Mediante una sentida carta, Messi anunció esta semana en redes sociales que dejaba la Selección Argentina. El campeón mundial en Qatar 2022, subcampeón en 2014 y 2026 y ganador de tantos títulos, cerró así un ciclo que durante 20 años reunió a distintas generaciones alrededor de partidos, celebraciones e identificación colectiva.
“Queda poco y se van cerrando etapas y esta es una que me duele mucho. Amo, amé y amaré siempre estar en la Selección. Me vacié, ya no tengo más para dar y aparte vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar”, expresó el ídolo popular.
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¿Por qué una noticia así moviliza tanto, incluso a quienes no siguen el fútbol de cerca?
El doctor Ricardo A. Rubinstein, médico psicoanalista y miembro titular en función didáctica APA-Full member Internacional, explicó a Infobae que Messi representa para los argentinos mucho más que el jugador y la persona de carne y hueso.
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“Ha sido un embajador, un representante destacado de los argentinos y consagra muchos valores que apreciamos y que nos hacen vernos en él como en un espejo, en el que se identifican la calidad, la nobleza de lo argentino, el hecho de poder reponerse de situaciones de frustración, de pelear, de ser un poco también David frente al Goliat de otras potencias futbolísticas y llegar a la cúspide del triunfo”, comparó el médico.

Rubinstein señaló además que el rosarino ha tenido una permanencia y una continuidad: “Representó momentos de nuestras vidas con los que podemos reencontrarnos. Este espejo de identidad hace que, de manera colectiva y social, sintamos el anuncio de Messi como una situación de pérdida que lleva a un estado de duelo y de tristeza. Es un lugar que hoy por hoy va a quedar vacío. Ya no vamos a poder identificarnos proyectados hacia el futuro, sino que nos va a quedar todo lo que Messi nos dio, todo ese legado a lo largo de la trayectoria”.
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En el mismo sentido, el licenciado Rodrigo Pereda (MN 82.330), miembro del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO, afirmó a Infobae que el retiro del 10 puede vivirse como una pérdida simbólica: “Para muchas personas, la despedida no remitió solo al fútbol, sino al cierre de una experiencia colectiva asociada a recuerdos, vínculos y formas compartidas de identidad”.
Pereda aclaró que no se trata de un duelo equivalente a la muerte de un ser querido, pero sí del final de un rol con el que millones de argentinos se vincularon durante años. “Lo que se pierde es la posibilidad de seguir esperando nuevas experiencias con él vistiendo la camiseta de la Selección”, explicó.
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Según el especialista, la intensidad emocional no depende solo del hecho en sí, sino del lugar que esa figura ocupó en la historia personal y colectiva. En ese sentido, la salida de Messi también confronta a muchas personas con el paso del tiempo: para quienes lo vieron debutar, despedirlo implica reconocer que transcurrieron más de dos décadas de sus propias vidas; para los más jóvenes, será la primera vez que conozcan una selección argentina sin él.
“La Selección tiene un valor cultural que excede ampliamente lo deportivo. Sus partidos funcionan como rituales colectivos: reúnen a familias y amigos, generan conversaciones entre desconocidos y permiten que personas muy diferentes compartan por un momento una misma identidad. Cuando juega la Selección, muchas personas hablan de que ‘ganamos’, ‘perdimos’ o ‘salimos campeones’, porque sienten que aquello que ocurre dentro de la cancha también las representa. Messi ocupó durante años el centro de esa experiencia compartida”, reflexionó el psicólogo.
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Frente a este cierre pueden coexistir varios sentimientos: tristeza, nostalgia, gratitud y orgullo, aseguran los expertos. “No es necesario minimizar estas emociones afirmando que ‘es solo fútbol’ ni apresurarse a encontrar a alguien que ocupe inmediatamente su lugar. Los homenajes, las despedidas y los recuerdos compartidos permiten reconocer el final e integrar lo vivido. Elaborar esta pérdida no consiste en reemplazar a Messi, sino en transformar su presencia en memoria y legado”, afirmó Pereda.
También recordó que el vínculo entre Messi y los argentinos estuvo atravesado por expectativas altas, derrotas dolorosas, críticas, distanciamientos y reencuentros. “Este recorrido hizo que muchas personas no solo admiraran al jugador, sino que también se identificaran emocionalmente con su perseverancia y vivieran sus logros con la selección como una forma de reparación después de tantos intentos”, comentó.
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Esa dimensión emocional ayuda a explicar por qué el retiro no se lee solamente como la salida de un futbolista, sino como el final de una narrativa compartida.
El ídolo y lo que el fútbol produce
¿Por qué el deporte, y en especial el fútbol, produce estas pasiones en algunas personas? El doctor Rubinstein dijo que esto se relaciona con aspectos psicológicos y sociales. “El deporte permite evadirnos de la realidad cotidiana y meternos en otra, la del juego. A través de un mecanismo de identificación, sentimos que participamos de lo que está pasando allí. Durante el tiempo que dura un evento deportivo, dejamos de lado las miserias de la vida cotidiana, las preocupaciones, las frustraciones y demás”, describió el doctor.
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Otro elemento tiene que ver con el lugar que tiene el fútbol dentro de la sociedad argentina. “Este es un país con una gran tradición futbolera y los jugadores son un espejo valorado de nuestra sociedad, un producto de exportación, por decirlo así, de gran calidad. Nos sentimos orgullosos de estos representantes y nuestra estima social y valoración se juegan mucho en esto”.
“Messi es quizás uno de los mejores jugadores de todos los tiempos y es argentino. Es un poquito cada uno de nosotros. Al irse Messi y todo lo que lo rodea en cuanto a calidad y prestigio, ese espacio de la Selección que nos pone a todos en un lugar de orgullo vive una pérdida a nivel social”, reflexionó Rubinstein.
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Qué implica cerrar una etapa
Más allá de Messi, darse cuenta de que un ciclo terminó y cerrar la puerta son procesos difíciles de transitar por distintas causas, afirman los expertos.
Para Rubinstein, ponerle fin a una etapa implica poder aceptar un final, el dolor por aquello que fue, por aquello que fuimos y que sentimos y que vivimos durante toda esta etapa. “Luego tenemos que poder elaborar esa situación de pérdida, tolerar el dolor y apostar por lo que va a venir”, explicó el psicoanalista.
Y resaltó que es importante cerrar un ciclo para no quedar fijados melancólicamente a un pasado que nunca se va a poder repetir. “Hacer ese proceso y elaborar el duelo da lugar a una búsqueda en el futuro de algo que sin duda va a ser distinto y que también nos va a hacer sentir distintos a nosotros. Este es el proceso del que se trata, no solo en este caso con la figura de Messi, sino en cada momento de la vida”, afirmó.

