
El próximo 27 de junio se cumplirán los 100 días desde el inicio del aislamiento social, preventivo y obligatorio. Durante ese período, muchas actividades -lógicamente- dejaron de funcionar y entraron en un parate. Uno de los sectores más perjudicados fue el de las salas de cine, que emplea a unas 10.000 personas y que se espera sea uno de los últimos en ser habilitados para volver a la actividad.
Entre los afectados está Diego Mereles, que tiene 22 años y es empleado del cine Atlas del barrio porteño de Flores. En su caso, ya superó el centenar de días sin trabajo: la última vez que se puso su uniforme laboral para atender las boleterías fue el 15 de marzo pasado.
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Integrante de una humilde familia de Villa Soldati, el joven había alcanzado hace unos meses el trabajo estable que tanto había buscado desde que terminó la secundaria. Pero llegó la pandemia de coronavirus y ahora todo volvió a ser incertidumbre.
Hoy su presente es el mismo que el de muchos que no trabajan desde hace más de tres meses y que se desempeñan en los sectores que esperan en lo último de la fila para ser autorizados. Por eso remarca que la situación es difícil, aunque manifiesta su esperanza de regresar a la normalidad lo más rápido posible: “En julio lo veo un poco lejano, tal vez a finales de agosto o principios de septiembre. Solo espero volver a trabajar pronto, ver a mis compañeros y poder salir adelante otra vez”, asegura.
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Mereles cuenta que cuando terminó la secundaria, empezó a estudiar para convertirse en profesor de nivel primario. A la vez comenzó a dar apoyo escolar a 25 chicos en la Parroquia Virgen Inmaculada de Villa Soldati, una iniciativa totalmente voluntaria con la cual actualmente sigue adelante. Sin embargo, la necesidad de ingresos para afrontar los gastos de la etapa de formación lo obligó a buscar alternativas laborales.
Así, por ejemplo, aprovechó cada verano para ir a la Costa Atlántica a vender pochoclos. Ese fue su primer trabajo. Al comienzo le tocó estar en San Clemente del Tuyú y recuerda que “fue toda una aventura“ dado que no conocía el mar. La última temporada cambió de localidad y vendió en las playas de San Bernardo y Mar de Ajó.
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Durante un largo tiempo no tuvo otra ocupación más que esa. Le costó conseguir un empleo. Lo que más anhelaba era un trabajo fijo, pero buscaba y encontraba. Hasta que le surgió la posibilidad de ser boletero de cine a través del Servicio de Empleo AMIA (SEA).
Ese área de la mutual se ocupa de diseñar y realizar acciones conjuntas con organismos públicos, organizaciones de la sociedad civil y empresas privadas para brindar orientación, capacitación y oportunidades “para que personas como Diego, cuenten con conocimientos y herramientas para insertarse en el mercado de trabajo”, sostiene Ileana Frauman, coordinadora de Programas de Diversidad e Inclusión Laboral del SEA.
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Mereles se acercó al SEA en octubre del año pasado y tomó un curso intensivo sobre Atención al Cliente. Después de superarlo, le llegó la oportunidad de incorporarse al cine Atlas del barrio de Liniers. Empezó allí el 10 de diciembre último y tras un tiempo fue derivado al de Flores, debido a una cuestión de comodidad para el traslado, ya que esa sede queda más cerca de su casa.

La adaptación al puesto fue rápida y todo marchó de la mejor manera, hasta que a mediados de marzo la rutina cotidiana se interrumpió.
Desde entonces ya pasaron 101 días. En todo este tiempo, el joven cuenta que se mantuvo en contacto con sus compañeros, con quienes charlan sobre la vuelta al trabajo y las precauciones a tener en cuenta para cuando eso suceda. “Estuvimos hablando más que nada para ver cómo nosotros como grupo humano de cine vamos a enfrentar la reapertura, para saber qué tipo de medidas de higiene podríamos tomar o qué idea podríamos proponerle a la empresa”, dice.
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En los días previos al confinamiento, en el cine de Flores ya se habían tomado varias medidas de prevención: las salas se habían reducido a un 50 por ciento, se había intensificado la limpieza y se proporcionaba alcohol en gel tanto para los espectadores como para los empleados.
Las asociaciones que nuclean a trabajadores del sector saben que falta bastante para que desde el Gobierno les den luz verde. Lo sabe también Mereles, que mientras desea volver a atender la boletería cumple la cuarentena en la casa que comparte junto a sus padres y hermanos, y pasa sus días estudiando, perfeccionándose para lograr alcanzar su objetivo de ser docente.
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