
Mariana nació con dos defectos congénitos: labio leporino y paladar hendido. Entró al quirófano por primera vez cuando tenía un año y antes de empezar la primaria ya había pasado por otras seis operaciones. Su cara no era igual a la de sus compañeros: tenía una cicatriz vertical que abría una grieta en el labio superior y la extendía hasta la base de la nariz. Fue en tercer grado que sus compañeros -chicos de 9 años- empezaron a jugar a una versión de la "mancha venenosa": la rozaban con las puntas de los dedos y salían corriendo, al grito de "tiene veneno". El bullying fue cambiando de métodos pero duró toda la primaria y parte de la secundaria. Por eso, cuando Mariana habla de las dos veces que trepó a la baranda de su terraza y estuvo a punto de tirarse, dice: "Llegué a sentir que matarme era la única salida".
"Primero fue lo del veneno. Después me decían cobra, supongo porque las cobras tienen el labio dividido y levantado", dice a Infobae, desde Córdoba, donde vive. Cuenta que pasaba los recreos en el baño, sola, sentada en el inodoro y leyendo revistas, fuera del área de cobertura de sus compañeros. Pero aunque lograra evitar el acoso en la escuela, el eco la seguía a donde fuera. Empezó a acumular angustia, a no poder concentrarse ni estudiar, se refugió en el silencio y repitió 4° grado.
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Mariana llegaba a su casa y se encerraba a mirar la televisión. Sólo lograba contarle a su papá algo de lo que le estaba pasando. "Pero cuando tenía 14 años mi papá se murió de repente, de un ataque al corazón, y ya no tenía a quién contarle. Esa fue la primera vez que pensé en tirarme". Cuenta ella que en la terraza de la casa de su madre hablaba mucho sola. "En realidad hablaba con amigos imaginarios. Podía parecer que estaba loca pero la verdad es que me sentía tan sola que quería escuchar esas voces, aunque no fueran amigos reales. La cosa es que me trepaba, miraba al vacío y cuando estaba por saltar pensaba: yo tengo tanta mala suerte que seguro no me pasa nada. Y encima me van a empezar a cargar por loca".
A los 16 años, se peleó con su única amiga. Dice que alguien le dijo a esa chica que Mariana había "buchoneado" de quién gustaba y su amiga la acusó de traición. Lo que siguió fue un segundo intento de suicidio, ese mismo año, en esa misma terraza: "Fueron muchos años así, estaba tan sola que creía que la única solución era matarme". Volvió a repetir, esta vez 3° año. Con la llegada de la adolescencia, la relación con su cuerpo se puso aún peor: "No me gustaba mirarme, me sentía fea, me quería cambiar la cara. Como también me decían que estaba gorda, empecé a vomitar".
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Desde la Ong "No+Bullying Argentina" cuentan que las historias de chicos y adolescentes que terminan suicidándose por sufrir bullying son más comunes de lo que parece. Cuando uno ve sólo la última foto de la película (el joven con problemas de adicciones, el golpeador, la bulímica, el que se corta los brazos, la panza o las piernas, el que quiso matarse o el que dijo "me rendí" y se mató) no ve que a veces hay, hacia atrás, una larga historia para destejer.
La de Mariana no es una historia aislada. Según el último informe presentado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en enero, dos de cada 10 alumnos sufren acoso escolar. El informe habla de consecuencias graves, que incluyen "ansiedad, depresión, vergüenza y pensamientos suicidas". Y dice que todo eso puede seguir supurando luego, en la vida adulta.
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Mariana se hizo amiga de otros adolescentes que, como ella, tenían algo que no encajaba en la cajita de "lo normal": un chico ciego, un chico sordo, una amiga en silla de ruedas. Tenía 19 años, nunca había tenido un novio ni había besado a un chico hasta que M., su amigo ciego, la invitó a su cumpleaños. "Ahí conocí a mi marido. Él también es ciego. Ciego y cuartetero, por eso tuve que empezar a salir a los bailes. A diferencia de lo que me pasó a mí, él no tuvo una mala infancia. Sus padres lo adoptaron aún sabiendo que había nacido ciego y si alguien lo cargaba -dos se paraban atrás, uno le tocaba la espalda y otro decía ¿quién soy?- la familia le enseñaba a contestar bien, con un chiste, o se acercaba al colegio a ver qué estaba pasando".
Juntos tuvieron un hijo y formaron una familia que ya lleva 9 años de vida. "Pero aunque ya nadie me cargue, las secuelas del bullying se arrastran siempre. Por ejemplo, a mí me cuesta horrores tener amigos, porque soy muy desconfiada. Todavía hoy, cuando conozco a alguien recuerdo que en el colegio las chicas se hacían las que eran mis amigas para mandarme a comprarles cosas al kiosco. Ya de grande, estudié para ser maestra jardinera. Bueno, yo me iba al baño y dejaba el celular grabando para después escuchar si alguna hablaba mal de mí".
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Mariana dice que nunca les tuvo odio a aquellos compañeros de colegio y que, a lo sumo, les destrozaba las carpetas en sus pensamientos. Que no les guarda rencor pero que hoy, a sus 28 años, no los agregaría a sus redes sociales. Y ahora que es grande y es madre y puede desdoblarse y ver a esa chica triste en la terraza, a punto de tirarse, dice que los padres pueden evitar que los chicos lleguen a un extremo así. A ellos quiere decirles que no subestimen lo que le pasa a sus hijos, que no les digan que una cargada es una pavada ni que, a esa edad, no existen los problemas. Que cuando son más grandes, si el chico les dice 'tengo un problema amoroso' no les contesten '¿vos qué sabés del amor?'. Y que no sólo les miren el cuaderno y les pregunten qué tarea tienen que hacer: que les pregunten, con la misma frecuencia, cómo están, qué hicieron en los recreos, cómo se llevan con sus compañeros.
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