
“Costa Rica lo tiene todo”, dicen los folletos de turismo. Y eso es lo que fue a buscar Mariana Cassini (29), politóloga egresada de la Universidad de Buenos Aires. “Hace dos años renuncié a mi trabajo. Quería una experiencia en las antípodas de lo que ya conocía: vivir lejos de la ciudad y en plena naturaleza salvaje”, asegura en diálogo con Infobae.
Con una idea firme, compró un el pasaje de avión, solo ida –toda una decisión- y aterrizó en Costa Rica.
“Hasta los 26 años mi vida fue bastante ‘normal’. Cuando digo normal quiero decir con rutina, amigos, familia, trabajo. Estudié en el colegio San Esteban de San Isidro desde el jardín de infantes hasta el secundario", afirma.
Hora de estudiar: “Lo tenía clarísimo: Ciencias Políticas en la UBA”.
Mariana empezó su vida laboral sin dudar: “Una vez recibida, me enfoqué en el área de comunicación de políticas públicas. Tenía mi vida encaminada, aunque había algo que empezó a abrumarme: el caos de la ciudad”.
“Tenía varias amigas que estaban viviendo en Costa Rica y me contaban que era fascinante. Ahorré durante un tiempo, vendí mi auto, y ¡me largué! Pero esa decisión me llevó seis meses, en realidad tenía miedo”, recuerda.
-¿Cómo fue tu llegada a Costa Rica?
-Una decepción. Los primeros meses no me gustaron nada. No me adaptaba. ¿La verdad? Me angustié. Lo que me proponía no salía. Me di un tiempo. Se me ocurrió despejarme en medio de la selva, a pesar de saber que había animales peligrosos.
-¿Corriste algún riesgo?
-Me instalé tres meses en el Parque Nacional Corcovado, una reserva del suroeste de la Península de Osa. La biodiversidad es fabulosa, vi especies que no creí que existieran. Para ganar algo de plata guiaba tours.
Enamorada del país, en marzo de 2017 Mariana llegó ilusionada a su nuevo hogar: Santa Teresa de Cobano, un pueblo tranquilo con playas de arenas blancas y mar para surfear.
-¿Sentiste que ese era tu lugar?
-Me gustó mucho. Combinaba lo que necesitaba: tranquilidad y naturaleza. Alquilé una casita a un minuto de la playa y empecé mi nueva vida. Mi intención era dedicarme a la confección de políticas públicas que linkeen el desarrollo con el medio ambiente. Buscando, encontré la ONG Nicoya Península Waterkeeper. No necesitaban empleados pero me presenté igual.

-¿Conseguiste el trabajo?
-Sí. Llevé un proyecto en power point con el que planteaba una estrategia de comunicación para ver el trabajo de esa ONG, que hasta entonces era totalmente desconocida en la región. Me escucharon y me dijeron: ‘Podés volver mañana’. Desde entonces pasó un año. Estuve meses como voluntaria, pero hoy soy parte del equipo con sueldo fijo.
-¿A qué se dedica esa ONG?
-Es una organización no gubernamental sin fines de lucro para monitorear, proteger y restaurar la calidad del agua en los ríos costeros y ecosistemas marinos. Acá no hay alcantarillas, todo termina en el mar y eso es un gran problema.
-¿Cuánto te pagan?
-No me alcanza para pagar todo, pero me arreglo con otros trabajos freelance. Los fines de semana canto con mi guitarra en un bar y tengo una miniconsultora de comunicación. También vendo publicidad en una revista. Soy tan feliz, ¡que trabajaría gratis!

-¿No te costó el desarraigo?
-Nunca fui muy apegada ni a la gente ni a lo material. Además, supe hacerme un grupo de amigos sólidos. Somos una comunidad cosmopolita: venezolanos, costarricenses, norteamericanos y, claro, argentinos, que están en todas partes.
-¿Te imaginabas esta vida?
-Hace un año exacto estaba llorando en un hostel sin casa propia, quejándome de todo lo que no me pasaba y quería que ocurriera. Lo que cambió fue que me empecé a reír un poco… ¡de lo mal que me iba! Hay que ser paciente y dejar que las cosas se acomoden.
-Ya echaste raíces en Costa Rica. ¿Pensás en volver a a la Argentina en algún momento?
Por ahora no. Vivo mucho mejor que en mi país. Trabajo en lo que me apasiona, y además, rodeada de mi perrita Lima, monos, pájaros y una vegetación alucinante.
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