
Es un día de principios de mayo por la tarde. Un niño de cinco años abre un paquete de figuritas del Mundial 2026, que se aproxima. Es su primer álbum. Es el primer Mundial del que es consciente; aunque en el anterior salió campeón del mundo, no lo recuerda. Lo sabe por lo que le contaron sus padres: la final épica, los festejos a caballito en las avenidas desbordadas de euforia. Pero este es, para él, el primero realmente. El primero que espera, que sabe, que es todo un pequeño hincha. Y que ahora descubre ese nuevo mundo de expectativas infinitas en un sobre de 8 centímetros. Rompe el papel laminado con ansiedad. Es la primera compra. El álbum todavía limpio pide estreno. Es el segundo paquete que abre en su vida. Y de repente, el grito: “¡Me tocooooó Meeeeeeeessi! ¡Vaaaaaamos!”. Y grita más, todo lo que le da la garganta. Los padres —que normalmente lo reprenderían— corren a ver “LA figurita”. Esa. La imposible. La que todo el mundo quiere. La que se supone es una de las más, si no la más difícil de todas. La que en los álbumes de nuestra infancia en los noventa hubiera sido la 1 del álbum de Batman o del de Amigovios. La 3 del de Chiquititas. Corren incrédulos. La ven. Y abren los ojos más grandes que los del hijo que son muy grandes. Toda la familia se abraza. Salta. Grita. “¡Vamooooos! ¡Tenemos a Messi!”.
Lo tenemos.
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Porque el álbum es suyo. Messi y la pasión, de todos.
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Es un lunes de mayo a la una del mediodía y el barrio porteño de Once late su propio pulso. Entre el ir y venir de los vecinos o trabajadores o consumidores ocasionales sobre la avenida Pueyrredón se identifican fácilmente los negocios que son su distintivo, aunque en estas cuadras todavía no se enciman unos sobre otros. Hay locales de telas, algunas tiendas de ropa económica, de atavíos y souvenirs para fiestas, un negocio chino multitodo. Algunas personas ortodoxas de la colectividad judía. Mujeres con polleras y pelucas. Varones con kipá y peies —los mechones de pelo rizado que les salen desde las sienes—. De todo esto, un poco. Una pincelada sutil. Serán las cuadras o quizás el horario por lo que el corazón de Once no se siente como ese estallido de personas y colores que se reproducen en un cambalache visual y auditivo por las calles Pasteur, Azcuénaga, Lavalle, en una competencia por la atención.
En medio de eso, “como una isla” —dirá Bitrán— que parece sacada de Corrientes y Callao y emplazada en el lugar equivocado, como una vecina que migró a un barrio que le es ajeno, se levanta El Debate: “Librería de usados. Compra-venta de revistas, libros, figuritas y discos”, dice su página de Facebook. El olor al tiempo sobre el papel se siente a metros de distancia. Mucho más allá de la reja roja —un poco despintada, un poco corroída— que protege la entrada. Y que ahora está trabada y abre solo hasta la mitad de la puerta, por lo que hace falta agacharse para poder ingresar.
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Desde afuera, un pequeño escaparate de madera del mismo rojo —también recauchutado, carcomido por los años— ofrece libros y vinilos. “1 x 800 $. 2 x 1500 $. 3 x 2000$”. Atrás, en la vidriera, entre los libros amontonados, asoma uno de los suyos que hizo con Francisco Chiappini —a quien conoció coleccionando—: Figuritas y fútbol. Más de un siglo de historia y pasión. Al lado de ese, tapado por otros, se ve un fragmento del que le dedicó al club de sus amores: Estampa de campeón extra. La historia de Boca en figuritas, en coautoría con Diego Musci, otro amigo que le dieron esas pequeñas imágenes y su afán por la búsqueda casi arqueológica detrás de ellas. Un poco más arriba, en la misma vidriera, se ven colgadas revistas viejas: varios números de El Gráfico con noticias de Boca, la pelea de Monzón “que el país espera” contra Briscoe, en 1972; números de Gente que anuncian que “comenzaron los enfrentamientos” en Malvinas; algunos cómics añosos.
