Las medidas económicas anunciadas para allanar las tratativas con el FMI y tratar de oxigenar las reservas y la recaudación provocaron por primera vez una andanada de críticas opositoras que rozan el sensible tema de la deuda con el organismo internacional. En condiciones normales, podría haber abierto un debate de interés, nada desdeñable tampoco para el oficialismo porque remitiría al largo proceso de la crisis. No resultó así y, junto al sacudón del dólar -y las proyecciones preocupantes sobre la inflación-, la inquietud volvió al frente interno: el sentido del silencio kirchnerista, la dureza inesperada de Juan Grabois y la insólita referencia desde el Gobierno a temas como el hambre y la pobreza. De mínima, fuego amigo.
Juntos por el Cambio puso el foco en los ajustes de coyuntura –“parche”, fue el calificativo- que exponen los anuncios, en el arranque de la semana crucial para cerrar el acuerdo con el Fondo. Pero no apuntó contra la negociación en sí misma. Incluso, algunos de sus dirigentes se encargan de recordar cada tanto que el acuerdo firmado por esta gestión fue avalado en el Congreso gracias al aporte de su voto, frente al rechazo efectivo del kirchnerismo duro.
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Es decir, tanto Horacio Rodríguez Larreta como Patricia Bullrich, en primer lugar, cuidaron ese flanco. Nada casual pensando en lo que podía imaginarse como contrapunto de campaña. Pero lo llamativo fue, de entrada, que la posición del oficialismo quedó restringida casi por completo a Sergio Massa, en soledad. Y en paralelo corrió la interpretación, más o menos compartida puertas adentro, sobre el mensaje que representaría la falta de otros pronunciamientos frente a la andanada opositora, que también incluyó a Javier Milei y Juan Schiaretti.
El silencio del kirchnerismo -los movimientos de Alberto Fernández no son tenidos en cuenta- fue explicado desde ese espacio como un gesto de aval a las decisiones del ministro. Y en Economía transmitieron conformidad con esa reacción. Se lo presentaba como una señal connotada por el antecedente de los actos compartidos por Cristina Fernández de Kirchner con el ministro y candidato.
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Por supuesto, quedaban a la vista dos líneas igualmente sugerentes. La primera, que la decisión es del ministro y no necesariamente del frente gobernante. Y la segunda, que el gesto consistió en evitar consideraciones críticas y malestares contenidos. Más allá de cuánto tenga de realista, eso último apuntaría a sostener la imagen y cerrar filas en el kirchnerismo.
Las decisiones económicas fueron presentadas por el ministro como una expresión de “realismo” frente a la delicada combinación de las tratativas con el Fondo y el cuadro cruzado por las pinceladas del dólar, las reservas y los precios. De hecho, una especie de devaluación parcial: suba del “dólar ahorro”, recreación del “dólar agro” y aumento del precio para algunos rubros de importaciones. El silencio, entonces, fue traducido como una táctica también “realista”. La posterior carga de Grabois, aunque a raíz de la visita del ministro a la Exposición Rural, replanteó las interpretaciones apenas unas horas después.
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Es sabido que la candidatura de Grabois fue vista de entrada como un elemento para contener el voto kirchnerista duro, disgustado por el acuerdo de lista casi única encabezada por Massa. Eso mismo sugería utilidad y límites, aunque rápidamente empezó a hablarse del riesgo que podría suponer para el ministro -como resta al imaginario del candidato individualmente más votado- si superaba la condición de porcentaje marginal.
Grabois no dejó una frase poco medida en alguna declaración, sino un texto elaborado de cinco párrafos en Twitter. Descalificó al ministro como uno de los candidatos que fue a “dar examen a La Rural”, y remató: “Ningún político de nuestro campo debe ir a banquetear con los amos de la oligarquía”. ¿Carga personal y aislada? Por lo pronto, parece expresar una frontera de lo que estaría conteniendo el referido silencio kirchnerista a la espera del desarrollo electoral. No era descartable algún gesto para equilibrar. Y Máximo Kirchner dejó un respaldo al modo de “administrar” la negociación con el Fondo.
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Casi en simultáneo, la portavoz Gabriela Cerruti había anotado como tema de discusión las consecuencias más dramáticas de la crisis, calificación que también negó para describir el cuadro económico y social. Cuestionó las mediciones de pobreza y declaró que en el país “no hay hambre”.
El tema de la pobreza y la inflación fue referido por Grabois en su carga sobre el ministro. Y las respuestas informales desde el massismo eludieron ese debate -y en general, el contenido del cuestionamiento- para descalificar la jugada como un síntoma de “desesperación” para mostrarse en carrera hacia las PASO. Las declaraciones de la portavoz Cerruti, en cambio, anotaron algo más que un elemento de polémica: exhibieron falta de rigor argumental, además de sorprender incluso en la interna por su aporte a la campaña.
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De hecho, y más allá del análisis sobre los criterios para determinar niveles de pobreza e indigencia -sólo monetarios, en materia de privaciones o multidimensional-, resulta claro que con el mismo sistema de estimación, la pobreza viene creciendo y se ubicaría por encima del 40%, cifra que sugiere también la consolidación de un alarmante cuadro estructural.
Eso es expuesto por cifras oficiales y por otros estudios. En la franja etaria de chicos, el marco es más grave, al margen de cómo se mida. Un trabajo de Unicef Argentina, en base a los datos del año pasado difundidos por el INDEC, mostró que, en esa franja, la pobreza calculada por ingresos -es decir, monetaria- llegaba al 51,5% y medida por un conjunto de privaciones sin considerar ingresos, al 42,5%. En ningún caso, nada positivo. Con un agregado: otro trabajo del mismo organismo internacional señala que más de un millón de chicos se saltea una de las cuatro comidas diarias, una tendencia acompañada por una baja en la calidad de la alimentación.
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Parecen datos significativos si se encara un debate de fondo. No sería ese el caso en plena campaña.
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