
A pesar de las reprimendas que Manuel Belgrano recibió de Bernardino Rivadavia por izar la enseña blanca y celeste, los colores flamearon por primera vez en la Ciudad de Buenos Aires en un “acto no oficial” en la parroquia de San Nicolás de Bari, el 23 de agosto de 1812. Fue a casi 6 meses de haber sido enarbolada en la ciudad santafesina, y a tres meses de la jura en Jujuy ante el pueblo y el ejército.
Precisamente desde Jujuy fue donde Belgrano -enterado del severo apercibimiento recibido por lo “relativo a Bandera Nacional”- ofreció a Rivadavia su descargo. Uno de los motivos que esgrimió pueden servirnos para entender lo ocurrido en la parroquia de San Nicolás:
“Vengo a estos puntos (se refiere a Salta y Jujuy), ignoro como he dicho, aquella determinación, los encuentro fríos, indiferentes, y, tal vez, enemigos; tengo la ocasión del 25 de Mayo, y dispongo la Bandera para acalorarlos y entusiasmarlos…”
“Fríos e indiferentes”. La bandera es el elemento de entusiasmo a los pueblos. Belgrano comprendía el significado de un símbolo de identidad y pertenencia, tan necesario para distinguirnos de las demás naciones del globo.
“Fríos e indiferentes” también pasamos frente a una de las caras del Obelisco porteño, donde está inscrita la siguiente leyenda: “En este sitio en la torre de San Nicolás fue izada por primera vez en la ciudad LA BANDERA NACIONAL el XXIII de agosto de MDCCCXII”.
La parroquia de San Nicolás de Bari estaba donde hoy se levanta el ícono de la Ciudad. Erigida en 1733 por Domingo de Acassuso, estaba ubicada en la calle del Sol -después de San Nicolás y hoy avenida Corrientes- en una zona pantanosa y pobre en los extramuros. Es la única iglesia colonial que no se conservó. Demolida a principios de la década de 1930, fue trasladada a la Av. Santa Fe 1364 en 1936, año de la inauguración del Obelisco.

La primera vez que flameó la celeste y blanca
Comprendiendo las intenciones de Belgrano, un grupo de patriotas tomó la iniciativa de que en Buenos Aires las cosas no permaneciesen “frías e indiferentes”.
La Ciudad aún estaba convulsionada por los acontecimientos de lo que la historia llamó “la conjuración de Álzaga” y sus posteriores enjuiciamientos y ajusticiamientos. Mientras Belgrano emprendía la marcha hacia el sur, se celebró en la parroquia de San Nicolás una solemne función. Juan Manuel Beruti, autor de “Memorias Curiosas”, narra ese episodio con sumo detalle:
“El 23 de agosto de 1812. En la parroquia de San Nicolás se hizo una solemne función de acción de gracias dedicadas a la Santísima Trinidad, patrona titular de esta ciudad, con su Divina Majestad manifiesto todo el día en debido reconocimiento de haber librado a este pueblo, con el descubrimiento que se hizo, de la conjuración tramada por los europeos españoles; cuya función la costeó el vecindario del cuartel 12 para el cual recojo de limosna fue nombrado su alcalde de barrio de dicho cuartel 12, don Juan Manuel Beruti, quien la promovió y se efectuó con la mayor magnificencia posible, en estos términos”.
Haciendo una pausa en el relato de Beruti, se puede establecer que él mismo tuvo que ver con los hechos que siguen: “Toda la torre en sus cuatro perillas estaba puesta una bandera celeste y blanca de seda y cubierta por los cuatro frentes de una iluminación espléndida, como también lo demás del frontis de la iglesia, de cuya ventana del coro salía otra igual bandera…”. Que la bandera fuera “izada” sino “puesta”, y también que hubo más de una enseña exhibida, es uno de los datos destacables.
La memoria indica que no se trató de un acto oficial, sino un evento costeado por los vecinos del cuartel 12 del que el propio Beruti era el alcalde de barrio y recaudador de limosna. Si bien la presencia de autoridades puede darle un tono oficioso, no lo fue.
El cronista cuenta, además, de la abundante iluminación que tuvo aquel día. Se colocaron varias ruedas de fuego que ardían con hermosas luces, cohetes voladores, bombas artificiales, cohetes de mano y masas que iluminaban el templo. Hacia el frente, se erigió un tablado adornado de tapices y faroles donde tocó una orquesta de música que acompañaba a cuatro niños vestidos de indios “con su bandera en la mano uno de ellos y otra en el tablado cantaban varias canciones llanas y por punto de solfa con mucha gracia y primor, alusiva a la libertad de la Patria”.

