La conmovedora y desconocida historia de la maestra rural de Mala-Mala, que salió a la luz 43 años después

Hace dos semanas, Infobae reveló la donación que el empresario César Cao Saravia le hizo a la maestra Miriam Gómez hace más de cuatro décadas y permitió remozar la humilde escuelita tucumana. Ahora, los detalles de la vida abnegada y romántica de la docente, una mujer rebelde que nunca dejó de pensar en sus alumnos

La maestra Miriam Gómez con su ahijada Graciela y la escuela de Mala-Mala, a la que compró aulas prefabricadas con el cheque que en forma anónima le hizo llegar el empresario César Cao Saravia a través de Julio Lagos, que escribe esta crónica.
La maestra Miriam Gómez con su ahijada Graciela y la escuela de Mala-Mala, a la que compró aulas prefabricadas con el cheque que en forma anónima le hizo llegar el empresario César Cao Saravia a través de Julio Lagos, que escribe esta crónica.

Hace dos fines de semana publicamos en Infobae una crónica titulada: “Una maestra rural, un cheque millonario y el empresario anónimo que lo envió: un secreto que tardo 43 años en develarse.”

Quizás la recuerdes. En esa nota contamos la historia que en 1977 vinculó a Aída Miriam Gómez y a César Cao Saravia.

Ella, la docente que viajaba en mula hasta su humilde escuelita de los cerros tucumanos y cayó en el fondo de un barranco. Él, un poderoso empresario que le envió secretamente una elevadísima suma de dinero.

Y también narramos la inesperada participación que tuvo este cronista, que luego de comentar la noticia en Radio Belgrano recibió el cheque y viajó para entregárselo personalmente a la maestra.

La mención de Cao Saravia permitió recordar varios episodios de su vida pública: su tentativa de comprar las Islas Malvinas, su apoyo económico al Operativo Cóndor de Dardo Cabo y el respaldo financiero que le dio al general Jorge Leal en su travesía al Polo Sur. También se evocó “Trabajo más consumo igual a paz social”, el libro que escribió y que mereció una entusiasta carta de Juan Perón. Otros comentarios señalaron que su empresa Emepa le vendió vagones de ferrocarril a Cuba. Y también se hizo referencia al diario “Noticias”, de cuya sociedad editorial fue integrante.

Por otra parte fueron muchos los testimonios que hemos recibido, de personas que con enorme gratitud recordaban haber sido beneficiadas por sus reiterados gestos de generosidad.

Miguel Ángel afirmó: “Tenía un pequeño barrio frente a la feria, para los obreros que vivían fuera de Chascomús. Allí vivían gratis mientras fueran obreros de Emepa…”

Carlos Ciafardini aportó este otro dato: “Una vez, mientras pastoreaba las lecheras que ordeñaba mi padre para que el sueldo le alcanzara, paró un coche. Se bajó un señor y mis hermanas y yo, que cuidábamos que las vacas no cruzaran el camino, nos llevamos una tremenda sorpresa porque el hombre se acercó para hablar con nosotros. A mí me dijo si me gustaría tener una pelota de fútbol y a mis hermanas les preguntó si les gustaban las muñecas… Nosotros dijimos que sí y el hombre nos respondió con una sonrisa… Fue al baúl del auto y nos dijo ¨por portarse bien y ayudar a sus padres acá tienen¨… Y nos dio una pelota de cuero y unas muñecas. Nos tocó la cabeza en forma cariñosa y se fue… Mucho después supe que era don César… Jamás olvidaré ese día, para nosotros los reyes llegaron en junio.”

En el casamiento de unos amigos, la maestra Miriam a la izquierda.
En el casamiento de unos amigos, la maestra Miriam a la izquierda.