Adentro, el cuarto más bien pequeño en el que consiste El Debate está tapizado de libros en todos sus rincones, en todas sus paredes, de piso a techo y en el centro, quedando apenas un pasillo pequeño para pasar. También hay revistas y discos. El olor del tiempo lo impregna todo con intensidad. En medio de esa aglomeración de lomos, tapas y páginas amarilleadas Rafael Bitrán se camufla hasta que aparece recortado detrás de los escaparates.
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—[Este lugar] siempre fue lo que estás viendo. Siempre estuvo acá y tuvo esta misma esencia —dice.
El dueño de este sitio tiene un buzo polar azul, la cabeza y barba entrecanas. Es un hombre en sus sesenta de estampa simple y palabra amable, predispuesta. Aunque tiene, también, una inscripción algo adusta en su mirada, en su frente. Quizás el hartazgo de un país complejo. Quizás las batallas cotidianas de un historiador, docente de colegios secundarios, al frente de una librería de viejos y usados, de espíritu analógico y amor por lo antiguo, frente a un mundo cada vez más voraz, veloz y obsesionado con lo nuevo, lo virtual, lo digital. Esas batallas de las que las figuritas son punto de fuga.
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Durante la conversación se recuesta con piernas cruzadas en una silla de cuerina negra que tiene por casi único mobiliario, un trono de emperador en su reino de letras y papel ajado. Me acerca un pequeño taburete de madera, tal vez el mismo que utiliza para buscar o depositar libros en los sectores más alto de El debate. Este lugar que fue el comienzo.
—La librería la abrí en el 92 con otros dos socios. Uno también es profe de Historia (aunque ya se jubiló). Y en ese momento empezaron a entrar cosas, entre otras, figuritas. Y ahí me agarró el bichito de nuevo. Vos calculale que en el 77, que yo termino la primaria, dejo de coleccionar. Y me encantaban, eh. Me encantaban, me encantaban. Pero en toda mi secundaria y en toda la universidad no pensé ni una vez en las figuritas. Tanto es así que en el 92 me pongo a coleccionar y un tiempo después voy a buscar algo en mi bolsa de soldaditos, que sí la tenía guardada en lo de mi mamá (ya no vivía con mi mamá y mi papá), y cuando la abro encuentro una bolsa chiquita de figuritas que había guardado de mi infancia. No sabía que estaba, porque la mayoría me las había tirado mi mamá para hacer lugar. Había guardado solo de fútbol, que de hecho era lo que más me gustaba, y fue como un chispazo. Las figuritas, en un porcentaje enorme, se tiraban. Evidentemente no todas porque sino yo no podría haber hecho la colección que hice. En los libros —viste que saqué unos libros— pongo eso justamente: que las tiraban las madres para hacer lugar. Y ahí empecé a coleccionar. Empecé primero con las figuritas de Boca. Creo que a la semana ya coleccionaba todo lo que fuera de mi época. Y después ya me amplié a lo que colecciono hoy que es Argentina (digo Argentina porque también hay figuritas de afuera), de 1900 a 1985, más o menos ese rango.
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—¿Cuando decís Argentina decís fútbol?
—No. De hecho, mirá —Bitrán toma los libros hechos por él y muestra sus tapas, los hojea— acá ves la trayectoria. Entre estos tres libros están las tres temáticas casi que colecciono (en realidad son seis libros, pero este, este y este son el mismo nada más que una edición más completa porque voy consiguiendo cosas). Cuáles serían las tres temáticas: en realidad son dos. Esto es fútbol de 1900 (llega al 23, pero yo coleccioné más hasta el 85) y esto es lo que no es fútbol, que es Hijitus, Piluso, Titanes en el Ring, Batman. Y esto es Boca, específico, que sería una subcategoría dentro de fútbol.
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Una chica de pelo lacio, vestida de negro, entra y con acento colombiano o quizás venezolano, consulta.
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—Hola, busco El fanatsma de la ópera. Me da un poco de pena.
—No lo tengo.
No se va. Recorre con la vista las pilas infinitas de textos.
—Mirá lo que quieras.
