La exploración del océano profundo por parte del Conicet y el Schmidt Ocean Institute (SOI) volvió a ocupar un lugar central en la agenda científica y cultural argentina a partir de una serie de hallazgos que combinaron sorpresa, rigor científico y una inédita participación del público.
En una misma campaña oceanográfica, investigadores detectaron restos de una ballena depositados en el fondo marino desde hace siglos, registraron especies abisales nunca vistas en vivo y hallaron un objeto que nadie esperaba encontrar a casi tres mil metros de profundidad: un casete VHS cubierto por una estrella de mar.
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La escena, tan absurda como reveladora, sintetizó una paradoja contemporánea: incluso en los confines más remotos del planeta, la huella humana aparece incrustada en los ecosistemas extremos.

La expedición “Vida en los extremos” desarrollada a bordo del buque R/V Falkor (too) del Schmidt Ocean Institute con participación del CONICET, partió con el objetivo de recorrer la Cuenca del Salado y la Cuenca de Malvinas mediante tecnología de última generación.
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Robots submarinos, cámaras de ultraalta definición y sistemas de transmisión en vivo permitieron observar en tiempo real un mundo que durante décadas solo pudo reconstruirse a partir de muestras fragmentarias. Esta vez, la ciencia no solo miró hacia el fondo del mar, sino que también abrió esa mirada a miles de personas conectadas desde sus casas.
El fondo del mar como archivo del tiempo y del impacto humano
Uno de los momentos más comentados de la campaña ocurrió durante una inmersión a 2.640 metros de profundidad, cuando las cámaras del ROV SuBastian enfocaron un objeto rectangular cubierto por organismos marinos. Al acercarse, los investigadores identificaron un viejo casete de video VHS apoyado sobre el lecho oceánico, parcialmente colonizado por una estrella de mar.
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El hallazgo, registrado durante una expedición científica del Schmidt Ocean Institute junto al CONICET, se viralizó de inmediato y despertó asombro, humor y preocupación en partes iguales.
“Parece que es un casete en VHS. Increíble que sigamos viendo este tipo de basura”, dijeron los científicos. La presencia de un residuo tecnológico obsoleto a semejante profundidad expuso con crudeza el alcance de la contaminación marina.
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El VHS, un formato asociado al entretenimiento doméstico de finales del siglo XX, apareció como testigo silencioso de décadas de descarte y acumulación de basura que no reconoce fronteras geográficas ni límites ambientales. Más allá de la anécdota, el objeto funcionó como una evidencia tangible de que los océanos profundos también reciben los residuos de la actividad humana.
El impacto simbólico del hallazgo se potenció por el contexto científico de la expedición. El objetivo principal no apuntó a buscar restos de basura, sino a estudiar ecosistemas abisales poco explorados, caracterizados por presiones extremas, temperaturas bajas y ausencia total de luz solar. En ese escenario, cada inmersión aportó información clave sobre cómo se distribuye la vida en condiciones límite y cómo interactúa con su entorno.
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Durante otra exploración, esta vez a casi 3.900 metros de profundidad en la Cuenca de Malvinas, las cámaras registraron un conjunto de huesos dispersos sobre el fondo marino. Los especialistas identificaron el hallazgo como restos de una ballena en su última etapa de descomposición.

“Estamos hablando de parte de una ballena; es un esqueleto de una ballena, pero no estamos encontrando el cráneo”, expresaron los investigadores al analizar las imágenes. La disposición de los huesos y su grado de deterioro sugirieron que el animal murió hace cientos de años y que su esqueleto se convirtió en un microecosistema para organismos de las profundidades.
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Estos llamados “fallos de ballena” representan verdaderos oasis biológicos en el fondo del mar. A partir de un solo evento de muerte, se desencadenan procesos ecológicos que pueden extenderse durante décadas y sostener comunidades enteras de invertebrados, bacterias y otros organismos especializados. La documentación directa de este tipo de estructuras en aguas argentinas aportó datos valiosos para comprender la dinámica de los ecosistemas profundos del Atlántico Sur.
Los científicos destacaron la relevancia de registrar estos procesos en tiempo real, sin perturbar el entorno. La tecnología utilizada permitió observar, sin intervenir, una diferencia clave respecto de campañas anteriores basadas en dragas o muestreos invasivos. Cada imagen capturada se transformó en material de investigación, pero también en una herramienta de divulgación que acercó la ciencia a una audiencia masiva.
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Ciencia en vivo y nuevas especies que despiertan asombro colectivo