Desde Miami, Oscar Domingo envió un mensaje emocionado: “Vivo en Miami desde hace años, pero soy de Chascomús. Iba al colegio rural de la zona y Cao Saravia siempre nos enviaba regalos… Lo conocí cuando empecé a trabajar, yo era muy chico, tenia 10 años… Él pasaba por el lugar todas las semanas y dejaba una suma de dinero que era muy alta en esa época, para todas las personas que trabajámos allí… La gente de Chascomús aún hoy lo recuerda con mucho cariño…”

En Uruguay, el comisario retirado Rubén Ney Rodríguez Trinidade ofreció su testimonio: “Tuve el gusto de conocerlo, era muy asiduo al Casino Nogaró. Una vez que llegó a Punta del Este y tomó un taxi, recorrió varios hoteles sin conseguir alojamiento. Ante esa circunstancia, el taximetrista le ofreció un modesto alojamiento personal. El hasta ese momento anónimo pasajero aceptó y transcurrida su momentánea estadía le preguntó al conductor si el taxi era suyo. El hombre le dijo que no, que él era empleado. Entonces Cao Saravia le compró un auto… Cuando este bendito empresario llegaba al Casino, en la parte exterior formaban fila todos los pobres que vendían curitas, revistas o lustraban zapatos, porque él distribuía dinero entre todos. Resulta que una vez llegó y no estaban: la policía los había arrestado porque las autoridades del Casino los había denunciado. Cao pidió que lo llevaran a la comisaría. Al llegar, le pidió permiso al comisario para ver a los detenidos, que como eran muchos estaban en el patio. Lo recibieron emocionados, gritándole ¨papito, papito…¨ Él repartió dinero entre ellos, ante el asombro del comisario. Pero eso no fue todo. Cao le pidió al policía que lo llevara a la cocina. Entró, miró… ¡y le regaló varios efectos nuevos, que incluían una cocina y una heladera!”

Todo eso, con respecto a uno de los dos protagonistas de la historia.

En cambio, de la maestra Aída Miriam Gómez no sabíamos nada. Habían pasado 43 años y nunca volvimos a enterarnos de ella.

Es probable que alguien haya pensado que manteníamos contacto. No faltó quien supuso que ya estaba programada otra crónica, como continuación de la primera.

Pero la realidad era otra. Ignorábamos dónde estaría.

¿Seguiría trabajando en Tucumán? ¿Viviría en Jujuy, su provincia natal? ¿O se habría quedado en Salta, donde la entrevistamos luego del accidente en el se cayó de la mula?

La crónica había tenido repercusión, y por eso esperábamos alguna señal de esa mujer, que probablemente ya tendría 68 años.

Pero pasaron varios días sin novedades y pensamos que ya no habría un mensaje .

La escuela del paraje Mala-Mala hoy
La escuela del paraje Mala-Mala hoy

Hasta que en nuestro muro en Facebook apareció un posteo, que empezaba así:

-Buenas noches, soy Andrea Del Carmen Jara, la sobrina de la maestra Aída Miriam Gomez.

Pudimos ubicarla telefónicamente. Andrea vive en San Salvador de Jujuy, donde tiene un negocio de venta de ropa. Nos atendió muy conmovida:

-¡Qué sorpresa!… Muchas gracias por llamarme… Cuando leí la nota lloré toda la noche… Le agradezco por los recuerdos que removió en mí…

El tono de sus siguientes palabras fueron el preanuncio de lo que enseguida se convirtió en una dolorosa comprobación:

-Mi tía debe estar feliz y muy agradecida a usted…

La maestra de Mala Mala había muerto:

-L‪amentablemente producto de ese accidente falleció pocos años después, porque contrajo una bacteria al estar tirada en el barranco y no pudieron encontrar la cura… Un día empezó a sentirse mal, tuvo altibajos, luego cayó en coma y nunca mas despertó… ‬

Quisimos tener algunos datos más, para precisar la historia:

-Yo tendría 8 ó 9 años cuando ella falleció… Ahora tengo 41… Habrá muerto en 1988… Yo era muy niña… Tengo algunos recuerdos difusos… Lamentablemente somos muy poquitos de familia… La que sabe perfecto es mi mamá, mi tía era su hermana… Mi mamá es médico y luchó muchísimo para salvarla… Esa es la ironía de la vida, la propia hermana no encontró la cura… Ella se contagió allí, en la barranca…

Cuando Andrea menciona a la maestra de Mala Mala la nombra como “Tía Miriam”:

-Nosotros le decíamos Miriam, aunque ella se llamaba Aída por mi abuela, que era Aída… Pero a mi tía todo el mundo le decía Miriam, en la familia y en todas partes…

Ya veremos que la omisión del primer nombre puede haber tenido algún otro motivo que la simple costumbre.

