
La enfermedad hepática esteatósica, conocida popularmente como hígado graso, afecta a cerca de 1.700 millones de personas en el mundo, según estima la Organización Mundial de la Salud, y constituye una de las principales causas de daño crónico del hígado. Su vínculo con la obesidad, la diabetes tipo 2 y los trastornos cardiovasculares la convierte en un desafío de salud pública que trasciende la gastroenterología.
Hasta ahora se sabía que el ejercicio reduce la acumulación de grasa en el hígado y mejora la salud del corazón y el metabolismo, incluso sin una pérdida de peso considerable. Lo que no estaba del todo claro era si esos beneficios se traducían en una mayor sobrevida a largo plazo, ni si la fibrosis hepática, es decir, el proceso de cicatrización del tejido del hígado, podía anular ese efecto protector.
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Un análisis presentado en la reunión científica anual del Colegio Americano de Gastroenterología (ACG), celebrada en Nashville, Estados Unidos, ofrece nuevos datos al respecto.
Según datos publicados por Healio, las personas con enfermedad hepática esteatósica que realizaron actividad física recreativa tuvieron un 16% menos de riesgo de muerte por cualquier causa en comparación con quienes llevaron una vida sedentaria. La fibrosis, además, no alteró esa asociación.

El mayor beneficio aparece al dejar el sedentarismo
El equipo de investigación, liderado por Sahiljot Singh Bhupal, residente de segundo año de medicina interna en el Centro Médico St. Francis de Lynwood, California, analizó datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Estados Unidos correspondientes al período 1988-1994, vinculados con el Índice Nacional de Defunciones hasta 2019.
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El análisis final incluyó a 4.441 adultos de entre 20 y 74 años, una muestra representativa de 46,3 millones de personas. La mayoría de los participantes, el 85,5%, presentaba la variante asociada a disfunción metabólica; el 12,2% tenía una forma combinada con consumo de alcohol, y el 2,3% restante padecía la variante vinculada exclusivamente a la ingesta de bebidas alcohólicas.
Los investigadores clasificaron a los participantes como “físicamente activos” si declaraban cualquier tipo de actividad recreativa, y como “inactivos” si no realizaban ninguna. También estimaron el grado de fibrosis hepática mediante un índice clínico que cruza la edad del paciente con ciertos valores de laboratorio para calcular el nivel de cicatrización del hígado.
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A lo largo de una mediana de seguimiento de 26 años se registraron 1.903 muertes. La mortalidad fue considerablemente menor entre quienes realizaban ejercicio: 36,4%, frente al 44% de los sedentarios. Tras ajustar por factores demográficos, socioeconómicos y clínicos, la práctica de actividad física se asoció con un 16% menos de riesgo de muerte por cualquier causa.
“Ya está establecido que la enfermedad cardiovascular sigue siendo una causa importante de muerte en estos pacientes, y observamos un estado cardiovascular deficiente”, explicó Bhupal en declaraciones recogidas por Healio. “Sabemos que el ejercicio es uno de los pilares del tratamiento. Puede mejorar la esteatosis hepática y la salud del corazón y el metabolismo incluso sin bajar de peso de forma considerable”.
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La fibrosis no anula el efecto protector del ejercicio
Uno de los hallazgos más relevantes del análisis es que la incorporación de los valores de fibrosis no modificó el resultado. “El cociente de riesgo esencialmente no cambió”, señaló el investigador.
“Aunque la fibrosis en sí misma siguió siendo un predictor importante de mortalidad, no pareció explicar la mayor parte del beneficio de supervivencia asociado a la actividad física. Eso sugiere que gran parte del beneficio podría provenir de vías que van más allá del hígado, en particular de la salud del corazón y el metabolismo”.
Dicho de otro modo, el ejercicio no protegería tanto por su efecto directo sobre el hígado, sino por las mejoras que produce en el sistema cardiovascular y en el funcionamiento metabólico general.
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El estudio también reveló que la asociación protectora entre el ejercicio y la mortalidad fue más intensa durante los primeros 10 años de seguimiento. Ese dato tiene un matiz importante, porque el nivel de actividad se midió únicamente al inicio del estudio. “A lo largo de 20 o 30 años, los niveles de actividad de las personas pueden cambiar de manera sustancial”, reconoció Bhupal en declaraciones publicadas por el medio.
“Cuanto más nos alejamos de esa medición original, menos representa lo que la persona realmente hace. Clínicamente, creo que eso refuerza la idea de que la actividad física es algo que debemos reevaluar y fomentar con el tiempo, en lugar de conversar sobre ello una sola vez”.
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El primer paso es el más importante
El análisis de la relación entre la cantidad de ejercicio y sus efectos mostró un patrón no lineal: la mayor reducción en la mortalidad se observó cuando las personas pasaron de no hacer absolutamente nada a incorporar niveles modestos de movimiento. No es necesario alcanzar metas ambiciosas desde el principio; el simple hecho de empezar a moverse ya marca una diferencia.

