
Alberto Fernández diseñó una estrategia de campaña para sumar a Axel Kicillof en su proyecto de reelección presidencial. Nunca fue fácil la relación política y personal entre el jefe de Estado y el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, pero se trata de preservar el control de la Casa Rosada por cuatro años más.
Kicillof también busca su reelección y compite con Martín Insaurralde, su jefe de Gabinete y aliado de Máximo Kirchner. El líder de la Cámpora tomó distancia de Kicillof y su candidato es Insaurralde. Esta decisión electoral de Máximo Kirchner transformó a la Plata en el Vaticano de Rodrigo Borgia.
En ese escenario palaciego, Alberto Fernández asumió que podía incluir al gobernador bonaerense en su maquinaria electoral. El cálculo presidencial es fácil de explicar: Máximo es un adversario politico de la Casa Rosada, y el jefe de Estado necesita al mandatario provincial para hacer una campaña efectiva en Buenos Aires. Si La Cámpora juega en contra de Kicillof, Alberto Fernández jugaría a su favor.
El gobernador bonaerense rechaza esa aritmética política. Kicillof está alineado con Cristina Fernández de Kirchner y desconfía de las decisiones de Alberto Fernández. Aún está sorprendido por la actitud final que el presidente tomó frente al fallo de la Corte Suprema que reconoce los derechos de coparticipación de la Ciudad de Buenos Aires.

Durante un cónclave en la Casa Rosada, el jefe de Estado y catorce gobernadores peronistas decidieron cuestionar la decisión de la Corte y anunciar que el Gobierno no pagaría un centavo a la Ciudad como estableció el fallo que firmaron los jueces Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz, Ricardo Lorenzetti y Juan Carlos Maqueda.
En esa oportunidad, Kicillof se fue satisfecho de Balcarce 50. Había tenido muchísimos cruces con Alberto Fernández, y cuestionaba su actitudes política con Cristina. Al gobernador nunca le gustó que el Presidente llegara al distrito sin avisar y siempre exhibió una mirada crítica sobre las negociaciones que emprendió Martín Guzmán con los bonistas privados y el Fondo Monetario Internacional.
La inesperada sintonía política entre el gobernador y el presidente -causada por la resistencia común a la decisión del alto tribunal- duró un suspiro. Kicillof no podía creer cuando se enteró que Alberto Fernández había decidido cumplir el fallo de la Corte con bonos TX31. El pésimo humor político del gobernador tuvo su réplica sistémica en las restantes trece provincias que administra el Frente de Todos.
“Estamos esperando que se convoque a una mesa nacional del FDT para definir la estrategia electoral y las candidaturas. Sin mesa con todos los sectores no hay estrategia que valga”, contestó Kicillof a Infobae cuando se le preguntó sobre la posibilidad de un acuerdo electoral con el presidente.
Las declaraciones de Kicillof tienen dos mensajes encriptados. Primero, el gobernador le pide al presidente que convoque a una mesa de diálogo, un reclamo en la coalición oficialista que Alberto Fernández ya descartó. Segundo, Kicillof sabe que no habrá mesa de diálogo y esa es su coartada para justificar su rechazo a la iniciativa electoral del jefe de Estado. Es decir: La Trampa 22 en versión peronismo bonaerense.
A diferencia de Alberto Fernández, el gobernador tiene una relación fluida y cordial con Sergio Massa, que dialoga con Cristina de manera sistemática. El ministro de Economía no quiere ser candidato presidencial, pero su nombre aparece en todas las listas del kirchnerismo y La Cámpora.
CFK ya bajó el pulgar al jefe de Estado y no hará nada para facilitar su campaña electoral. Ella maneja la provincia de Buenos Aires y Alberto Fernández tendrá muchas dificultades para caminar el principal distrito del país. Su única posibilidad, explicaban anoche en las cercanías de Kicillof, es que se avenga a reconocer el liderazgo de la vicepresidenta.
“Ni en sueños. Eso no va a suceder”, replicaron en Balcarce 50.
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