
En la Argentina se detectan cada año 5 mil nuevos casos de linfoma, un tipo de tumor que ataca el sistema linfático y que produce cerca de 1.800 muertes anuales. Al ser un cáncer que no puede prevenirse y que no tiene un método de screening específico, los especialistas remarcan la importancia de estar atentos a los síntomas que presenta la enfermedad, ya que en muchos casos son minimizados o confundidos a otras patologías.
Por los desarrollos científicos que hubo en los últimos años, hoy los tratamientos brindan altas perspectivas de remisión.
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“El escenario terapéutico actual en los linfomas es muy alentador y los últimos avances han permitido mejorar los resultados tanto en primera línea como en pacientes recaídos o que no responden al tratamiento inicial”, explica la Laura Korin (MN 128736), hematóloga del Staff del Servicio de Hematología y Trasplante Hematopoyético del Instituto Alexander Fleming (IAF), en el marco del Día Mundial del Linfoma, que se conmemora este martes 15 de septiembre.
El mayor conocimiento de la enfermedad y la disponibilidad de una mayor variedad de terapias hacen que hoy la estrategia de tratamiento dependa del subtipo de linfoma diagnosticado y puede constar de quimioterapia, inmunoterapia, drogas blanco dirigidas, radioterapia y combinaciones de estas opciones. En algunos subtipos de linfomas se puede requerir como parte del abordaje terapéutico un trasplante de células precursoras hematopoyéticas.
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“Hubo muchísimos avances con el advenimiento de la inmunoterapia y la terapia blanco dirigida en el tratamiento de linfomas. La inmunoterapia incluye el uso de anticuerpos monoclonales contra antígenos del linfoma, anticuerpos conjugados con fármacos citotóxicos, anticuerpos biespecíficos que unen a los linfocitos B del linfoma con los linfocitos T del paciente, y la terapia con CAR-T (aún no aprobada en Argentina) con la que se modifican linfocitos T del paciente para atacar a las células del linfoma. Con respecto a la terapia blanco dirigida, en ciertos linfomas disponemos de fármacos que bloquean vías de señalización que son necesarias para la supervivencia de las células malignas”, detalla la especialista.
Las nuevas drogas contra el linfoma

En el campo de la medicina oncológica, los expertos coinciden en que la tendencia apunta cada vez más hacia la personalización de los tratamientos. El linfoma no es la excepción y la incorporación de nuevas drogas amplió el abanico de herramientas con las que hoy se cuenta. Entre las incorporaciones más relevantes figuran los anticuerpos biespecíficos, como epcoritamab y glofitamab, entre otros. Estos tratamientos se unen simultáneamente a la célula del linfoma, a través de CD20 (una proteína ubicada en la superficie de los linfocitos B), y a los linfocitos T del propio paciente, acercándolos y facilitando que el sistema inmunológico reconozca y ataque a las células tumorales.
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“Una de sus principales ventajas frente a la terapia CAR-T es que se trata de medicamentos que ya están disponibles para su administración, sin necesidad de recolectar, modificar y reinfundir las propias células del paciente. Esto simplifica considerablemente el proceso y los convierte en una alternativa potencialmente más viable desde el punto de vista logístico, especialmente en contextos donde el acceso a terapias celulares es limitado”, destaca la doctora Korin.
La hematóloga del Instituto Alexander Fleming destaca que en pacientes con linfoma difuso de células grandes B y linfoma folicular en recaída o refractarios, “estos tratamientos han demostrado tasas de respuesta superiores al 60-70%, con una proporción significativa de respuestas completas y, en muchos casos, duraderas, incluso en pacientes que han recibido múltiples tratamientos previos”.
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¿Es posible curar el linfoma?

La respuesta es que sí, aunque depende en gran medida del subtipo de linfoma y de las características de cada paciente. “Algunos linfomas indolentes, como el folicular, pueden presentar recaídas a lo largo del tiempo, pero hoy muchos pacientes conviven con la enfermedad durante años o incluso décadas, alternando períodos de tratamiento con períodos de observación”, cuenta la doctora Korin.
“En otros tipos de linfoma, las posibilidades de curación son muy altas. En el linfoma de Hodgkin, incluso en estadios avanzados, las tasas de curación superan el 80-90%. En el linfoma difuso de células grandes B, el subtipo más frecuente de linfoma no Hodgkin, aproximadamente 60-65% de los pacientes pueden curarse con el tratamiento inicial. A diferencia de muchos tumores sólidos, en los linfomas la enfermedad avanzada —incluso en estadios III o IV— puede ser curable. Por eso, el estadio avanzado no significa necesariamente que no haya posibilidades de curación”, agrega.
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Las señales de alerta del linfoma: cuáles son los síntomas