Por su parte, Pereda definió una etapa como un período de la vida organizado alrededor de determinados vínculos, roles, proyectos, rutinas y expectativas. Cerrarla significa reconocer que esa forma de organizar la experiencia “ya no puede o no necesita continuar de la misma manera. No implica negar lo vivido ni eliminar su importancia, sino aceptar que aquello que formaba parte del presente comienza a ocupar otro lugar dentro de la historia personal”.
También diferenció entre finales elegidos y finales impuestos por las circunstancias. “Algunos son elegidos, como retirarse de una actividad, cambiar de trabajo o terminar una relación, mientras que otros ocurren sin que la persona los haya decidido. En estos últimos casos, el hecho puede haber terminado objetivamente mucho antes de que logre ser asimilado de modo emocional. Por eso existe una diferencia entre que una etapa haya finalizado en la realidad y que la persona pueda reconocer internamente ese final”, expresó Pereda.
Cómo reconocer cuando un ciclo está cumplido

Al ser consultado sobre cómo reconocer el momento de un cierre, Pereda afirmó que no existe una señal única que lo indique con absoluta certeza. “Generalmente se observa una combinación de factores: la etapa cumplió su función, los objetivos que la sostenían perdieron sentido y mantenerla produce un desgaste desproporcionado o ya no coincide con las necesidades, los valores y las posibilidades actuales”.
Agregó que también podría advertirse cuando la permanencia responde sobre todo al miedo, la culpa o la costumbre. A la vez, recomendó no confundir un final de ciclo con una dificultad transitoria y que antes de decidir resulta necesario observar si el malestar se sostiene en el tiempo y si se han intentado cambios sin obtener resultados significativos.
Finalmente, dijo que reconocer que una etapa debe terminar no significa sentirse completamente preparado para hacerlo. “Las decisiones importantes suelen estar acompañadas por emociones contradictorias. Una persona puede saber que es momento de finalizar algo y, al mismo tiempo, sentir tristeza, miedo, dudas o deseos de prolongarlo. El dolor no necesariamente indica que la decisión sea equivocada; muchas veces demuestra que aquello que se está dejando tuvo un valor significativo”, resaltó.
Por qué es importante cerrar etapas