La dimensión más novedosa de la expedición “Vida en los extremos” fue su formato de transmisión abierta. Desde el 14 de diciembre hasta el 10 de enero de 2026, el buque Falkor (too) emitió en vivo sus inmersiones a través de YouTube, en un trayecto que conectó el puerto de Buenos Aires con Puerto Madryn. Por primera vez, la exploración de ecosistemas abisales del Mar Argentino ocurrió frente a los ojos del público, con comentarios de especialistas que explicaron cada hallazgo en tiempo real.
El equipo científico, liderado por la investigadora María Emilia Bravo, reunió a 25 especialistas, 17 de ellos argentinos, provenientes de instituciones como el CONICET, la UBA, el Instituto Argentino de Oceanografía y el Museo Argentino de Ciencias Naturales.
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El uso del ROV SuBastian, capaz de descender hasta 4.500 metros, permitió documentar organismos que rara vez llegan a la superficie en condiciones observables: anémonas gigantes, rayas de aguas profundas, cefalópodos translúcidos y criaturas gelatinosas adaptadas a la oscuridad permanente.

Entre esos descubrimientos, uno capturó la atención del público de manera inesperada. A casi 1.000 metros de profundidad, las cámaras registraron un ejemplar del género Hippasteria, una estrella de mar de aspecto inusual que rápidamente fue bautizada como “estrella culona”.
Durante la transmisión, uno de los especialistas comentó con humor: “Señoras y señores, es una estrella culona, chiquita. Es otra Hippasteria. Momento histórico, todavía no hizo mucho ejercicio”. La frase desató una ola de risas, memes y comentarios que se propagaron por redes sociales y servicios de mensajería.
El episodio se sumó a un fenómeno que ya tenía antecedentes. Meses atrás, un hallazgo similar en el cañón submarino Mar del Plata convirtió a la primera “estrella culona” en un meme nacional y acercó a públicos no especializados a la biología marina. Esta nueva aparición reforzó el vínculo entre divulgación científica y cultura digital, sin perder el rigor del trabajo de campo.

Lejos de trivializar el descubrimiento, los investigadores aprovecharon la atención para explicar la importancia taxonómica y ecológica del organismo. El género Hippasteria habita ambientes profundos y fríos, y su morfología refleja adaptaciones a un entorno con recursos escasos. Cada registro aporta información sobre distribución, comportamiento y diversidad de especies que todavía resultan poco conocidas.
La campaña “Vida en los extremos” ya contaba con reconocimiento previo. Tras su éxito inicial, recibió el Martín Fierro de Oro en la categoría de streaming, un hecho inédito para una iniciativa científica. Ese premio consolidó un modelo de divulgación que combina investigación de frontera, acceso abierto a los datos y participación ciudadana.
Además de las transmisiones, el equipo realizó muestreos de plancton y sedimentos que luego quedaron disponibles en plataformas abiertas para docencia e investigación. De este modo, la expedición no solo produjo imágenes impactantes, sino también insumos concretos para estudios futuros y formación académica.

Mientras el buque avanzó rumbo a Puerto Madryn, la audiencia digital creció de forma sostenida. Los clips de la pequeña Hippasteria circularon por WhatsApp y TikTok, y las emisiones mantuvieron picos de conexiones simultáneas. Cada inmersión reforzó la idea de que el océano profundo todavía guarda secretos capaces de sorprender incluso a quienes dedican su vida a estudiarlo.
En conjunto, el VHS abandonado, los huesos de una ballena ancestral y la aparición de nuevas especies en vivo construyeron un relato poderoso sobre el vínculo entre humanidad y océano. La expedición demostró que el fondo del mar funciona como un archivo del tiempo, donde conviven rastros de vida milenaria y residuos de la era moderna.
Al mismo tiempo, mostró que la ciencia puede abrir esas profundidades al público sin perder profundidad conceptual, y transformar el asombro en conocimiento compartido.
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