
En cada rincón del país, los árboles dibujan paisajes, sostienen ecosistemas y transmiten identidad cultural. No son solo parte del entorno: son piezas fundamentales para regular el clima, cuidar los suelos, garantizar agua y ofrecer sustento a comunidades rurales y urbanas.
Su presencia moldea la vida diaria de pueblos y ciudades, desde la organización de comunidades que dependen de ellos hasta la memoria colectiva que los reconoce como símbolos.
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Y aunque parezcan eternos, su continuidad está lejos de estar asegurada: plagas y enfermedades pueden poner en riesgo su permanencia si no se toman medidas a tiempo. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando plagas o enfermedades amenazan su permanencia?

Diversidad con raíces profundas
La Argentina alberga una amplia variedad de especies que, más allá de su belleza, cumplen funciones vitales. En el norte, lapachos, quebrachos y algarrobos sostienen los bosques subtropicales y chaqueños.
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En la región pampeana, el espinillo aparece como especie resiliente, utilizada para restaurar ambientes degradados. En la Patagonia, las lengas y otros Nothofagus forman la base de los bosques templados, mientras que el pehuén o araucaria araucana se mantiene como símbolo ancestral de los pueblos originarios.
Entre ellas, el ceibo ocupa un lugar especial: elegido como flor nacional, combina valor cultural con servicios ambientales, al brindar refugio y protección de riberas en el litoral.
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Cada una de estas especies refleja un patrimonio natural que no está exento de riesgos y que requiere cuidados específicos para asegurar su continuidad.
El rol de la sanidad vegetal
Frente a estas amenazas, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) trabaja con una mirada estratégica: controlar viveros, regular el movimiento de plantas a través del Documento de Tránsito Vegetal electrónico (DTV-e) y garantizar que la producción de árboles nativos se realice bajo estrictos estándares fitosanitarios.
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El Programa Nacional de Sanidad de Material de Propagación, Micropropagación y/o Multiplicación Vegetal es la herramienta central de ese esfuerzo. “Cumple un rol central en la prevención y control de plagas que pueden afectar la producción y el ambiente, asegurando que los viveros trabajen bajo condiciones fitosanitarias adecuadas. Esto adquiere especial relevancia cuando se trata de especies autóctonas”, explicó Hernán von Baczko, coordinador del Programa.
El control sanitario, además, permite asegurar la trazabilidad y la calidad de ejemplares destinados a forestación urbana, restauración ambiental o corredores biológicos.
“La propagación de especies nativas en viveros bajo estándares fitosanitarios contribuye no solo a su conservación, sino también a garantizar ejemplares sanos que puedan ser utilizados en forestación urbana, restauración de ambientes naturales y espacios comunitarios”, destacó Julián Jezierski, referente de Vigilancia Fitosanitaria del Senasa.
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Más que árboles, un futuro compartido
La producción de ejemplares sanos impacta en múltiples planos: refuerza la biodiversidad, contribuye a mitigar el cambio climático, impulsa el arbolado urbano y fortalece el vínculo cultural de cada comunidad con su entorno.
Conservar y propagar especies nativas no es solo una cuestión ambiental: es también una manera de asegurar calidad de vida, arraigo y resiliencia frente a los desafíos del futuro.
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Desde Senasa, el trabajo conjunto con viveristas, instituciones y comunidades busca garantizar que las próximas generaciones sigan reconociéndose en la belleza, los servicios ambientales y el valor simbólico de los árboles que nos acompañan desde siempre.
Fuente: Senasa
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