
La extendida creencia de que es necesario dormir exactamente ocho horas por noche se ha perpetuado durante generaciones. De acuerdo con expertos consultados por Medical News Today, la cantidad ideal de sueño varía mucho entre personas y a lo largo de la vida; seguir reglas inflexibles contribuye a malas prácticas y a una comprensión equivocada del bienestar.
El mito de las ocho horas universales sigue vigente en la sociedad. Las recomendaciones generales sugieren que adultos sanos duerman entre siete y nueve horas por noche, pero las necesidades difieren según la edad y la situación personal. Por ejemplo, los recién nacidos suelen necesitar de 14 a 17 horas de sueño, los adolescentes entre ocho y diez, y los adultos mayores pueden sentirse bien con siete u ocho horas. Esta amplia variabilidad, recogida por Medical News Today, desmiente la existencia de una cifra mágica aplicable a toda la población.
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Otra idea equivocada sostiene que se puede entrenar el cuerpo para dormir menos horas. La evidencia científica muestra que esto no es viable para la mayoría. Cynthia LaJambe, especialista en sueño del Pennsylvania Transportation Institute, advirtió que quienes duermen seis horas o menos se habitúan a los efectos negativos de la falta de descanso, pero eso no implica que sus organismos lo necesiten. “Algunas personas creen que se adaptan a dormir menos, aunque en realidad su rendimiento disminuye. No lo notan porque el deterioro funcional es gradual”, señaló LaJambe. Solo un grupo reducido, gracias a una rara mutación genética, logra funcionar adecuadamente con menos de seis horas y media de descanso.

El papel de las siestas también divide opiniones. Aunque ciertos expertos recomiendan evitarlas para no interferir con el sueño nocturno, Medical News Today indica que una siesta breve, de aproximadamente 20 minutos, puede ser beneficiosa, sobre todo cuando se ha acumulado una deuda de sueño. Estudios revisados por el medio muestran que siestas cortas mejoran el ánimo, la atención y el rendimiento cognitivo. Además, realizarlas varias veces a la semana se vincula a una reducción del riesgo de problemas cardiovasculares y cognitivos. No obstante, la somnolencia diurna excesiva podría señalar un trastorno del sueño, como la apnea, y requiere consulta médica.
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Dormir más no siempre es sinónimo de mayor salud. Investigaciones a largo plazo muestran que tanto la falta como el exceso de sueño se relacionan con mayor riesgo de obesidad y mortalidad. Un estudio basado en el seguimiento de 276 adultos durante seis años detectó que quienes dormían menos o más que el promedio tenían un aumento del 27% y el 21%, respectivamente, en el riesgo de desarrollar obesidad. Además, una revisión de estudios poblacionales concluyó que la duración excesiva o insuficiente del sueño predice de forma significativa la mortalidad.

Entre los mitos más impactantes se encuentra la idea de que la falta total de sueño puede ser mortal. No existen registros de muertes directamente atribuidas al insomnio. El caso de Randy Gardner, quien en 1965 permaneció despierto durante 11 días y 24 minutos bajo vigilancia médica, es ilustrativo: padeció deterioro cognitivo, alucinaciones y cambios de humor, pero ninguna consecuencia fatal ni secuelas a largo plazo. Esta creencia probablemente surgió de experimentos con ratas en los años 80, en los que los animales morían tras semanas sin dormir, aunque nuevos métodos demostraron que esto no ocurre en todas las especies ni bajo todas las condiciones. En el insomnio familiar fatal, una rara enfermedad genética, la muerte se debe a neurodegeneración, no específicamente a la ausencia de sueño.
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Pese a que la privación de sueño raramente es letal, sus consecuencias para la salud y la seguridad resultan graves. Medical News Today advierte que la fatiga eleva el riesgo de accidentes de tráfico mortales y lesiones laborales. En 2017, la Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en Carreteras de Estados Unidos atribuyó 795 muertes a la conducción en estado somnoliento. Además, se estima que el 13% de las lesiones laborales están relacionadas con problemas de sueño. A largo plazo, la falta crónica de descanso aumenta la probabilidad de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, obesidad, diabetes tipo 2 y algunos tipos de cáncer.
Pese a los desafíos de la vida moderna, los expertos coinciden: dormir entre siete y nueve horas cada noche resulta una meta realista y necesaria para la salud. Priorizar el descanso en la rutina diaria puede representar un reto, pero constituye una de las inversiones más valiosas para el bienestar físico y mental, según concluye Medical News Today.
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