
El camino hacia la nueva CGT se está complicando casa vez más en la medida en que se acerca el congreso del 5 de noviembre, donde se elegirán sus autoridades hasta 2029. Ya se conformaron dos grandes bloques sindicales que pugnan por influir en la elección del futuro triunvirato. Es algo tradicional en la dinámica del gremialismo, pero esta vez hay claros signos de ruptura que amenazan con dinamitar el objetivo de la unidad.
La pelea llegó hasta tal punto que el miércoles pasado, en un encuentro de 7 líderes cegetistas, realizado en UPCN, dos dirigentes que hasta ahora eran aliados en el mismo sector como Héctor Daer (Sanidad) y Gerardo Martínez (UOCRA) tuvieron una discusión a los gritos.
El detonante del fuerte enfrentamiento, que ya rompió la vieja alianza mayoritaria que predomina en la CGT desde hace décadas, fue la intensa campaña que inició un grupo de dirigentes, liderado por Martínez y Andrés Rodríguez (UPCN), para llevar a Cristian Jerónimo (empleados del vidrio) al futuro triunvirato cegetista, como emergente de la renovación generacional en la central obrera.

Pero le está presentando batalla otro grupo, que terminó de delinearse este jueves durante una reunión en Sanidad, donde figuran los reciclados “Gordos” Daer y Armando Cavalieri (Comercio), más Rodolfo Daer (Alimentación), Luis Barrionuevo (gastronómicos) y Roberto Fernández (UTA), unidos por el rechazo al ascenso de Jerónimo, a quien le cargan el hecho de pertenecer a un “sindicato chico” (tiene 16 mil afiliados), un pasado al lado de Pablo Moyano y otros temas incomprobables y ajenos al ámbito político-sindical.
En el fondo, sospechan que Jerónimo es una pieza clave que desplegará Gerardo Martínez en el tablero sindical para que la nueva CGT tenga una impronta dialoguista. Tampoco hay ninguna certeza al respecto: al dirigente del vidrio lo acompañan dirigentes de sesgo más duro como Juan Pablo Brey (aeronavegantes).
Ya se entabló una suerte de duelo personal entre Daer y Martínez, que en el último semestre se distanciaron y mostraron posturas antagónicas. El jefe de Sanidad se endureció ante Javier Milei luego de haber militado en el ala más negociadora y el líder de la UOCRA se tornó más proclive a dialogar con el Gobierno y el empresariado.
Más que Jerónimo en sí mismo, el problema de Daer y sus aliados con el jefe de los empleados del vidrio es que creen, sin prueba alguna, que se trata de un protegido de Martínez que pondrá la CGT al servicio del mileísmo (negado de manera tajante por sus adversarios).

Desde el otro sector, deslizan que Daer no se resigna a perder protagonismo y que busca complicar la elección de la nueva CGT para ofrecerse al final como prenda de unidad y continuar como el único titular cegetista (algo que desmienten cerca del dirigente de Sanidad).
Aun así, parece lógico que ninguno de los sindicalistas con mayor peso en la CGT quiera perder incidencia en las decisiones de la central obrera que nacerá el 5 de noviembre. En ambas fracciones internas se acumulan demasiados años de manejar la política cegetista casi a su antojo. Y lo que viene después de las elecciones requerirá de ciertas garantías de una estrategia de la CGT subordinada a determinados objetivos políticos.
Héctor Daer, por ejemplo, es uno de los dirigentes más comprometidos con el proyecto político de Axel Kicillof y seguramente procurará que la CGT evite la tentación de negociar con la Casa Rosada para sintonizar con el objetivo del peronismo de volver al poder en 2027.

A su vez, Gerardo Martínez es uno de los líderes sindicales menos cercanos al sueño presidencial del gobernador bonaerense y, además, defiende a ultranza el diálogo tripartito para consensuar soluciones (no es casual que represente a la CGT en el Consejo de Mayo).
Así como Martínez, Rodríguez y José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), miembros del sector independiente, promueven a Jerónimo para el triunvirato, los hermanos Daer y Cavalieri impulsan para ese mismo cuerpo a Jorge Sola (seguro), actual secretario de la CGT que acaba de lucirse con el moderno acto por el 17 de octubre.
Los primeros lograron en las últimas semanas estructurar una nueva corriente que apoya a Jerónimo y se nutre de muchos sindicatos medianos y chicos, aunque ahora aseguran tener el aval de José Voytenco, líder de UATRE, una de las organizaciones más numerosas. Los segundos le restan importancia a esos respaldos (“algunos de esos gremios no tienen delegados al congreso de la CGT o no podrían participar porque no pagan las cuotas”) y afirman que cuentan con 800 de los 1300 congresales, por lo que pueden imponer sus decisiones (“somos los accionistas mayoritarios”, se jactó uno de ellos).

Los dirigentes que rodean a Jerónimo también apuestan fuerte: “Bueno, presenten una lista y compitamos para ver quién gana una votación en el congreso”, fue el desafío que planteó Andrés Rodríguez a Héctor Daer incluso antes de que todo se desbarrancara en el tenso encuentro realizado esta semana en UPCN.
La alianza de “Gordos” y barrionuevistas barajó además algunos nombres para la futura CGT. A los Daer y Cavalieri les gustaría Jorge Sola como único secretario general, pero aceptarían un triunvirato sin Jerónimo y con esta composición: Sola, Maia Volcovinsky (judiciales) y Gustavo Vila, hijo y dirigente clave del titular del Sindicato de Carga y Descarga, Daniel Vila.
Los “Gordos” llegaron a proponer sin éxito el nombre de Héctor Morcillo, líder de la Federación de Trabajadores de la Alimentación, para conducir la CGT porque se trata de un dirigente de la industria, uno de los sectores que hoy está en crisis, para darle batalla al gobierno de Milei.

El que por ahora mira más de lejos este cuadro explosivo es Hugo Moyano. Es partidario de que Octavio Argüello (Camioneros) continúe en el triunvirato y dio señales confusas sobre Cristian Jerónimo, a quien conoce demasiado porque estuvo aliado a su hijo Pablo hasta que se alejó y pasó a ser apadrinado por Gerardo Martínez.
¿Cómo sigue esta historia signada por las peleas? Aunque ya se quebraron relaciones personales de muchos años, nadie cree que se formalice una ruptura. “Hay tiempo para arreglar hasta la mañana del mismo día del congreso de la CGT”, advirtió un jefe sindical con años de “rosca”.

Pero también es cierto que se consolidó un escenario de fractura que será difícil de revertir, con vínculos personales quebrados y donde todos, aunque tienen en mente casi un mismo modelo de CGT (que se endurezca ante el Gobierno), discrepan en los nombres de sus líderes y en la definición de la estrategia cegetista. Después de todo, si hay 3 casilleros para conducir la CGT, ¿por qué cada sector no propone su candidato y conviven en un esquema colegiado? Lo que está en juego es quiénes tendrán el poder real.
Los “anti-Jerónimo” afirman que recién volverán a reunirse después de las elecciones del 26 de octubre: el diseño de la nueva CGT, advierten, cambiará en función del resultado en las urnas. Si Milei pierde, irán por una central obrera “fuerte, creíble y que salga a la calle” con la mira puesta en 2027. Si gana, dejarán alguna puerta abierta para una eventual negociación. Porque, como se sabe desde siempre, los sindicalistas suelen ser tan afectos a la división interna como al más puro pragmatismo.
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