
El cerebro produce residuos mientras funciona, igual que el resto del cuerpo. La diferencia es que cuenta con un mecanismo propio para eliminarlos, sobre todo durante las etapas profundas del sueño.
Según informó New Scientist, los científicos estudian si ese mecanismo, llamado sistema glinfático, puede ayudar a reducir el riesgo de Alzheimer y otras enfermedades neurodegenerativas. Por ahora, faltan ensayos clínicos que confirmen ese beneficio en personas.
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El sistema recibe ese nombre por su relación con las células gliales, que cumplen distintas funciones de apoyo en el cerebro, y con el sistema linfático, encargado de transportar y filtrar líquidos en el resto del cuerpo. Como el tejido cerebral no tiene vasos linfáticos propios, durante años fue difícil explicar cómo elimina los residuos que genera por su actividad constante.
Los vasos sanguíneos participan en la eliminación de residuos
La primera descripción de este mecanismo se publicó en 2012, cuando el neurocientífico Jeffrey Iliff, de la Universidad de Washington en Seattle, y su equipo inyectaron sustancias fluorescentes en cerebros de ratones vivos. El recorrido de esos marcadores permitió observar que ingresaban en el tejido cerebral por la parte exterior de pequeñas arterias y salían por las capas que rodean las venas.
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Ese desplazamiento ocurre en los espacios situados entre los vasos sanguíneos y las prolongaciones de los astrocitos, células que brindan sostén y protección a las neuronas. Como esta red cumple una función similar a la del sistema linfático, aunque utiliza estructuras propias del cerebro, los investigadores la llamaron sistema glinfático.
Tres años después, otros equipos identificaron vasos linfáticos en las meninges, las membranas que recubren el cerebro y la médula espinal. Con ese hallazgo se pudo entender mejor el circuito: el sistema glinfático transportaría sustancias desde el tejido cerebral hasta las meninges, donde el drenaje seguiría a través de esos vasos.
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El descanso profundo favorece el movimiento de líquidos cerebrales
Los primeros experimentos mostraron que dormir influye de manera marcada en este proceso. En 2013, la neurocientífica Maiken Nedergaard, de la Universidad de Rochester, siguió el recorrido de una sustancia en ratones y comprobó que el flujo de líquido se reducía cerca de un 95 % cuando los animales despertaban.
El mismo estudio indicó que la beta-amiloide, una proteína relacionada con el Alzheimer, se eliminaba aproximadamente al doble de velocidad mientras los ratones dormían. Ese resultado ubicó al descanso entre los factores centrales para estudiar la limpieza del cerebro.

Trabajos posteriores propusieron una explicación. La especialista en sueño Natalie Hauglund, de la Universidad de Oxford, y sus colegas observaron variaciones de noradrenalina (una sustancia que ayuda a regular la atención, el estado de alerta y otras funciones del sistema nervioso) durante el sueño profundo.
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Cada 50 segundos, esos cambios hacen que las arterias cerebrales se dilaten y se contraigan, un movimiento que ayuda a impulsar el líquido que circula a su alrededor.
Según explicó Roslyn Bill, investigadora de la Universidad de Aston, el envejecimiento podría afectar ese mecanismo porque las arterias se vuelven menos flexibles. Por esa razón, el deterioro del movimiento de líquidos podría coincidir con una mayor vulnerabilidad frente a enfermedades neurodegenerativas.
Los estudios vinculan el sistema con el Alzheimer, pero no establecen una causa
El Alzheimer se caracteriza por la acumulación de placas de beta-amiloide entre las neuronas y por ovillos de proteína tau dentro de ellas. En ratones, algunos investigadores detectaron un menor transporte de líquidos antes de que aparecieran las placas. El dato plantea que una falla en la eliminación de residuos podría contribuir a la enfermedad, pero no alcanza para demostrarlo.
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Según las investigaciones citadas por New Scientist, las alteraciones de este sistema también se asociaron con Parkinson, migraña, psicosis temprana, depresión y deterioro cognitivo después de un accidente cerebrovascular.
Sin embargo, la relación no prueba que el mal funcionamiento del sistema glinfático origine esos trastornos. Las propias enfermedades podrían afectar la capacidad del cerebro para eliminar sustancias.