***
Bitrán no recuerda cuál fue su primer álbum de figuritas cuando niño. Sí que coleccionó entre el 72 y el 77, durante la escuela primaria; que jugó mucho con la figuritas de sus hermanas mayores, “con lo cual por mis manos pasaron Blancanieves, Cenicienta, las de brillantina”; y que entre esas colecciones de esos años estaba la de El zorro. También se acuerda de que hubo muchas difíciles que buscaba sin descanso y que, de chico, jamás encontró. Aunque sí lo haría de grande, cuando abrió El debate y volvió al viejo hobby. Sobre eso dirá que fue “una reparación histórica”.
Entre esas difíciles imposibles de encontrar en su infancia estaban “Carrascosa, del álbum del 76; Mukombo, del álbum del Mundial 74; la mona Chita, del álbum de Tarzán (para decir algo que no sea de fútbol); el cubito y el piolín, que eran trucos de magia, del álbum de La Pantera Rosa; la 23 del álbum de Star Wars”.
Para conseguirlas en los 90, en un mundo todavía analógico y sin redes sociales, puso muchos avisos en la histórica revista de clasificados Segundamano, que funcionaba como un mercado de compra y venta desde el papel.
—Casi nadie coleccionaba. Había una o dos personas que buscaban, pero no había una gran cantidad de gente. Entonces iba a las plazas, ponía avisos en la revista Segundamano. Entre el 92 y el 2002, que salió el primer libro de los que hice, no había casi coleccionismo y no había redes, así que casi todo lo que aparecía venía a mí. Y hoy por hoy la difusión de los libros, las notas, hace que mucha gente me ofrezca directamente.
El desafío que supone la búsqueda es su motor. No solo la de la figurita sino también la del paquete: “los sobrecitos”.
—Conseguir sobres viejos, en teoría, es casi imposible, porque el sobre se tiraba. He conseguido mucho por dos motivos: primero porque a veces aparecen depósitos donde hay cerrados que nunca se abrieron. Y, segundo, porque había personas que los guardaban, que tenían una visión estética y por ahí guardaban uno o dos sobrecitos y quedaban, pero es muy difícil. Yo en mi vida no recuerdo un compañero que supiera que guardaba el sobrecito. Encontrarlos ahora es casi imposible. Es todo un desafío. Yo a veces digo que en este tipo de coleccionismo tiene más pasión la búsqueda que el tener. La búsqueda y el hallazgo, porque la búsqueda sola es frustrante. Pero la búsqueda y el encuentro creo que es tan o más importante que la posesión.

***
Ni siquiera fue algo planeado. Una sucesión de acciones que encendieron el viejo placer de buscar. Las cosquillas de encontrar. A partir de ese puñado de figuritas de su infancia que dormían en la bolsa de soldaditos, en la misma época en que, recién recibido de profesor de Historia, había abierto la librería y comprado una revista El Gráfico vieja con la que habían llegado figuritas, así, casi sin darse cuenta, empezó o continuó o recomenzó su colección.
—Hay gente que me dice: “Uy, qué visionario”. No, nada, nada de visionario. Me gustó, me empecé a enganchar. Después se transformó en algo grande.
—¿En qué momento te diste cuenta de que estabas haciendo algo más que buscar figuritas por hobby?
—Yo creo que cuando empezaron a salir los libros, a partir del 2002, que salió el primero, que se llamaba Malditas difíciles. Y cuatro años después publicamos con Francisco Chiappini este que agarraba lo que no era fútbol [N. de la R: se titula Ídolos en cartón - Cine, televisión e historieta en nuestras figuritas].
—Pero para sacar el primero ya tenías un caudal recopilado.
—Sí, pero me di cuenta de que era algo más que solamente coleccionar por la repercusión que había, la respuesta de la gente, que se movilizaba. Lo mismo que a mí me había movilizado, estando en la librería, esa primera compra, a la gente ver lo que estaba en el libro le prendía esa llamita.
Los libros se agotaron.

***
—Holaaa —se asoma una señora de pelo caoba, entusiasta—. Qué tal, cómo le va. Le hago una consulta.
—Pasá, pasá. Pasá porque se rompió la cortina.
Pasa.
—Por casualidad, ¿usted compra libros? ¿No? ¿Sí?
—No mucho, hay que ver.
—Tengo colecciones, por eso.
