
Tal como consideraban una gran mayoría de los dirigentes, el peronismo bonaerense logró sellar un acuerdo de unidad pese a las interminables diferencias que atormentaron la convivencia interna. El acuerdo se logró después de tres reuniones maratónicas que Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner tuvieron en La Plata. La alianza se llamará Fuerza Patria.
El acuerdo central al que se llegó es que todas las decisiones serán de a tres. Todo por consenso. Las cabezas de lista, los candidatos provinciales y nacionales, la estrategia y la comunicación de la campaña. Son tres los apoderados y tres los integrantes de la junta electoral. Es el número mágico.
La base de la negociación final fue la oficina de la secretaria general de la Gobernación, Agustina Vila, una funcionaria que es parte de la mesa chica de Kicillof. En ese punto geográfico estuvieron largas horas Massa, Rubén “Turco” Eslaiman y Alexis Guerrera (Frente Renovador); Kicillof, Vila, Carlos Bianco, Cristina Álvarez Rodríguez, Mario Secco, Mariano Cascallares y Gabriel Katopodis (MDF); y Máximo Kirchner, Martín Sabatella, Facundo Tignanelli, Federico Otermín y Mariel Fernández (cristinismo).
En otra oficina esperaron el turno para firmar las planillas los apoderados de los partidos más chicos. Fue Cascallares, intendente de Almirante Brown, el encargado de hacerles firmar a todos su acompañamiento formal. Todos los pasos fueron un clima de tensión, pero donde primó la idea de cerrar el acuerdo.
Hoy es posible que los tres integrantes de la cúpula se vuelvan a juntar. Si no lo hacen ellos, serán los delegados de cada espacio. Empieza la disputa por los lugares en las listas.

“No tenemos otro camino que no sea acordar. Sino nos van a matar a todos”, repitió durante los últimos días un encumbrado funcionario bonaerense, que estuvo inmiscuido en algunas de las múltiples reuniones que se realizaron. Esa idea atravesó a muchos intendentes, legisladores y dirigentes que siempre entendieron que la unidad había que cerrarla como sea para enfrentar un oficialismo sólido en términos electorales.
La desconfianza flotó en todas las negociaciones pese a la buena voluntad de varios dirigentes. No se trata de algo personal, sino de un cúmulo de rencores que afectaron, principalmente, la relación entre el gobernador bonaerense y el líder de La Cámpora, que pasó de inestable a muy mala con el correr de los meses.
En el cristinismo a Kicillof lo llamaron “traidor”, “irresponsable”, “desagradecido”, “egoista”, “obtuso”, “agrandado” y negador". En el MDF trataron a Máximo Kirchner de “ineficiente”, lo acusaron de “romper todo” y aseguraron que siempre “puso trabas” para lograr un acuerdo. Además, siempre pensaron que su desgastado vínculo personal con el Gobernador lo llevó a influir negativamente en la relación entre el economista y Cristina Kirchner.

En el massismo trataron de jugar en el medio de la cancha. Se enojaron con el desdoblamiento y los mensajes públicos de Carlos Bianco, evitaron meterse en el barro de la disputa discursiva y dejaron saber que, lejos de ser un traidor, era lógico que Kicillof peleara por un lugar en la mesa central del peronismo bonaerense. Como su líder, jugaron a hacer equilibrio en el medio de una interna feroz.
Cuando CFK y Kicillof alcazaron una tregua y decidieron que se trabajaría para presentar listas conjuntas, las negociaciones se rompieron con la ratificación de la condena de la ex presidenta en la causa Vialidad y su posterior detención. Un paso adelante y tres para atrás.
En esas dos semanas donde el único tema fue la situación judicial de la ex mandataria, los diálogos se dilataron y las tensiones volvieron a crecer. Por eso en los últimos diez días se multiplicaron los encuentros y, entre pase de facturas, pudieron avanzar hacia un punto común. Cumplieron el objetivo. Lo que venga hacia adelante ya es otra historia.
En ese contexto, donde hubo incontables cruces públicos a través de las redes sociales y los medios de comunicación, y en el que la furia fue subiendo día a día al punto de acusarse, unos a otros, de querer quebrar al peronismo, se llevó adelante una extraña, pero hasta aquí efectiva, negociación de unidad.
Está claro que el acuerdo alcanzado es circunstancial. Que es solo para evitar una catástrofe electoral y que, en los diez días que quedan hasta el cierre de listas, los recelos y los enojos permanecerán en el aire que se respira entre los peronistas de la provincia de Buenos Aires. Aún así, y pese a todo y a todos, la unidad bajo una misma alianza cerró un capítulo determinante de la historia reciente del justicialismo.
A partir de hoy arranca una nueva etapa. Deben empezar a puntear los nombres de las listas en las ocho secciones electorales. Quiénes y dónde. Nombre, apellido y lugar en la lista. La vocación de todos los sectores es que se cierre un paquete de candidaturas entre las provinciales y las nacionales, Que en el tablero aparezcan los casilleros vacíos en ambos frentes y que se empiecen a llenar en base a acuerdos que tengan el consenso de la mayoría. Una negociación integral que deje los heridos que tenga que dejar, pero que sean todos en una misma instancia.
Uno de los puntos de mayor conflicto es la representatividad de cada sector dentro del armado. Cuánto se lleva cada partido de acuerdo al peso político y electoral que tiene. De ahí se desprende la discusión de qué espacio tendrán los sectores minoritarios del armado, como los que lideran Juan Grabois y Guillermo Moreno que, a diferencia de otras veces, decidieron jugar adentro de la coalición peronista.
“Es una unidad atada con alambres, pero unidad al fin”, se sinceró un intendente del kirchnerismo. Hay una coincidencia sustancial entre la gran mayoría de los actores: nadie sobreactúa la unidad. Después de tantos cortocircuitos y con un historial de reproches, desplantes y acusaciones interminables, el acuerdo para ir unidos es un símbolo inigualable del pragmatismo que suele caracterizar al peronismo.

La posibilidad de que vayan separados existió hasta último momento. A diferencia del 2019, cuando se armó el Frente de Todos, en este tiempo no hubo vocación de sellar un acuerdo sin mirar los daños colaterales. Lo dejaron bien en claro Máximo Kirchner y Carlos Bianco cuando, en distintos momentos, plantearon que ya no se podía utilizar la frase “unidad hasta que duela”, que fue la bandera de la negociación para vencer a Mauricio Macri y el PRO.
A partir de ahora el peronismo intentará hacerse fuerte frente al bloque oficialista que integrarán La Libertad Avanza (LLA) y el PRO, luego del acuerdo que firmaron ayer, tras un sinfín de idas y vueltas. Pero ese no será su único rival de fuste. La coalición que armó el peronismo disidente, el radicalismo y la Coalición Cívica (CC). Un espacio que puede robarle votos a las dos partes.
El que aparece por delante es un escenario electoral complicado para el peronismo. Está golpeado por la interna inagotable y las diferencias son tan explícitas que les resultará difícil explicarle al electorado que todos son parte de un mismo proyecto. Tal vez por eso la principal opción estratégica es trazar una fuerte polarización con los libertarios y plantear una elección de extremos.
La unidad se cerró por necesidad y no por convicción. Incluso, sobre todo en el MDF, había varios dirigentes dispuestos a hacerse cargo del costo político que implicaba una ruptura. El hartazgo con La Cámpora y el agotamiento con la centralidad permanente de CFK, sumado a las dificultades para que respalden la figura política de Kicillof, había generado un escenario propicio para la ruptura. Si no sucedió, fue porque todos entendieron que amontonados era mejor que separados.
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