
Estos animalitos son los descendientes de las que hace algunos años había llevado a la Plaza de Mayo un jubilado, Benito Costoya, que criaba estas aves en la Costanera Sur.
Costoya había llegado a Buenos Aires con sus padres desde su España natal en 1896. Al tiempo, en la azotea de la casa familiar, en Defensa y Cochabamba, San Telmo, instaló un palomar. La decisión no fue del todo simpática en su casa; de hecho, muchos de los pichones terminaron cocinados a la cacerola.
Disconforme con su familia, Benito abandonó el hogar y acampó entonces en la zona portuaria. Hombreó bolsas para ganarse el pan, logró levantar una casilla de latón y volvió entonces a criar palomas. Empezó con veinte; luego cien; luego quinientas… En 1926 tenía cuatro mil ejemplares, que manejaba con un silbato. Según el sonido que emitía, las aves bajaban a comer o lo seguían.
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Para alimentar semejante cantidad de palomas, Benito se echaba al hombro una bolsa, tomaba una pala y una escoba, y salía a recoger los granos que caían de los vagones ferroviarios que traían cereales al puerto para ser exportados. Siguió viviendo en su ranchito, previo permiso de la Municipalidad, al costado de la avenida Costanera, a la altura de la avenida Belgrano.
Un día, alguien le sugirió que podía ganar un dinero con sus palomas. Así fue como comenzó a mostrar las habilidades de las aves en la plaza de Mayo ante vecinos y visitantes. Costoya llegó a teñir las plumas de las aves con anilina azul para adherirse a los festejos de las fiestas patrias. También, de verde, rojo y blanco cuando visitó la ciudad el príncipe italiano Humberto de Saboya, en 1924, o de azul, rojo y blanco, cuando fue el turno del príncipe de Gales, al año siguiente. En 1934, cuando se realizó en la ciudad el Congreso Eucarístico Internacional, las palomas vistieron sus alas con los colores papales: blanco y amarillo. También formaron parte, en la plaza de la República, de la fiesta con que se inauguró el Obelisco el 23 de mayo de 1936.
Costoya pasó a ser entre los porteños "El loco de las palomas". Benito murió en nuestra ciudad en julio de 1937. Sus queridas aves pasaron entonces a formar parte del patrimonio de la ciudad. Hoy constituyen una verdadera plaga, y muchos vecinos se agrupan para deshacerse de ellas.
El autor es periodista y escritor, experto en la historia de la ciudad de Buenos Aires.
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