La maestra Miriam a la derecha, abrazada por su papá.
La maestra Miriam a la derecha, abrazada por su papá.

Mientras tanto, el cronista seguía buscando testimonios. ¿Se podría hablar con la hermana de la maestra?

-¡Sí, llámela a mi mamá! Ella va a estar encantada de hablar con usted… Le doy el número… Es con el 388, el prefijo de Jujuy. Anote…

Cuando llamamos, la voz endulzada con el acento jujeño nos pidió:

-¿Me podés llamar dentro de unos minutos? Estoy con una paciente…

Y un rato después, la doctora Carmen Gómez se explayaba generosamente:

-He leído tu artículo, es precioso, lo que has escrito es maravilloso y es exactamente todo lo que pasó… Muy triste, pero bueno… así ha sido.

Le pedimos disculpas por invadir sus recuerdos, tantos años después:

-No te afijas… tu crónica me ha hecho recordar… con tan pocos años, esta chica ha vivido tantas cosas… Una historia tan sufrida, tan impresionante…

Como hermana y como médica, nadie mejor que Carmen para explicar la temprana muerte de Miriam:

-Cuando ella se cayó, estuvo allí en el fondo de la quebrada más de un día y medio, desmayada, sin sentido… Cuando vos viajaste y al final la encontraste en Salta, ya la habíamos traído del cerro aquí a Jujuy y finalmente fue a Salta… La internamos en el Instituto de Endocrinología, pensando que era un problema de tiroides… Se pensó que por el stress de la caída había hecho un problema glandular… La cuestión es que esta chiquita fue empeorando… No se alimentaba, avanzaba la desnutrición…

El cuadro de esos meses posteriores a la caída se fue agravando:

-Ella no comía y vomitaba todo lo que se le podía dar… Estuvo muy mal, más de tres meses… Mira, yo soy médica pero en ese momento tratamos de curarla hasta con el susto…

La hondura de las revelaciones y el azar de las comunicaciones parecían haber alterado el sonido de alguna palabra. Por eso pedimos una aclaración:

-No pude entender bien… ¿Dijiste “el susto”?

-Sí, sí, el susto… es una de las tradiciones en las que acá la gente cree… Es una creencia popular, que atribuye la enfermedad a un problema anímico, provocado por un gran susto… Se hace con un huevo, sumergido…

De manera que la familia decidió llevar a la maestra Miriam a un curandero:

-No sabíamos más que hacer… Y al final, con todo, salió adelante… Honestamente no sé si fue el tratamiento endocrinológico o la cura del susto, pero salió adelante… Recuperó un poco de peso, porque llegó a estar muy desnutrida, y retomó su vida normal…

César Cao Saravia, el empresario que, con un cheque le regaló a la maestra Miriam Gómez, cambió a la escuela de Mala-Mala
César Cao Saravia, el empresario que, con un cheque le regaló a la maestra Miriam Gómez, cambió a la escuela de Mala-Mala

Parece increíble, pero pese a que había quedado debilitada, Miriam retomó el trajín de ir a su escuelita, en lo alto de la montaña, a lomo de mula durante horas, que podían ser más o menos de acuerdo al clima y a la crecida del río.

-Sí, mi tía Miriam siguió trabajando en Mala Mala- confirma su sobrina Andrea.

Y su hermana Carmen agrega un dato que tiene que ver con el resto de esta historia:

-Cuando ella se recuperó, recuerdo que compró varias casas prefabricadas… Completas, con techo, con todo… Y se encargó de que se las subieran a la escuelita… Creo que ese trabajo lo hicieron los gendarmes… Eso fue lo que ella instaló allá arriba… Antes, donde ella vivía y trabajaba era una choza…

Su relato marca una trágica cronología:

-Las prefabricadas fueron para la escuelita, que ella tanto quería y que tanto necesitaban los chicos… Hasta que no dejó la escuelita puesta no dejó de trabajar…

Porque llegó un momento en el que ya no pudo más.