De los 5 mil casos que se diagnostican por año en la Argentina, cerca de 4.300 corresponden a linfomas no Hodgkin y alrededor de 700 a linfoma de Hodgkin, según las últimas estimaciones de Globocan (IARC-OMS, 2024).
Dentro de los primeros, el subtipo más frecuente es el linfoma difuso de células grandes B, que representa alrededor de un tercio de los casos, seguido por el linfoma folicular. Es más común en adultos y su incidencia aumenta con la edad, especialmente a partir de los 60 años. El linfoma de Hodgkin, en cambio, tiene un primer pico de incidencia entre los 20 y 30 años, y un segundo a partir de los 55 años.
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Este tipo de tumores se generan cuando los linfocitos sufren mutaciones que les permiten sobrevivir y acumularse en ganglios, bazo, medula ósea o en otros órganos del cuerpo (lo que se conoce como compromiso fuera de los ganglios o extranodal).
Así, en vez se cumplir el proceso normal de cualquier célula (proliferar y morir de forma ordenada), comienza a multiplicarse y distribuirse dentro del sistema encargado de defender el organismo.
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“El síntoma más frecuente es la aparición de ganglios palpables en el cuello, axila, ingle, etc. Estos ganglios suelen ser duros y generalmente no dolorosos. Existen síntomas generales asociados al linfoma que se conocen como síntomas B que comprenden: pérdida de peso de más del 10% sin causa aparente que lo justifique, fiebre a predominio vespertino y sudoración nocturna profusa. Otros síntomas son la astenia marcada y en el linfoma de Hodgkin, la aparición de prurito”, detalla la experta del IAF.

También puede aparecer cansancio marcado y persistente, o síntomas respiratorios como tos o falta de aire cuando hay compromiso ganglionar en el tórax. Ante cualquiera de estos signos, sobre todo un ganglio persistente, la recomendación es consultar sin demora con un hematólogo. Sucede que, a diferencia de otros tipos de cáncer, no existe actualmente un estudio de screening o rastreo poblacional para el linfoma, como ocurre por ejemplo con la mamografía en los tumores mamarios. Por eso, la clave está en la sospecha clínica y en prestar atención a los síntomas persistentes.
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“Por ejemplo, un ganglio que aumenta de tamaño y persiste durante varias semanas, especialmente si no existe una causa infecciosa clara, merece ser evaluado. En estos casos, es importante evitar tratamientos empíricos repetidos con antibióticos sin una evaluación diagnóstica adecuada y, cuando existe una sospecha de linfoma, avanzar oportunamente hacia una biopsia del ganglio. En muchos casos, evitar demoras entre la sospecha clínica y la realización de una biopsia adecuada es fundamental para llegar a un diagnóstico oportuno y comenzar el tratamiento cuando corresponde”, agrega la doctora Korin.
El diagnóstico temprano y el acceso a los tratamientos
Como sucede en la mayoría de los tumores, el diagnóstico temprano permite realizar tratamientos más acotados y obtener mejores resultados a largo plazo, además de reducir el riesgo de complicaciones asociadas a masas de gran tamaño o al compromiso de distintos órganos.
“Sin embargo, es importante hacer una aclaración: en el linfoma, un diagnóstico en etapas tempranas no necesariamente significa curación, ni un diagnóstico en etapas avanzadas implica un mal pronóstico, como puede ocurrir en muchos tumores sólidos. Incluso los linfomas en estadios avanzados pueden ser curables. Aun así, la demora en el diagnóstico sigue siendo un problema real y evitable, sobre todo cuando se confunde un ganglio persistente con un cuadro infeccioso banal”, explica la especialista del IAF.
“Hoy somos protagonistas de una nueva era en la que la inmunoterapia se combina cada vez más con la quimioterapia tradicional y se incorpora de manera más temprana al tratamiento, tanto en los linfomas no Hodgkin como en el linfoma de Hodgkin, con resultados muy alentadores. El gran desafío en nuestro país es lograr que estos avances estén al alcance de un mayor número de pacientes. Mejorar el acceso a los nuevos tratamientos es fundamental para que los avances de la ciencia puedan traducirse en más y mejores oportunidades para nuestros pacientes”, concluye la doctora Laura Korin.
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