—Ando comprando otras cosas: figuritas, estampillas… —le da otras opciones que el ruido de la calle y de un colectivo que pasa con un chillido estridente que se mete en el local vuelve inaudibles—.
—Ah, bueno. Bueno, bueno, gracias.
***
En la librería, dice, se funden sus pasiones: la historia, las figuritas, los libros.
—Es un combo de lo mismo. Pero, te decía: que yo me acuerde, entre las primeras que coleccioné estaban las de El zorro. Y de fútbol sí me acuerdo que la primera colección fue en el 73, que ya tenía siete años. La época más fuerte que un chico o una chica coleccionaba era de segundo grado a sexto, séptimo. Coleccionar en el secundario era de pelotudo. Y voy a hacer un salto porque es importante hacerlo ya. Las figuritas han ido muriendo en Argentina, incluso hoy. El tema es que hay una paradoja: como nunca, los mundiales se han transformado (por eso me estás haciendo la nota, de hecho) en un evento. Y coleccionar las figuritas por un lado es una continuidad y por el otro lado es un cambio. Una continuidad porque en esencia sigue siendo lo mismo: la sorpresa de abrir un paquete, de ver qué te toca, la ansiedad, en algunos casos la obsesión de llenar. También una cuestión de sociabilidad con los demás, de canjear. Eso, te diría, es atemporal. Yo creo que lo que se ha transformado es el marco general del mercado. En Historia muchas veces usamos ese criterio de cambio y continuidad. Acá hay cambio y continuidad.
—¿Cuáles son los cambios?
—Antes se jugaba más porque eran de cartón y era más fácil. Ahora, al ser de autoadhesivas, salvo “El Chupi”, que se juega así —muestra con la mano el juego que consiste en poner la figurita sobre la mesa, cubrirla con la palma de la mano y levantarla rápido intentando que se quede pegada—, casi no se puede jugar. Pero además hay una diferencia abismal en la visión. Por ejemplo, hoy un montón de chicos y chicas del secundario juntan del Mundial. Hoy juntan los padres, juntan los padres con los hijos. Hoy se ha transformado en un show. Hay mucha gente que colecciona porque le gustan las figuritas, porque le gusta el fútbol, pero hay un ingrediente medio nuevo que es cómo el Mundial de fútbol o el fútbol mismo se ha transformado, además del deporte, en un espectáculo. Antes también había un mercado, claro, pero ahora tiene las características de ser algo más masivo.
—¿Pensás que tiene que ver con una cuestión identitaria, con sumarse a algo en lo que todo el mundo está pensando en el mismo momento?
—Sí, hay algo de eso, sin duda. Pero tiene que ver con una sociedad cada vez más consumista que encuentra distintos nichos para el consumo. El fútbol se ha transformado en eso y, a ver, siempre hubo un consumo enorme del fútbol, no es un invento, pero hoy se le vende a mucha gente —en los mundiales, por ejemplo— que no le gusta el fútbol y las figuritas a gente que en su vida coleccionó, pero sí colecciona de los mundiales.

***
Como historiador, Bitrán repasa el origen de los álbumes del Mundial y cuenta que el primero de ellos, en Argentina, apareció en 1974 —aunque el primer álbum oficial de Panini había aparecido para el Mundial de México de 1970— . Hasta entonces no existían álbumes específicos. Había algunos equipos de otros países que se sumaban a las colecciones clásicas de los equipos nacionales, más nada.
También habla del origen de las figuritas como objeto de colección e intercambio en estas pampas. “Te doy un dato”, dice. Y cuenta que en Argentina, hasta la década del 40 no existían como algo independiente, sino que eran plenamente un producto del marketing: aparecieron por primera vez como imágenes accesorias que acompañaban a otros productos que se buscaba vender.
