
Un golpe no enseña: duele y da miedo. Lo que durante generaciones se justificó como disciplina, y que en los consultorios aparecía como dolor, miedo o una profunda sensación de vacío, la ciencia demuestra sin dudas que es violencia.
Por primera vez en sus 78 años de historia, la Organización Mundial de la Salud presentó el informe Castigo corporal infantil: su impacto en la salud pública, donde declara al castigo corporal infantil como un problema de salud pública global.
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El informe presentado este mes es contundente: más de 1.200 millones de niñas y niños en el mundo reciben golpes cada año. Y no hay ningún beneficio en esa práctica. Solo daños que se expresan en el cuerpo, en la mente y en la vida social.
Los niños y niñas que padecen castigos físicos presentan con mayor frecuencia lesiones, bajo rendimiento escolar, abandono educativo, consumo problemático, conductas agresivas y trastornos emocionales como ansiedad, depresión e ideaciones suicidas.
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Mientras la OMS ubicaba este tema en la agenda global, en Argentina un equipo de la UBA y el CONICET, liderado por el doctor Eduardo Cánepa, avanza en un hallazgo que puede cambiar la manera en que se entiende y se detecta el maltrato infantil. Están desarrollando un método para identificar en la saliva huellas epigenéticas del trauma.
El procedimiento es sencillo y no invasivo: el ADN de un niño puede registrar químicamente lo vivido. Con una precisión estimada del 85 al 90%, ya se recolectaron muestras en el Hospital de Niños Pedro de Elizalde.
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El objetivo es contar con una herramienta que aporte evidencia en la justicia, acompañe tratamientos psicológicos y muestre que el trauma no solo queda en la memoria: también se graba en la biología.
En otras palabras: el cuerpo habla incluso cuando los adultos callan. En la clínica escuchamos a adultos que minimizan o reniegan los malos tratos sufridos en la infancia. El cuerpo y la mente, sin embargo, lo registran en síntomas y huellas persistentes.
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Durante generaciones se repitió una frase como excusa: “a mí me pegaron y crecí bien”.
Ese discurso adultocéntrico legitimó la violencia como pedagogía. La evidencia lo desarma: el golpe deja huellas. Siempre.
Hace tres décadas, en el hospital, junto a colegas intentábamos trabajar con niñas y niños en terapias grupales y, al mismo tiempo, con sus padres en espacios de reflexión. Lo más frecuente era escuchar cómo relataban que los disciplinaban con golpes, gritos o sacudones, según la historia de cada familia. Nuestra insistencia en que esa no era la manera chocaba contra una infancia forjada en malos tratos naturalizados.
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Décadas después, esa modalidad persiste dentro de los hogares y en las instituciones, lo que muestra lo difícil que resulta romper con la naturalización de la violencia en la crianza.

En las últimas semanas se conocieron distintos hechos que exponen la persistencia de estas prácticas: en Brasil, una maestra golpeó con una pila de libros a un niño de 4 años y le provocó la pérdida de un diente.
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En Córdoba, una niñera fue filmada mientras maltrataba a un bebé de siete meses, hundiéndolo contra el colchón y tapándole la cara con una manta.
Y en Las Grutas, Río Negro, un bebé ingresó al hospital con fracturas y hematomas; su madre y su pareja quedaron detenidos. Allí el sistema falló en la prevención: no hubo alertas tempranas ni mecanismos de protección que evitaran llegar al extremo del hospital.
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Tres escenarios distintos, una misma realidad: la violencia contra la infancia está naturalizada y atraviesa aulas, hogares y familias. También en instituciones convivenciales o en institutos de infractores de la ley penal, donde se han denunciado episodios de malos tratos.

Cuando la violencia ocurre en los lugares que deben ser espacios de protección, la traición y el daño, junto con la desconfianza hacia el mundo adulto, se multiplican: no es solo el adulto individual, es el sistema entero el que falla, porque no protege.
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El trauma no desaparece. Se inscribe en la subjetividad y, como hoy sabemos, también en el ADN.
Lo que antes quedaba en el terreno del testimonio ahora tiene confirmación molecular.
El mito del golpe benévolo o el “por tu propio bien”, como analizó Alice Miller a lo largo de toda su obra, muestra cómo la violencia disfrazada de educación marca la vida psíquica de los niños y las niñas. Hoy, la evidencia lo derrumba sin atenuantes.

El desafío que tenemos como sociedad es inmenso: erradicar la naturalización de los golpes en la infancia, empezando por reconocerlo en nuestras propias historias infantiles y evitar la repetición del círculo de las violencias.
No basta con leyes que los prohíban, aunque son imprescindibles. Hace falta una política de salvaguarda nacional, clara y obligatoria, que asegure entornos seguros, alertas tempranas y puntos focales, en escuelas, hospitales, clubes, hogares y todo espacio donde niñas, niños y adolescentes vivan, aprendan o se diviertan.
El castigo corporal no es disciplina ni educación: es violencia. Sus consecuencias atraviesan generaciones, transmitiendo miedo y dolor en forma de cicatrices anímicas.
Una política de salvaguarda nacional, robusta, federal y transversal debe abarcar todos los sistemas: educativo, sanitario, social y judicial.

Tiene que basarse en estándares internacionales y traducirse en acciones concretas: protocolos claros y eficaces para prevenir, detectar y actuar; capacitación permanente de quienes trabajan con infancia; y orientación y apoyo accesible para las familias.
La protección comienza en cada hogar y se expande a todo el sistema, y debe estar atravesada de manera explícita por la salud mental, la interseccionalidad y la perspectiva de género, para no reproducir desigualdades ni silencios.
Argentina debe asumir esta tarea sin demora. Una política nacional de salvaguarda no es una opción: es una urgencia ética, sanitaria y social. Un país que golpea, revictimiza o no es capaz de proteger a sus niños y niñas se condena a sí mismo; uno que los protege y acompaña, asegura un presente digno y un futuro posible.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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