Para Rubinstein, en la medida en que podemos soportar el dolor, hacer el duelo y elaborar la pérdida, no tenemos que negarla ni decir que ha sido única y absolutamente irremplazable: “Queda en nuestro recuerdo el legado, el afecto histórico de aquello que vivimos y pasamos, y nos permite apostar hacia el futuro”.
Por su parte, Pereda explicó que cerrar una etapa permite adaptar la vida psicológica a una realidad que cambió: “Cuando algo terminó en los hechos, pero la persona continúa relacionándose con ello como si todavía pudiera regresar o mantenerse de la misma manera, puede quedar atrapada en un estado de espera. Esto favorece la rumiación, dificulta la toma de decisiones y mantiene una parte importante de la atención dirigida hacia el pasado”.
El cierre también permite reorganizar la identidad, destacó Pereda: “Las personas se definen parcialmente a través de sus vínculos, actividades, proyectos y roles. Cuando alguno de ellos desaparece, no solo se pierde una relación o una rutina, sino también una determinada manera de reconocerse a uno mismo”.

En ese aspecto, agregó que elaborar ese final ayuda a conservar los aprendizajes y aspectos valiosos de la experiencia, al mismo tiempo que permite construir nuevos proyectos y formas de relacionarse con el presente.
Cerrar, añadió, no significa olvidar ni dejar de sentir ni quitarle importancia a lo vivido: “Tampoco requiere comprender cada detalle o recibir todas las explicaciones que se hubieran deseado. Algunas experiencias terminan sin ofrecer respuestas suficientes y esperar una resolución perfecta puede prolongar indefinidamente el malestar. En estos casos, el cierre consiste en aceptar aquello que no puede modificarse y decidir cómo continuar a partir de esa realidad”.
Según Pereda, los cierres no suelen producirse de una sola vez ni son necesariamente definitivos: “Una fecha, una canción, un lugar o un recuerdo pueden reactivar emociones relacionadas con una etapa anterior. Esto no significa que el proceso haya fracasado. Lo importante es que aquello que terminó pueda conservar un lugar en la historia de la persona sin continuar organizando permanentemente su presente. De esta manera, cerrar una etapa no implica eliminar el pasado, sino integrarlo para recuperar la posibilidad de proyectarse hacia el futuro”.
Cómo atravesar los finales de etapa y avanzar

El licenciado afirmó que no existe una única manera de atravesar un final, ya que su impacto depende de la importancia de lo perdido, de las circunstancias en las que ocurrió y de los recursos con los que cuenta cada persona. Sin embargo, para el psicólogo, uno de los primeros pasos consiste en reconocer con claridad qué terminó. “Una etapa suele incluir pérdidas secundarias que no siempre resultan evidentes: pueden modificarse las rutinas, los vínculos, los proyectos, la manera en que la persona se percibe a sí misma y el futuro que había imaginado”.
En ese proceso, los rituales de despedida podrían cumplir una función relevante. Conversar sobre lo sucedido, escribir, hacer un homenaje, conservar un recuerdo o compartir experiencias con otras personas, explicó, ayuda a darle una forma concreta al final. “Estas acciones no eliminan el dolor, pero permiten reconocer la transición y construir una narración en la que lo vivido pueda ser integrado”.

Pereda sostuvo que la elaboración de una pérdida no es lineal. “Es habitual que la persona alterne entre momentos orientados hacia aquello que terminó, en los que recuerda, extraña o se entristece, y otros dirigidos hacia la reconstrucción, en los que recupera sus rutinas y comienza a interesarse por nuevos proyectos. Volver a experimentar tristeza después de un período de mayor bienestar no implica necesariamente un retroceso”, señaló. Avanzar, precisó, supone invertir energía de manera gradual en nuevos vínculos, actividades y objetivos, sin la obligación de reemplazar de inmediato aquello que se perdió.
El psicólogo concluyó que cuando el malestar se mantiene con una intensidad elevada y produce un deterioro significativo del sueño, el trabajo, los vínculos o el cuidado personal, puede ser recomendable buscar acompañamiento profesional.
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