La explicación de Carmen adquiere un tono sombrío:

-A medida que pasaba el tiempo, su salud se iba deteriorando… Y ya no era una cuestión glandular, pero no sabíamos qué era…

Por su parte, Aída acude a sus recuerdos de la infancia:

-Mi tía había vuelto a trabajar en la escuelita, pero no estaba bien… Empezó con problemas… Y aunque siguió yendo al cerro casi dos años, empezó a tener toda clase de dificultades físicas… Y no sabían qué tenía, hasta que se dieron cuenta que era producto de eso…

¿Qué era “eso”? Oigamos a la doctora Carmen Gómez, la hermana de la maestra de Mala Mala:

-Pobrecita mi hermanita… Mucho después supimos que tenía esclerosis en placas…

Una enfermedad que alternativamente tenía manifestaciones agudas:

-Estuvo muchos años con esa dolencia, que presenta remisiones diversas… Ella se mejoraba, empeoraba, aún así iba a trabajar… Finalmente tuvo que dejar de ir a la escuela…

El cuadro se fue agudizando mes a mes:

-En algunas ocasiones le afectó el habla, y así estuvo algunos meses… Luego eso se recuperó pero empezó una discapacidad motriz y no caminaba… O no podía mover los brazos y había que darle la comida en la boca… Todo depende de la zona neurológica que toma el mal… Antes de morir estuvo ciega varios meses…

El sentimiento fraternal prevalece a través de la explicación científica:

-Ha tenido un final muy feo… La última parte de su vida fueron muchos meses acá en Jujuy, yo la tuve conmigo en mi casa… Pasó muchos días en coma… Se murió en mis brazos… Menos mal que se la llevó Dios, porque los últimos años de ella fueron muy dolorosos.

La maestra de Mala Mala, la heroica Miriam que subía a lomo de mula para dar clases en su escuelita del cerro, murió a los 35 años, luego de una vida muy corta pero también muy intensa. Su sobrina Andrea no oculta su admiración cuando la recuerda:

-Increíble la vida de mi tía… Muy sufrida… Y muy rebelde para la época…

Otro testimonio es el de Cristina Gramajo, una amiga íntima de la maestra de Mala Mala:

-Ella estudiaba medicina, pero no terminó… Su hermana Carmen sí, es médica… Y yo también estudiaba con ellas, pero dejé en segundo año nomás… Miriam y su hermana estudiaban en Tucumán y vivían en mi casa… Yo los conocí a los padres, vinieron muchas veces a mi casa… El papá era boliviano, de Cochabamba… El señor hacía una humita como nunca más probé en mi vida, los molía a los granos con un mortero… La mamá era jujeña, una señora de una personalidad muy fuerte…

El almuerzo de los chicos de la escuelita de Mala-Mala
El almuerzo de los chicos de la escuelita de Mala-Mala

Cristina nos ofrece un par de trazos de la personalidad de la maestra Miriam:

-Fue muy importante en la vida de mi familia, yo tengo tres hijos y ella estuvo a la par mía cada vez que yo tenía que internarme… Siempre con una sonrisa, calmándome… Y cuando mis hijos fueron más grandes, jugaba a la pelota con ellos y se subía a los árboles… Tenía un amor enorme por todo los chicos… Recuerdo que pasaba por el Mercado de Abasto, donde solía haber chicos en los carros de la calle… Ella siempre apurada, corriendo, entraba al Mercado y les compraba pan y fiambre, les armaba unos sandwiches y se los llevaba a la calle… Era muy solidaria con todo el mundo… Tenía muy buenos sentimientos, era muy caritativa…

Este paradójico rasgo común con quien tiempo después sería su anónimo benefactor tenía otra confirmación:

-Compraba juguetes y los dejaba a los pies del altar de la capilla del Perpetuo Socorro, para que el párroco los repartiera en las villas que están cerca de mi casa…

El paso del tiempo dificulta la precisión de algunos datos. Sin embargo, algunas certezas son firmes. Cristina Gramajo rescata un aspecto más de la personalidad de la maestra Miriam:

-Era muy humilde… Tenía los zapatos con las suelas agujereadas y les ponía cartón… Y para no gastar, evitaba viajar en colectivo… Yo vivo a unas 25 cuadras de la Facultad y ella iba y volvía caminando…

También marca un perfil de la relación con su madre:

-Su mamá era muy autoritaria… Yo me acuerdo que en la Facultad hacían el picnic de la primavera y nos íbamos todos en un colectivo al cerro. Y ella o su hermana Carmen le pedían permiso a la madre por carta, le decían ¨mamá, tengo un picnic, ¿puedo ir?¨ y la madre contestaba que no… Decía ¨quedate en la casa a estudiar, porque a eso has ido… Y no iban al picnic…

La sobrina Andrea aporta otro rasgo para completar esta viñeta:

-De hecho, ¿usted sabe por qué ella se va a Tucumán? Ella se va a Tucumán porque estaba enamorada de un pintor, que para la época eso era mal visto…Mi abuela, que era de esas mujeres cerradas, le tenía prohibido… Entonces ella, como un acto de rebeldía, se consigue esa escuela perdida en el monte para vengarse de mi abuela y mire lo que le sucede... Así es la historia de mi tía… El pintor era jujeño, pero a ella la habían separado, por eso ella se va para allí… No se pudo casar con el pintor porque en ese sentido mi abuela era muy dura…

Esta historia sentimental es confirmada por Cristina, su amiga:

-Ah, sí… el novio pintor…

Y por la doctora Carmen Gómez, hermana de la maestra:

-Miriam estaba enamoradísima de ese pintor… Muy enamorada de ese chico, que era jujeño… No sé si vive…

De aquel amor, que no pudo concretarse, el cronista presume que quedan algunos cuadros que el artista le regaló a la maestra. Un objeto polvoriento que ha quedado olvidado en un altillo familiar o en un galpón de la escuela del cerro.

Todos los testimonios coinciden en que la maestra de Mala Mala jamás hablaba del accidente. Nunca se refería a la caída ni a la quebrada ni al rescate. Estaba totalmente dedicada a su vocación inclaudicable:

-Ella ha entregado su vida a la escuela- dice su hermana- de lo que hablaba mucho era de la alegría que le producía estar en ese lugar…

La maestra Miriam con su ahijada Graciela
La maestra Miriam con su ahijada Graciela

Y su amiga Cristina coincide:

-Miriam vivía plenamente su vocación…

Esa entrega absoluta puso en riesgo su vida cada vez que subía a la mula, para llegar después de muchas horas hasta su humilde escuelita.

Y finalmente le arrebató su existencia por la esclerosis en placas por infección viral, consecuencia de su caída en la quebrada.

Ahora, en junio de 2020, quedan dos incógnitas por develar.

La primera, con dolor y también con esperanza, la descubre Carmen:

-Mi hermana tenía un cuaderno Laprida, de esos de tapas rojas… Era un cuaderno gordo, de 200 páginas… Ella allí escribía… De todo, apuntes, reflexiones… Y poemas, sobre todo poemas… Eran poesías que había hecho para la escuelita, ella plasmaba en el papel todo lo que sentía, sus emociones y lo que veía y vivía a diario con sus alumnos y con los padres de sus alumnos… Todo lo que escribió allí es oro en polvo… Lamento en el alma no tener ese cuaderno, porque allí estaba su vida entera… Cuando ella murió yo viajé a Tucumán y leí unos cuantos versos de esos poemas y eran una belleza… Después del accidente ella se había casado y el cuaderno se lo quedó el marido, pero con él no hemos tenido más contacto… Lamento en el alma no tener ese cuaderno…

¿Ese cuaderno de tapas rojas estará en alguna parte? ¿Alguien lo habrá conservado? Si aparece, sus páginas no sólo contagiarán el lirismo de los poemas de la maestra de Mala Mala, sino que también podrían revelar algunos aspectos de esta historia que aún son desconocidos.

Esa es, como dijimos, la primera incógnita.

La otra se refiere a una conjetura de este cronista, una ocurrencia teñida de ilusión: ¿alguien decidirá alguna vez ponerle el nombre de la maestra a la escuelita del cerro tucumano?

A lo mejor, un funcionario de cualquier jerarquía, inspector educativo, ministro o gobernador, toma la iniciativa y le hace justicia a esta maestra argentina.

Eso sí, por favor: si se produjese ese milagro, no le pongan el ceremonioso nombre de “Aída Miriam Gómez”.

Llámenla “Maestra Miriam”, que es como ha quedado para siempre en el corazón de quienes siguen amando su recuerdo.

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