
Una persona empieza a tomar un medicamento para perder peso. A las pocas semanas, la balanza marca cinco kilos menos. Después, ocho. Después, diez. Todo parece funcionar: su ropa le queda distinta, las rodillas duelen menos y los chequeos médicos mejoran. Pero un día intenta subir rápido las escaleras y se siente débil. Al cargar una caja liviana, los brazos le tiemblan. El peso bajó, pero algo más desapareció con él.
Esa sensación, común entre quienes usan fármacos como semaglutida o liraglutida, revela una verdad que empieza a documentarse con mayor claridad: cuando se toman medicamentos para adelgazar, hacer ejercicio no es un agregado útil. Es más importante que nunca.
Estas drogas reducen el apetito y, al hacerlo, facilitan la pérdida de peso con una rapidez inédita. Según New Scientist, en un estudio de 2021 que observó a 95 personas con obesidad tratadas con semaglutida durante 68 semanas, se detectó una reducción de casi el 10 % en la masa corporal magra.
A su vez, Grace Kulik, investigadora de la Universidad de Colorado, contó en una entrevista con New Scientist, que “hasta un 40 % de la pérdida total de peso observada con semaglutida podría provenir de la pérdida de masa muscular”.

En paralelo, el efecto de estos medicamentos sobre la motivación para hacer ejercicio empieza a ser objeto de estudio. Investigaciones en animales conducidas por Ralph DiLeone, de la Universidad de Yale, revelan que los ratones que recibieron semaglutida recorrieron solo la mitad de distancia que el grupo control al correr en ruedas.
Y en pruebas con obstáculos que requerían esfuerzo para liberar la rueda trabada, los roedores tratados mostraron una motivación un 25 % menor que los no medicados.
DiLeone sugiere que estos efectos podrían estar vinculados con vías cerebrales relacionadas con el circuito de la recompensa, lo que explicaría por qué los fármacos que eliminan el deseo de comer también podrían atenuar otros impulsos, como el de ejercitarse.
Aunque reconoce que “los humanos son mucho más complejos que los ratones”, estas observaciones abren interrogantes sobre cómo la farmacología del apetito interactúa con el comportamiento motor.

La necesidad de mantenerse activo mientras se utilizan medicamentos para adelgazar no solo responde a la preservación de músculo. También es clave para evitar el efecto rebote cuando el tratamiento finaliza.
Un ensayo clínico publicado en 2024 por Signe Sørensen Torekov, de la Universidad de Copenhague, comparó a dos grupos de personas con obesidad que recibieron liraglutida: uno con acompañamiento de ejercicio supervisado y otro sin actividad física.
Un año después de interrumpir la medicación, quienes habían entrenado recuperaron solo 2,5 kilogramos, frente a los 6 del grupo sedentario. Torekov señala que “cuando perdés masa muscular, tu gasto energético baja automáticamente”, y esa disminución de las necesidades calóricas diarias puede hacer que mantener el peso perdido sea más difícil que perderlo en primer lugar.

Pero el valor del ejercicio va mucho más allá del control de peso. Según la Harvard Gazette, hay pocos sistemas del cuerpo que no se beneficien directamente de la actividad física.
Es cierto que moverse no equivale necesariamente a adelgazar. Tal como advirtió a New Scientist, I-Min Lee, profesora de epidemiología en Harvard, “el ejercicio por sí solo no suele generar un déficit calórico suficiente para perder peso”. Caminar una hora puede quemar entre 200 y 700 calorías, que se pueden consumir fácilmente en minutos.
Pero según contó a la página de Harvard Gazzete, Edward Phillips, del Instituto de Medicina del Estilo de Vida del Hospital Spaulding, la clave es adoptar pequeñas prácticas sostenidas, como una caminata de cinco minutos después del almuerzo, que puede convertirse en diez. Es el hábito, no la heroicidad, lo que transforma la fisiología.
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