
París fue el escenario donde se apagó la vida de George F. Smoot, el científico que logró lo que parecía imposible: captar las huellas más antiguas del cosmos y abrir una nueva era para la investigación del universo.
Su fallecimiento, confirmado por su hermana Sharon Bowie a The New York Times, representa el adiós a uno de los físicos que desmontó el velo sobre el origen de todo lo que conocemos. Con sus experimentos, la cosmología dejó de depender de conjeturas y se convirtió en una ciencia guiada por la observación precisa y pruebas concretas.
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Infancia, familia y primeros pasos en la ciencia
George Fitzgerald Smoot III nació el 20 de febrero de 1945 en Yukon, Florida, en una familia marcada por la ciencia y la educación. Su madre, Talicia Crawford, era docente y directora; su padre, George Smoot II, se desempeñó como hidrólogo para el Servicio Geológico de Estados Unidos. Los constantes cambios de residencia influyeron en su pasión por la invención y la observación del mundo natural.
Graduado en física y matemáticas en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en 1966 y doctorado en física de partículas en 1970, Smoot se sumó ese mismo año a la Universidad de California, Berkeley, donde bajo la guía de Luis Alvarez, comenzó a dirigir su mirada hacia el universo.
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Un detector en el cielo: las primeras mediciones decisivas
A finales de los años setenta, aún se desconocía cómo era posible comprobar, con datos tangibles, las teorías sobre el origen del universo. Smoot y Richard Muller asumieron ese reto en un laboratorio de Berkeley, donde concibieron un experimento singular: diseñaron un detector ultrasensible capaz de captar diferencias mínimas de temperatura en la radiación de fondo cósmico, la señal electromagnética remanente del Big Bang.
Fue necesario llevar la tecnología al límite. Tras meses de desarrollo, el detector fue montado a bordo de un avión espía U-2 de la NASA y elevado a grandes alturas para evitar las interferencias terrestres.
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Los resultados superaron toda expectativa: la Vía Láctea se desplazaba a más de 1,6 millones de kilómetros por hora, quizá empujada por una masa gigantesca aún invisible para la astronomía de la época. Aquella demostración de que era posible medir, con instrumentos humanos, fenómenos tan remotos fue un adelanto de lo que vendría después: las primeras pruebas sólidas de cómo se teje el universo.
El reto de COBE: buscar las huellas del Big Bang
El siguiente paso fue aún más ambicioso. En los años setenta, Smoot propuso lanzar un detector espacial para registrar la radiación de fondo sin el ruido que generan la atmósfera y la interferencia terrestre.
Así nació el proyecto COBE (Cosmic Background Explorer) de la NASA, que vio la luz en 1989. Smoot formó parte del núcleo científico y encabezó el desarrollo de uno de los instrumentos clave.
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Las primeras semanas tras el lanzamiento fueron definitorias. El equipo liderado por John C. Mather, del Centro Goddard, confirmó que la radiación recogida coincidía con la predicha para un universo nacido del Big Bang, con una temperatura de 2,7 kelvin (unos -272,45℃).
Smoot y su grupo lograron detectar fluctuaciones mínimas en la temperatura, de tan solo diez millonésimas de grado. “Es como escuchar un susurro entre el bullicio de una playa llena de personas, radios, olas, perros y buggies”, ilustró.

La presentación de los resultados en 1992, reflejada en la portada de The New York Times el 24 de abril, fue resumida por Smoot con una frase que se volvió inolvidable: “Si eres religioso, es como ver a Dios”.
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Las imágenes mostraron el mapa de las primeras irregularidades en la materia del universo, las semillas de las galaxias y cúmulos actuales. La repercusión fue inmediata: Stephen Hawking calificó el hallazgo como “el mayor descubrimiento del siglo, si no de todos los tiempos”.
Un nuevo paradigma y el Nobel
El trabajo de Smoot con COBE consolidó el modelo del Big Bang y afianzó hipótesis como la inflación cósmica y la materia oscura, marcando el inicio de la cosmología como ciencia de medición precisa.
Más tarde, Smoot colaboró en el observatorio Planck de la Agencia Espacial Europea, operativo desde 2009, que llevó esas mediciones a un nivel inédito.
En 2006 recibió el Premio Nobel de Física, junto a Mather, por sus aportes decisivos a la comprensión del cosmos. Un comunicado previo del laboratorio de Berkeley, que solo mencionó a Smoot, originó controversias sobre el reparto de los créditos y el papel de la NASA.
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En ese sentido, Smoot relató la historia en su libro Wrinkles in Time: Witness to the Birth of the Universe, mientras que otros protagonistas, como Mather, publicaron sus versiones.

La influencia de Smoot no se limitó a la investigación. En 1994 fue nombrado profesor en Berkeley y destinó parte de los USD 1,37 millones del Nobel —compartidos con Mather— al Berkeley Center for Cosmological Physics, que dirigió.
Además, promovió la creación de institutos de cosmología en Francia y Corea del Sur, se integró a la Academia Nacional de Ciencias y la Academia Nacional de Inventores, y desde 2009 formó parte de la Universidad París Cité y del Laboratorio de Astropartículas y Cosmología.
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El eco del origen
Al captar la tenue señal del universo primitivo, George F. Smoot demostró que la historia cósmica podía revelarse con la misma precisión que un experimento de laboratorio.
Gracias a ese hallazgo, la humanidad —por primera vez— pudo observar el rastro tangible del nacimiento del universo y comprender cómo de esa fluctuación ancestral surge todo lo que existe. Cada mapa y medición derivados de sus proyectos confirmaron que es posible hacer visible lo invisible. Eso cambió para siempre lo que sabemos sobre nuestro lugar en el cosmos.
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