Rubén Orlando abrió su peluquería y escuela en la Villa 31 en septiembre de 2010. Desde entonces se recibieron más de 600 alumnos. Los fines de semana, de 11 a 14 le cortan gratis a los vecinos


Es jueves, son las cuatro de la tarde y la calle La Florida de la Villa 31 es un hervidero de gente. Rubén Orlando, el peluquero que tuvo 900 empleados y peinó a decenas de celebridades, camina saludando a cada paso mientras el sol se cuela entre las callecitas encharcadas. Después de encontrarse con Infobae en un supermercado de Retiro, entra al barrio entre puestos de ropa deportiva, plantas, celulares y bicicletas. “Aquí tenemos todas las banderas. Los argentinos somos minoría”, asegura el estilista mientras su voz se entremezcla con una cumbia que sale de un parlante.

“Rubén Orlando. Alisados. Shock de Keratina. Botox. Escuela de peluquería. Abierta la inscripción todo el año”, reza un cartel plegable que se ve entre el tumulto, después de andar cinco minutos por la arteria comercial del barrio. “Rubén Orlando, un estilo. Casa central”, dice otro cartel que no se parece al que había sobre su antigua peluquería de Alvear y Rodríguez Peña, valuada en tres millones de dólares. Aquella que le remataron a fines de los noventa, con transmisión en directo de Crónica TV.

En su peluquería sobre La Florida, la principal calle comercial de la Villa 31, María le corta a Alma, que tiene cinco años y se le pegó un chicle en el pelo
En su peluquería sobre La Florida, la principal calle comercial de la Villa 31, María le corta a Alma, que tiene cinco años y se le pegó un chicle en el pelo

Maradona y Monzón fueron mis mejores amigos. Pasé de tener 200 mil dólares de giro en la tarjeta de crédito a no tener ni un chupetín. Volé demasiado alto. Me fundí. Y soy responsable. Pero hubo cuestiones políticas”, asegura el peluquero que se fue a vivir a Brasil con su pareja paulista de entonces porque en la Argentina no le quedaba nada.

“Me dolieron ‘los amigos del campeón’. El teléfono dejó de sonar. Me alejé por vergüenza”, apunta Rubén. Y entre sus logros enumera haber impuesto las peluquerías unisex en la Argentina. “Eso me costó el enojo de algunas clientas, pero se les pasó cuando lo vieron entrar a Batistuta por primera vez”, agrega mientras invita a pasar al salón de tres metros de ancho por cinco de largo.

Una vez adentro, Marlene -que trabaja en el local hace ocho años y vive en San Antonio de Padua- le está cortando el pelo con maquinita a Adam, que tiene 22 años.

El estilista que a fines de los años 90 vio por Crónica TV cómo le remataban su salón de Alvear y Rodríguez Peña, valuado en 3 millones de dólares, ahora disfruta de su trabajo en el barrio
El estilista que a fines de los años 90 vio por Crónica TV cómo le remataban su salón de Alvear y Rodríguez Peña, valuado en 3 millones de dólares, ahora disfruta de su trabajo en el barrio

“Soy de la mal llamada Villa 31”, apunta el joven, que de reojo chequea cómo va quedando el sombreado. “Me recibí de tripulante de cabina, pero no consigo trabajo porque es muy difícil entrar sin contactos. Por eso estudio marketing digital”, detalla. Y orgulloso agrega: “Soy homosexual y no tengo planes de tener hijos”.

Mientras Adam habla, Julio entra a la peluquería preguntando si hoy cortan gratis. “No. Tenés que venir los sábados y domingos de 11 a 14 horas”, le contesta Marlene. Y en lugar de irse, Adam -que tiene 26 años pero parece de 18- se sienta en una silla, hace preguntas al pasar y empieza a contar que es huérfano, hincha de Racing y “demasiado perfeccionista”. Se quedará más de dos horas, en las que no sólo charlará, sino que además pedirá que le conviden un cigarrillo.

Entonces Rubén cuenta que los fines de semana hacen cortes gratuitos porque allí funciona la escuela. Agrega que actualmente tiene quince alumnas, pero en total ya se recibieron más de 600, después de cursar un año. Que Marlene abre la peluquería todos los días a las diez de la mañana. Que él llega a eso de las cinco, cuando empieza a llegar más gente. Y que Alejandra, su mano derecha, que estudió hasta tercer año de abogacía, entra a las seis de la tarde, maneja la caja y cierra después de la medianoche.