“Deberíamos hablar sobre actividad física con cada paciente con enfermedad hepática esteatósica, sobre todo con quienes son completamente sedentarios”, afirmó el investigador. “Si alguien no realiza ninguna actividad, lograr que empiece a caminar o a moverse de un modo que pueda sostener ya es un paso importante”.
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Bhupal destacó que estos resultados subrayan la importancia de un abordaje integral, que no se limite a vigilar la progresión del daño en el hígado. “La actividad física importa en la enfermedad hepática esteatósica, y sus beneficios parecen ir mucho más allá del hígado”, concluyó.
Cuáles son los síntomas del hígado graso y cómo prevenirlo
Esta enfermedad suele avanzar sin dar señales evidentes. Según la Asociación Europea para el Estudio del Hígado (EASL), la mayoría de los pacientes no presenta síntomas y el diagnóstico llega de forma incidental, a partir de análisis de sangre que revelan enzimas hepáticas elevadas o de estudios por imágenes que muestran grasa en el hígado.
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En las etapas iniciales, algunas personas experimentan cansancio inexplicable, sensación de pesadez o molestia en la zona superior derecha del abdomen, y dificultad para concentrarse. Sin embargo, estos indicios suelen ser leves y se confunden fácilmente con otras causas, lo que demora la consulta médica.

Cuando la enfermedad progresa hacia la inflamación crónica (esteatohepatitis) o hacia la fibrosis avanzada, las señales se vuelven más notorias: fatiga persistente que no mejora con el descanso, pérdida de apetito y de peso involuntaria, dolor abdominal más marcado, náuseas, picazón en la piel y aparición de pequeños vasos sanguíneos en forma de araña en la superficie cutánea.
En los casos más graves, pueden presentarse coloración amarillenta de la piel y los ojos (ictericia), hinchazón del abdomen por acumulación de líquidos (ascitis), tendencia al sangrado o a la formación de hematomas con facilidad, y pérdida progresiva de masa muscular.
Un consenso de la Asociación Europea para el Estudio del Hígado (EASL), la Asociación Europea para el Estudio de la Diabetes (EASD) y la Asociación Europea para el Estudio de la Obesidad (EASO), publicado en 2024, establece las siguientes indicaciones de estilo de vida para la prevención y el manejo de la enfermedad:
- Actividad física: se recomienda realizar más de 150 minutos semanales de ejercicio de intensidad moderada (como caminar a paso rápido, andar en bicicleta o nadar) o 75 minutos de actividad vigorosa (como correr o hacer ejercicio aeróbico intenso). Lo ideal es combinar ejercicio aeróbico con entrenamiento de fuerza, adaptado a las preferencias y capacidades de cada persona. También se aconseja reducir al mínimo el tiempo sedentario a lo largo del día.
- Alimentación: las guías recomiendan adoptar un patrón alimentario similar a la dieta mediterránea, que prioriza las verduras, frutas, legumbres, frutos secos, aceite de oliva, pescado y carnes magras. Al mismo tiempo, se desaconseja el consumo de alimentos ultraprocesados ricos en azúcares y grasas saturadas, así como el de bebidas azucaradas.

- Pérdida de peso: en personas con sobrepeso, las guías establecen objetivos escalonados. Una reducción de al menos el 5% del peso corporal ayuda a disminuir la grasa hepática; del 7% al 10%, a mejorar la inflamación del hígado; y del 10% o más, a revertir la fibrosis.
- Alcohol y tabaco: se desaconseja el consumo de alcohol en personas con enfermedad hepática esteatósica, en particular cuando la ingesta es moderada o alta. Para quienes presentan fibrosis avanzada o cirrosis, la recomendación es la abstinencia total y permanente. También se recomienda evitar el tabaco.
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