—Las figuritas de fines del siglo XIX hasta los 40 han acompañado cigarrillos, chocolates, caramelos o golosinas en general. En algún caso alimento de pájaro, una cosa muy pero muy puntual. En general eran cigarrillos, golosinas... Yo no soy especialista, pero hay cosas del siglo XVII, XVIII, que ya no no sé si llamarlas figuritas pero eran productos que venían con una imagen para ofrecerle algo más a la persona. Lo más cercano a la figurita, lo que llamaríamos la protofigurita, es lo que acompañaba el cigarrillo a fines del siglo XIX. En esas primeras colecciones lo dominante eran las mujeres semidesnudas o personajes históricos o cosas costumbristas. Fútbol en Argentina empieza, más o menos, a partir de finales de la década del 10. Y más sistemático, o sea, colecciones ya más importantes, a partir de la década del 20. Después ya en los 20 y 30 se prende en las golosinas: mucho; el chocolate: mucho mucho; y los caramelos: mucho mucho. Y recién en los 40 empieza a ser un producto independiente que viene solo en un sobrecito.
Esas primeras que llegaban al mercado presumiendo amor propio, sabiendo que valían por sí mismas y no como meras acompañantes de algo más, eran principalmente sobre fútbol y sobre personajes del espectáculo que, en esos años, se reducía al cine.
—Otra cosa que le da un boom fuerte a la figurita, a partir de fines de los 50 y los 60, es la televisión: incorporaron las series y todo lo que tenía que ver con la tv.
Después comenzaron a hacerse de todos los temas imaginables. Primero se pegaban con pegamento. Eran de cartón. Poco a poco, como la mayoría de las cosas de este mundo, se transformaron.
Cambio y continuidad.

***
Bitrán sigue coleccionando figuritas. Busca todas las nacionales que hayan salido hasta 1985. Tiene entre doscientos y trescientos álbumes. Figuritas: miles y miles. Si intentara contarlas —dice— después deberían internarlo. Aunque sí las tiene perfectamente ordenadas. Sabe cuáles fueron publicadas en sus libros, cuáles no y podrían compilarse en uno nuevo. De qué año es cada una. A qué tema pertenecen. Están todas en un placard. No expuestas. No digitalizadas.
No colecciona lo contemporáneo. No colecciona el álbum del Mundial. A él le gusta esa caza de tesoros escondidos que sobreviven al tiempo. “Traer del pasado algo que está ahí, medio perdido”. No lo entusiasma ir al kiosco de la esquina y pedir un paquete. Aunque siempre disfruta el placer de cambiar. Por eso cuando su hijo de 24 que sí colecciona las de este Mundial llegó el domingo dispuesto a ir al Parque Rivadavia él no se resistió.
—Me sigue gustando porque la esencia sigue siendo la misma. A ver, en el fondo es igual que cuando un pibe en los años 40 coleccionaba figuritas. Pero vuelvo: es un objeto que podés conseguir en un kiosco, entonces a mí no me resulta divertido. A él le apasiona. Yo voy siempre igual al Parque Rivadavia porque hay canje todo el tiempo.
Dice que la búsqueda genera mucha adrenalina “por eso de que no sabés cuándo podés encontrar y qué podés encontrar”. Y advierte que con el coleccionismo “también hay que tener mucho cuidado de no cruzar una delgada línea a la obsesión”. No solo para que no deje de ser una actividad disfrutable si no para que no ocupe mayor relevancia de la que merece.
—Mirá, hay un periodista deportivo (no me acuerdo quién era) que una vez dijo una frase que me gustó mucho que es: “El fútbol es una de las cosas más importantes dentro de las menos importantes”. Y la figurita es algo así. Imaginate que con los problemas sociales que uno ve, el crecimiento de la pobreza, del desempleo, de la desindustrialización y un caos en la estructura productiva del país, no podés estar todo el tiempo pensando en figuritas. Yo tengo la visión de historiador, además. Entonces, esto distrae por momentos, te permite alienarte un poco y es divertido. Pero no hay que correr el riesgo de alienarse totalmente y que tu vida gire alrededor de eso.

***
Entra un chico con lentes.
—Hola.
—Pasá, pasá.
—Estoy buscando un libro que se llama Pedro Páramo.
—Pedro Páramo, ahora te digo si está.
Busca.
—Gran libro ese, eh. Pedro Páramo es una hermosura. Yo no sé si lo tengo.
Busca más.
—Juan Rulfo. Pedro Páramo.
Encuentra.
—¿Cuánto está?
—$7000.
—¿Tenés Mercado Pago?
Cambio y continuidad.
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