Rubén Orlando junto a Ante Garmaz en uno de sus programas de televisión por la pantalla de ATC en la década del '80
Rubén Orlando junto a Ante Garmaz en uno de sus programas de televisión por la pantalla de ATC en la década del '80

“Volví a la Argentina cuando me separé de mi ex mujer y después de once años en Brasil. Me vine a lo de una prima en Flores. Llegué a la Villa 31 en 2010. En mi época de plenitud había tenido muchas manicuras del barrio. Un día, le comenté a un taxista que quería hacer una acción solidaria en la Plaza San Martín, y él me tiró la idea de abrir una escuela de peluquería en la villa. Me contacté con referentes. Y en septiembre de ese año, la abrí en el galpón que está a media cuadra de este local”, repasa el estilista, en el único rato que no entra nadie.

Además, y como si su vida fueran mil en una, cuenta que antes aterrizó en San Pablo en 1999, empezó vendiendo manzanitas caramelizadas en una favela y después de unos años pudo poner su peluquería: “Cabeleiro Gringo Rubén”. Porque así le decían. “Era el más rubio de todos”, ríe. Agrega que puso un café en Buzios, que no funcionó. Y que en Río de Janeiro trabajó con el peluquero de Xuxa, quien le dio la fórmula del alisado. Que la importó a la Argentina en 2005, cuando pocos lo conocían y generó un nuevo escándalo mediático por la toxicidad. Cuenta además, que en Brasil entró en las drogas. “No antes. Ni con Maradona, ni Monzón”, asegura. Y reflexiona: “Uno elije las malas compañías. Nadie te arrastra. Por suerte zafé”.

Mientras habla, Viviana, que tiene 18 años y el pelo “rojo fantasía”, se deja cortar las puntas por María. La peluquera trabaja con Marlene, Alejandra y Rafaela -que en este momento está cuidando a su madre enferma en Paraguay-. “Soy de la villa. Estudié con Rubén. Laburo acá hace dos años. Y tengo dos hijos”, asegura María mientras el pelquero comenta que para un pelo tan quemado no queda otra que cortarlo cada dos meses.

“En la peluquería te enterás de todo, pero no decís nada”, asegura la estilista, sobre la doble función de confidente que se le adjudica a la gran mayoría de sus colegas. “Yo atendía a una psicóloga que un día me dijo que yo era su psicólogo”, agrega Rubén, aunque lamenta que ahora todo es mucho más fugaz que hace veinte o treinta años, cuando no había redes sociales y todo, pero todo, se hablaba en sus salones.

Rubén Orlando fue protagonista de diversos comerciales a fines de los 80

En la silla contigua está Juana, la mamá de Viviana, que es clienta de siempre y coincide: “Vengo una vez por año a que me corte Marlene”. Es peruana, llegó hace 19 años y no piensa irse de la villa. Tiene cinco hijos, entre los que está Daiana, con el pelo larguísimo y una beca de danza en la Fundación de Julio Bocca. “Estoy separada y me puse un kiosco en casa para atender desde ahí y no descuidar a los niños. Me sacrifico de noche. Abro cuando todos cierran”, agrega cuando la arteria comercial del barrio se congestiona con gente que vuelve de trabajar.

Mirando a través del vidrio Rubén reflexiona: “Los narcotraficantes no están en las villas. Yo vivía en el country Hyland de Del Viso cuando agarraron uno a una cuadra de mi casa. Acá la gente es laburadora. A las seis de la mañana salen en manadas. Y vuelven a la tardecita. Robar no tiene que ver con la villa. Yo pasé por necesidades y vendí manzanas. Nunca robé”.

Y sin reparos, vuelve a su historia. “Perdí millones de dólares, pero nunca me voy a sentir pobre. Solo creo en la pobreza mental. Soy de Del Carril (Saladillo) y vi como mi mamá sacaba a las clientas a la calle para cortarles al sol cuando no teníamos electricidad. Esta semana estuve en la Fiesta del Pollo de mi pueblo. Mis orígenes me ayudaron a sobrevivir cuando me fundí. Perder es horrible. Yo me tomaba una pastilla para dormir deseando no despertar. No una vez, muchas”, cuenta.