Beruti prosigue su relato indicando algunos de los personajes presentes. Quien cantó la misa fue el provisor don Diego de Zavaleta, de gran actuación en Mayo con sus sermones y arengas y luego políticamente, había sido compañero de Belgrano en 1784 en el Real Colegio de San Carlos. A su turno, predicó el fray Mariano Piedrabuena y asistieron el “señor de Pueyrredon, vocal del gobierno” quien no es otro que Juan Martín de Pueyrredon, el señor gobernador intendente Miguel de Azcuénaga –el de la Primera Junta, los dos señores alcaldes del Cabildo y el comandante de las tropas auxiliares de Chile con su oficialidad.
Concluida la función, desde el coro de la iglesia se echaron “papeletas dibujadas de colores” con frases como “Viva la Patria y su Independencia”; Viva la América del Sur” y “otras de ese tenor”. Desde el tablado se gritaba “Viva la Santísima Trinidad”, “Viva la Patria” y “Vivan nuestras autoridades”.
Pueyrredón, funcionario del Triunvirato gobernante que estaba en desacuerdo con el uso de la escarapela nacional, se había encontrado con Belgrano en Yatasto cuando éste lo relevó en el mando del Ejército Auxiliar del Perú. Con casi total certeza, en ese encuentro se interiorizó sobre la creación de la bandera. La aceptación popular que tenía le hizo cambiar de opinión y le llevó a apoyar el símbolo de identidad nacional.
El evento tuvo muchas similitudes con un acto político moderno.
La presencia de las banderas celestes y blancas -que el gobierno había desautorizado- aparecieron desafiantes en un acto público junto con folletos que vivaban la Independencia. Lamentablemente, el único testimonio documental que tenemos sobre el hecho es el de Beruti, que no sólo lo narró sino que también fue parte integrante de la organización. Es pensable que las banderas celestes y blancas hubiesen aparecido entonces como símbolos de un facción política anti-gubernamental que coincidía más con las ideas de Belgrano de Libertad e Independencia inmediatas, que el cauto pensamiento del Triunvirato actuando en nombre de Fernando VII en los momentos en que los fuegos de Mayo se iban apagando.
Kilómetros al norte, el mismo día 23, Belgrano iniciaba una de las epopeyas heroicas de nuestra historia: el llamado Éxodo Jujeño”.

El símbolo
Beruti nos cuenta de otra aparición de los colores apenas días después, cuando se conoció la noticia en Buenos Aires del triunfo de Belgrano en Tucumán durante el 24 de septiembre. En la mañana del 5 de octubre, además de los festejos, repiques de campanas y alegría del pueblo, el autor de las Memorias curiosas relata:
“Al mediodía hubo otra salva de artillería y al ponerse el sol que se arrió la bandera del Fuerte, contestando a éste los barcos de guerra, habiendo tenido el pueblo el gusto de ver que en la misma asta de bandera se puso por el gobierno en la parte superior un gallardete de color celeste y blanco, divisa de la patria, que dominaba a la bandera española de amarillo y encarnado que estaba debajo de la nuestra, preludio de que pronto declaremos nuestra independencia sacudiendo y apartándonos de la dominación del tirano gobierno español, que por espacio de 300 años nos ha tenido tiranizados, privándonos de nuestra libertad y derechos naturales…”.
Días después, el 8 de octubre, caía el Primer Triunvirato.
A diferencia de lo acontecido en San Nicolás, la aparición del ‘gallardete celeste y blanco’ fuera puesto por el gobierno en el asta (mástil) del fuerte. Es decir, esta vez sí se trató de un acto oficial.
Sin embargo, estas manifestaciones no se repitieron hasta meses después. El mismo Beruti se lamentaba en ocasión de celebrar el tercer aniversario de la Revolución de Mayo: “en este día no se puso la bandera española en el Fuerte (…) sintiéndose que no se hubiera puesto la nuestra en reemplazo de aquella que distinguía la tiranía; pero creo que interín la nuestra no se coloque, no volverá a enarbolarse más la española”.
De esta manera, la política interna y las manifestaciones espontáneas habían tomado a los colores celeste y blanco como símbolo. Ya era nuestra bandera.
Belgrano había dispuesto de la Bandera para “acalorar y entusiasmar a los pueblos”. Belgrano ya no estaba solo...
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