Dicen que si mirás desde el espacio exterior, en medio del océano Atlántico se ve una ciudad hecha de luces. No se trata de una Atlantis ni del brillo de las algas en la noche. Son, simplemente, los pesqueros. Cientos de pesqueros atravesando furtivamente el mar. Muchos de ellos, sobre todo los que buscan calamares, prenden enormes reflectores para atraer a los peces. Otros directamente utilizan técnicas de arrastre que levantan todo lo que esté a su paso, sin importar las consecuencias. Y en la noche, si se hace una foto desde el cielo, se los ve resplandecer. Pero nadie en el mundo los está mirando.
Sucede en aguas internacionales (el 42% del territorio terrestre), allí donde no hay una ley que mande. Dado el vacío legal, los barcos pueden hacer allí lo que quieran. En 2017 por ejemplo se pescaron -según datos oficiales- 435,280 toneladas de cefalópodos (especie a la que pertenece el calamar). Los siguientes años ya no hubo registro.
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De enero a julio, pueden verse hasta 400 pesqueros por la zona. El resto del año, menos, pero no por eso pocos. Los hay en mayor medida chinos, surcoreanos y españoles. También, barcos fantasmas: embarcaciones que tiene una bandera de un país del que no son o patentes de registro falsas. Pero de vuelta, nadie los mira.

Nadie tampoco puede detenerlos porque nadie es dueño de esas aguas. No todo ese territorio es igual de valioso para los pesqueros: hay zonas donde, por las condiciones de luz y profundidad, la biodoversidad es prodigiosa. Uno de esos lugares se llama Agujero Azul y está casi dentro del Mar Argentino, apenas cruzando la barrera de la Zona Económica Exclusiva (ZEE). Cuando algún barco entra en aguas nacionales, la Prefectura -que patrulla el área- los sacan. Pero por fuera de las 200 millas marinas no pueden hacer nada. Nadie puede hacer nada. Por eso Greenpeace llama a esa zona el “wild west” (el lejano oeste), porque así como en las películas de cowboys, acá tampoco se respeta nada.
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Hacia el Agujero Azul es hacia donde nos dirigimos. La invitación fue a acompañar a la ONG en su misión en busca de estos pesqueros ilegales.
Hoja de ruta: volamos a Puerto Madryn, de allí comenzamos la navegación. Nos esperan 10 días en alta mar en los que registraremos distintas acciones. ¿Cuáles? No se puede decir hasta que hayan sucedido, por una cuestión de seguridad. Como en toda aventura en medio del mar (y como toda aventura con Greenpeace), nadie puede asegurar las condiciones ni los resultados. Ha habido acciones con finales felices (en los 80 se logró controlar la caza indiscriminada de ballenas en gran medida por la acción de Greenpeace), y ha habido acciones con finales más tristes (que contaremos en próximos envíos, para no llamar a la desgracia).
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La travesía es a bordo del Esperanza, uno de los tres barcos de la organización. Los otros dos están en acciones en otras partes del mundo: el Artic Sunrise cerca de Sudáfrica, y el Rainbow Warrior por la zona de Noruega. Con 72 metros de eslora y 14 de manga, el Esperanza es el más grande de las tres embarcaciones y viene navegando desde el Atlántico Norte, en una larga campaña de concientización sobre el cuidado de los océanos. La misión a mediano plazo es lograr que el territorio marítimo protegido pase del 1,6% en la actualidad al 30% para el 2030. Es una misión ambiciosa y requiere del compromiso de demasiados países.


