderno de mi abuela, lo dice la protagonista de la película francesa “Una chica fácil”, lo dicen los manuales de señoritas y los de sexo en la ciudad: espera a que te llamen, no llamen vos, e -igual-esa no es garantía, no de seducción, sino de ser bien tratada y (algo tan difícil hoy) bien despedida cuando el deseo se apaga.
¿La espera es una opción para los géneros que han perdido su vida esperando y que se han puesto de pie para dejar de esperar? ¿Cuánto tiempo hay que esperar para que ellos no retrocedan ante el avance? ¿Se supone que las mujeres y disidencias sexuales tienen que ser runners en la carrera vital cada vez con más obstáculos y estatuas vivientes si quieren algo más que un crush?

¿Las mujeres y cuerpos feminizados tienen luz verde para la vida pública pero luz roja para la vida personal? ¿El avance es solo para contribuir a pagar las cuentas y a la producción pública pero no para que el placer sea una puerta abierta que no acorrala? ¿El ideal de independencia del cuarto propio se volvió una revancha que condena a un cuarto desolado por el pecado de desear?
Pero, más allá de las reacciones masculinas, la avanzada de las identidades feminizadas es imparable. La diferencia sustancial es que se paso de mujeres que debían ser deseables –físicamente- y tener aptitudes sexuales -ser buenas amantes- a pasar a ser deseantes.
La palabra resuena en una diferencia sustancial: ser sujetas de su deseo y no estar sujetas al deseo de los demás. Las mujeres deseantes no solo desean, ejercen un deseo activo. La diferencia no es que se desea (que novedad), sino qué se hace todo lo posible para concretar ese deseo. No es un sueño de trasnoche, un galán de película al que no se va a ver jamás, una fantasía irrealizable, sino un plan para lograr un poco de felicidad.
Ser deseante es tener deseos que no se dejan para otra vida, se procastinan para la reencarnación o se lloran porque “esto es lo que me toco” como si la existencia fuera un cartón de bingo en donde el azar no arroja el número que faltaba para pasarla bien.
La postura activa frente al deseo es el gran desafío. Y el gran avance. Por eso, avanzar sexualmente es parte de un progreso mayor y no una posición que pueda retroceder aunque haya –muchos- varones que no estén a la altura de los cambios de posición. Las deseantes van para adelante.
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