“No reniego de lo que tuve. Si puedo tener un auto o una casa mejor, quiero tenerlos. Porque la vida es una. Y hay que tratar de vivirla lo mejor posible. Soy ambicioso. Pero jamás soy amarrete”, asegura el peluquero, que todavía tiene entre sus clientas -y amigas- a Emma Illia, la hija del ex presidente que le da nombre a la autopista que atraviesa el barrio.

Rubén le corta el pelo a Juana, que es la mamá de Viviana. Detrás, Julio se siente cómodo en la peluquería que está abierta desde las diez de la mañana hasta después de la medianoche
Rubén le corta el pelo a Juana, que es la mamá de Viviana. Detrás, Julio se siente cómodo en la peluquería que está abierta desde las diez de la mañana hasta después de la medianoche

Al rato entra Daniel, que tiene 18, se crió en la villa y vive con su papa albañil y su mamá, que es cocinera. Después de mostrar una foto, Marlene le hace un sombreado que le durará varios meses. “A veces uso maquinita, pero otras veces navaja o patillera. No todos los pelos dan para todos los cortes. Tenés que respetar cómo nace y los remolinos. ¡La cara no importa! El tipo de pelo, sí”, apunta la peluquera. Y, reservado pero por cortesía, Daniel contesta sobre su vida: “Fui becado en un colegio técnico y ahora estudio comercio internacional en la UADE. Estoy en primer año. Me costó, pero me adapté. Me gusta estudiar. Y también el mundo de la aduana”. Por el corte paga 170 pesos, mientras que las mujeres pagarán 190.

Otra de las clientas es Alma, de sólo cinco años. Liz, su mamá, de 22, la trajo para que arreglen “el corte que le hicieron en otra peluquería después de que se le pegó un chicle en el pelo”. Entonces, mientras María gira con dulzura la cabeza de la chiquita, Marlene interfiere con una revelación: “No hace falta cortar. Se puede sacar embebiendo el cabello con alcohol o hielo”. Y en el fluir de la charla, Liz cuenta que vivía en provincia, pero se puso de novia con un chico de la villa y se vino a vivir con algunos prejuicios. “Pensé que todo sería feo, pero me equivocaba. Es más lo que se dice que lo que se vive”, agrega.

(Matías Arbotto)
(Matías Arbotto)

A mí me hace feliz mostrarle a la gente que hay un mundo más allá de la villa. Me gusta que aprendan un oficio y puedan salir a lucirse. Me llaman Pino, Leo, Cerini y Miguel Romano para pedirme peluqueras. Una chica que vive acá enfrente tiene un salón con mi nombre en Arenales y Rodríguez Peña. Eso me pone muy contento”, asegura Rubén. Y cuenta que él tiene algunas franquicias y que vive en una casa que alquila en Lomas del Mirador.

“Me alcanza y puedo darme algunos gustos. Pero no me dan los tiempos para recuperar lo que tuve”, apunta y contesta que no está en pareja. Pero se niega a precisar su edad, por coquetería. “Menos de cien”, se excusa entre risas.

Padre de Pablo (42), Martín (40), Florencia (37) -“que vive en Villa La Angostura y puso un restaurante con el hermano de Máxima”- y Candelaria (24) -“que está en Brasil”-, Rubén además tiene cuatro nietos: Romeo, Vinicius, Francesco y Mar. “Lo peor de perderlo todo fue quitarle la posibilidad de una vida mejor a mis hijos”, asegura mientras le corta el pelo a Rosmari, que es boliviana, vive en el barrio desde 1993 y además de ser clienta, estudió el oficio con Orlando.

“Yo también tengo nietos que me aferran a esta tierra. Soy instructora de fitness. Porque acá la gente no tiene profesiones, pero sí oficios. Y hace de todo para sobrevivir. Vivimos ganando el mango dignamente. No somos delincuentes. Desde que Rubén llegó con su peluquería, la gente de afuera nos mira mejor”, apunta la mujer, mientras Julio -el chico que preguntó si podían cortarle el pelo gratis- duerme sentado. Porque al fin y al cabo, en la peluquería encontró compañía.

Entonces Rubén asegura que él es el agradecido al barrio. Que los fines de semana son una fiesta con música de todas las banderas: Bolivia, Perú y Paraguay, entre otras. Y sin dejar nunca de cortar el pelo, agrega: “Acá encontré ese amor genuino que me venía faltando desde que me fundí. Hice de todo en mi vida, pero lo más importante es haber abierto una peluquería con escuela en la villa 31. Me gusta dejar una huella en la gente”.

Fotos y video: Matías Arbotto

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