La otra misión, más inmediata, es lograr que en la próxima reunión de la ONU en Nueva York (en marzo del 2020), se puedan presentar las evidencias de por qué se necesita legislar sobre las aguas internacionales de manera inmediata.
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“Existe lo que se llama la Ley del Mar, que lo único que determina es cuáles son los límites... pero no dice nada sobre la protección. Y todo lo que es aguas internacionales es libre, como un bien común para todos, pero a su vez algo también libremente hoy puede destruir todos sin ningún tipo de represalias. Entonces desde el 2015 muchas organizaciones -Greenpeace entre ellas- empezaron a pedir en la ONU que se abriera una agenda para discutir la protección de los océanos. Y ahí es donde viene el Tratado Global por los Océanos”, explica Luisina Vueso desde la Sala de Campaña del Esperanza. Trabaja en Greenpeace hace un año y es la coordinadora de la campaña de protección de los océanos en la Argentina.
“Llegamos a un punto cúlmine en el que tenemos que exponer la situación porque en marzo concluyen estas negociaciones y si no hacemos nada todo termina en los papeles o en las oficinas de los diplomáticos. Por eso hacemos esta campaña ahora. Si no queda de alguna manera escrito en el tratado que se va a permitir la creación de santuarios marinos, o se van a determinar las reglas para crearlos, eso no va a ocurrir y vamos a tener que empezar todo de cero. Por eso es urgente”, explica.
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Que se apruebe o no la legislación depende del voto de los países miembros de las Naciones Unidas. Los principales enemigos de la iniciativa no son solo las potencias pesqueras sino los que tienen intereses comerciales en el uso y la explotación de los recursos del océano: Noruega, Rusia, China, España. Si bien en el imaginario popular Noruega es el ejemplo de todo lo que está bien, Luisina explica que en este tipo de negociaciones está del otro lado de la mesa.
“Los métodos que se utilizan en estas zonas son insostenibles y además se realizan sin descanso, están todo el año ahí. Si yo meto una topadora en el fondo del mar, levanto todo y lo que no me sirve lo tiro de vuelta al océano (ya sin vida), nadie me ve. Eso sería la técnica de arrastre dicho en criollo. Tienen unas cadenas gigantes que las tiran al fondo del mar y así se levantan todo, no solo peces sino que pueden llegar a quedar enganchados mamíferos: delfines, tiburones, rayas, lobos marinos, elefantes marinos, y toda la flora que también vive en el fondo marino y cumple funciones esenciales porque son el alimento de alguien. Y si hay disrupción del ecosistema, de la cadena alimenticia, es ahí donde empiezan los problemas”, detalla Luisina.
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La misión en gran parte es para llegar con mayor evidencia a esa mesa de negociación en Nueva York. Para eso viajamos hasta el medio del Atlántico: para buscar información y documentar la actividad abusiva que sucede en medio del océano, y así visibilizarlo ante el mundo.


Es curioso cómo algunas cosas nos generan interés y otras indiferencia. Las notas sobre el estado del océano suelen leerse como una proyección abstracta del apocalipsis. Disfrutamos el mar sin culpa porque parece invencible, pero nadie busca verdaderamente adentrarse en sus problemas. No es solo un decir: desde el punto de vista científico, sabemos más sobre la Luna que sobre el el fondo del mar.
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Datos sobre el océano: ocupa tres cuartos de la superficie del planeta, representa 97 por ciento del agua en la tierra, absorbe el 25% del dióxido de carbono producido por los seres humanos, y alberga aproximadamente el 80% de la vida que hay en el Planeta Tierra. Es, por cierto, el principal pulmón del mundo.
En poco representan los números lo que se siente al navegar sobre él. A poco de partir, el orden de las cosas cambia. No solo por el mareo inevitable o por la desolación infinita que se ve en el horizonte. Cambia todo porque cambia el orden de la vida. Pero apenas zarpamos. Pero apenas encendemos motores. Y aunque la síntomas no tardan en venir, sí lo hace la comprensión de lo que vemos.
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El camino hacia el Agujero Azul comienza por la noche: zarpamos silenciosamente sin que nadie en Puerto Madryn lo note. La ciudad de va haciendo pequeña y el mundo pasa a ser nuestra pequeña comunidad de tripulantes y activistas.
Somos 39 personas a bordo. Los hay ucranianos, búlgaros, italianos, brasileros, argentinos, alemanes y chilenos, chinos y neozelandeses. Hay quienes estuvieron en otras misiones. Hay quienes estuvieron presos en Rusia durante meses a causa de esas misiones. Hay quienes apenas responden cuando se los saluda y quienes sonríen por cualquier cosa.
Habrá diez días por delante para descubrir cuál es la misión de cada uno, cuál el pasado, cuál el futuro. Diez días por delante para conocer qué tiene para enseñarnos el mar, el siempre mar.
Bien nos vendría saberlo sin que llegue el día ulterior que suceda a su agonía.
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