“El campo está lleno de promesas y recién estamos empezando los estudios que dirán si puede cumplirlas”, afirmó Iliff a New Scientist. El investigador señaló que todavía es necesario distinguir entre los cambios que acompañan a una enfermedad y los que pueden intervenir en su aparición.
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Medir este sistema en seres humanos supone otra dificultad. Muchas investigaciones utilizan resonancias magnéticas que siguen el movimiento del agua cerebral, pero hay debate sobre si ese método refleja con precisión la actividad glinfática.
Un trabajo de Geir Ringstad y Per Kristian Eide, de la Universidad de Oslo, junto con sus colegas, comparó esa técnica con métodos que emplean trazadores. Según informó New Scientist, los investigadores hallaron poca coincidencia entre ambos resultados, lo que pone en duda que la primera técnica refleje con precisión la actividad del sistema glinfático.
La luz, el ultrasonido y algunos medicamentos siguen en etapa experimental
Distintos equipos buscan formas de favorecer la eliminación de proteínas o el movimiento de los vasos sanguíneos. Una de las alternativas es la luz infrarroja cercana aplicada sobre el cráneo, que puede atravesar el tejido y el hueso.
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Un estudio con 57 personas con diagnóstico o síntomas de demencia evaluó el uso de un casco de luz infrarroja durante seis minutos, dos veces por día, durante ocho semanas. Algunos participantes mejoraron levemente en pruebas de memoria y otras capacidades mentales, aunque los resultados fueron dispares. Además, el diseño del estudio no permite atribuir esas mejoras al tratamiento.

También se estudia el ultrasonido focalizado junto con microburbujas inyectadas en la sangre. En ratones, el procedimiento aceleró la eliminación de beta-amiloide. Por ahora, esos resultados no justifican recomendarlo para prevenir o tratar enfermedades neurodegenerativas.
Otra línea de trabajo, dirigida por Sephira Ryman, de la Universidad de Nuevo México, analiza variaciones controladas de dióxido de carbono para dilatar y contraer los vasos cerebrales y favorecer la circulación de los líquidos.
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Los ensayos registraron una mayor eliminación de alfa-sinucleína, una proteína vinculada con el Parkinson, además de resultados iniciales sobre la beta-amiloide. Sin embargo, Ryman advirtió que inhalar dióxido de carbono fuera de un entorno clínico puede ser peligroso, por lo que el procedimiento requiere supervisión profesional.
Además, todavía no se sabe si una mejora temporal en la eliminación de proteínas puede preservar la memoria y otras funciones mentales con el paso de los años.
El ejercicio y el descanso tienen más respaldo que los consejos virales
Más allá de las intervenciones que todavía se encuentran en etapa experimental, el ejercicio y el buen descanso son las prácticas cotidianas que reúnen mayor respaldo científico.
Un estudio de 2025, realizado con 37 adultos que completaron 12 semanas de ciclismo con intensidad creciente, vinculó la actividad física con cambios compatibles con una mayor circulación de líquidos cerebrales. El resultado puede ayudar a explicar algunos beneficios del ejercicio para el cerebro, aunque no demuestra que prevenga la demencia ni que aumente la eliminación de residuos.

No hay estudios en personas que respalden las recomendaciones sobre dormir de costado o realizar ejercicios de respiración para mejorar este mecanismo. Algunas técnicas pueden modificar la circulación del líquido que rodea al cerebro, pero no hay pruebas de que ayuden a eliminar desechos. Mantener buenos hábitos de sueño tiene mayor respaldo, ya que los trastornos del descanso se asocian con una menor eficiencia del sistema.
Los relojes inteligentes podrían aportar señales indirectas
Medir el sistema glinfático sin procedimientos invasivos sigue siendo uno de los principales desafíos. Jeffrey Iliff trabaja con un dispositivo portátil que aplica una corriente eléctrica suave para analizar el movimiento de líquidos en distintas zonas del cerebro, aunque la tecnología todavía no fue autorizada en Estados Unidos.

Además, una investigación en la que participó Maiken Nedergaard halló que pequeñas variaciones de la frecuencia cardíaca coinciden con los cambios de noradrenalina durante el sueño. Esto abre la posibilidad de que los relojes inteligentes aporten señales indirectas sobre este proceso, pero aún se necesitan estudios que lo confirmen.
El próximo paso será definir qué métodos permiten medir con fiabilidad la actividad del sistema glinfático y qué intervenciones producen efectos sostenidos. Recién entonces se podrá saber si mejorar la eliminación de residuos ayuda a preservar la memoria y otras funciones mentales o a reducir el riesgo de Alzheimer.
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