Jorge Macri llega, con look casual y en zapatillas a los estudios de Infobae, puntal y entusiasmado pese a que en la Argentina cada día se amanece en “un país distinto”.
Nos cuenta que en lo laboral disfruta mucho el desafío de ser el ministro de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y en lo personal está feliz, viendo a sus tres hijos encaminados y esperando ansioso el 12 de noviembre, fecha en la que contraerá matrimonio con la conductora María Belén Ludueña: “Ella me devolvió un hogar” afirma el ex intendente de Vicente López, que confiesa que ya tiene el traje listo para vivir lo que siente será uno de los días más felices de su vida.
En una charla íntima con Infobae, habla de sus facetas menos conocidas: fue disc jockey y rugbier. Además, cuenta de sus inicios en los negocios y en la política, y de los prejuicios que padeció por ser sobrino de Franco Macri. Asimismo, hace mención y recuerda el drama de cómo vivió toda la familia el secuestro de su primo Mauricio Macri.
Sobre la sociedad advierte que está muy angustiada, con la certeza de que mañana va a ser peor que hoy, y confiesa que le aterra escuchar a su hija menor decir que este país no tiene remedio.
Sobre el Gobierno dice que le cuesta encontrar un solo hecho de gestión relevante y pide al Presidente y a la Vicepresidenta que se comporten como personas adultas, que arreglen sus problemas puertas adentro.
A la hora de hablar de las futuras elecciones, prefiere construir su destino desde la acción, desde el trabajo con la gente: “No te hace candidato decirlo fuerte, alto y antes, te hace candidato que la gente sienta que vos deberías estar en ese lugar”

—¿En qué momento de su vida se encuentra?
—En un momento muy pleno. Disfrutando mucho lo que hago profesionalmente. Viendo a mis hijos ya encaminados, habiendo encontrado cosas que les apasionan en sus vidas, y en una relación personal con Belén, que me hace muy bien, que me puso muy en eje. Todos los que me conocen saben que eso me completó, como que me devolvió un hogar.
—¿Cuántos hijos tiene?
—Tengo tres hijos, Antonio, Martina y Giorgio. 23, 21 y 19 años. Antonio se recibió en relaciones internacionales, había arrancado ingeniería, hizo un paso por la política breve y ahora está trabajando en el mercado financiero en un banco. Así que viene probando distintas cosas en su vida. Martina está de novia y estudiando recursos humanos, después de haber probado estudiar diseño de interiores y no le convenció. Y Giorgio está intentando entrar al ITBA, que es una tarea descomunal, para estudiar ingeniería mecánica. Difícil, porque terminó el colegio en pandemia, con lo cual el nivel de aprendizaje esos últimos años fueron más flojitos y hacer la entrada al ITBA, que es muy exigente, es todo un training para él.
Y María Belén, es mi compañera. Mi pareja. Mi mujer. Nos casamos a fin de año. Ella es conductora de televisión. Está en el noticiero del mediodía de América con Guillermo Andino. Es marplatense.

—¿Cómo la conquistó?
—Un milagro (risas). La perseguí un año. La perseguí en el mejor de los sentidos. Insistí un año.
—Es un hombre insistente.
—Sí. Sí, soy perseverante. La conocí en el programa de Paulino Rodríguez, en La lupa, ella hacía una columnita ahí, y me impactó. Después estaba en un programa en Canal 26 los domingos que se transmitía desde La Matanza, desde la sede central de Canal 26, así que me fui hasta allá una noche, un domingo que jugaba River y llovía.
—Eso ya era amor (risas).
—Era amor ya. Y después durante un año cada tanto mensajitos, pero ella tenía muchos prejuicios. Supongo que sintió que por ahí no la tomaba tan en serio. Además, la portación de apellido, la diferencia de edad, le llevo 22 años, es un montón. Y de a poco un día bajó las defensas, salimos a comer, otro día vino a comer a casa, le cociné yo.
—El primer día que salieron no pasó nada.
—Nada. Por lo menos logré que fuera. Y no, un mensaje, un chat nada más.
—Cuando dice prejuicios, ¿a cuáles se refiere?
—A todos. Al apellido, a la edad, tengo algunos años menos que su padre. Esa es toda otra historia, pero me llevo muy bien con su familia. Es una familia muy linda.

—Habló del apellido, ¿le pesa hoy ser un Macri?
—No. En realidad uno nace llevando un apellido. A mí me tocó casi nacer con el apellido que ya era público y que cargaba sus prejuicios por Franco. Mi viejo era un tipo muy distinto a Franco.
—¿A qué se dedicaba su papá?
—Mi viejo era empresario con Franco hasta que un día se infartó. No era fácil estar cerca de Franco, y decidió priorizar en su vida lo social. Fue presidente del Hospital Italiano mucho tiempo. Se dedicaba a la Fundación Cultural Coliseum. Era representante de los italianos en la Argentina. Siempre fue un tipo muy comprometido con lo social y lo político. Estuvo en una movida de italianos por una justa paz en la época de las Malvinas. Juntaron firmas en la época en las que firmas se juntaban… Se fueron a Italia. Lograron que Italia se abstenga en la votación de la OTAN, de hecho, fue de las pocas veces que la OTAN votó dividida. Y siempre fue un tipo que entendió que la vida no empezaba y terminaba en el éxito individual, que había un fenómeno social con el que había que comprometerse. Además, fue el padrino de Mauricio, así que fue una guía importante para él.

—¿Por qué dice que no era fácil Franco?
—Yo siempre lo describo igual, era como un árbol muy frondoso. Abajo de él no crecía nada. Entonces, esto es muy sicológico, te peleabas para tirar ese árbol o te alejabas para encontrar tu norte. Creo que Mauricio encontró su norte alejándose. Después, volviendo un poco a él. Mi viejo tuvo que cortar medio de cuajo. Franco era una figura intensa, tan exitosa como compleja. Apasionante.
—¿Cómo era su relación con él?
—Buena, muy buena. Él siempre decía que yo tenía cualidades para la política. Pero nunca supe si lo decía por mérito mío o como para hincharlo a Mauricio, porque tenían esa puja entre ellos. Franco tenía la cualidad, que yo solo se la vi a Menem, de que cuando te prestaba atención vos sentías que había un cono del silencio y todo ocurría entre los dos. Pero al mismo tiempo podías ser transparente, o sea, no te registraba. Y eso como familiar es complejo. Supongo que para los negocios le sirvió un montón.
—¿Hoy cómo es su relación con Mauricio?
—Hoy muy buena.
—¿Hoy?
—Sí, hoy muy buena porque en realidad hoy tenemos una habitualidad y temas en común. Él me lleva 7 años y tiene hermanos que son más de mi edad, entonces yo durante mucho tiempo era el primo chiquito, al que le daba poca bola. Y después la vida nos reencontró como primogénitos; ser primogénito en una familia tana tiene una carga intensa, y en la política encontramos una vida y una pasión en común.
—Hablando de Mauricio ¿recuerda cuando lo secuestraron?
—Sí, me acuerdo bien.
—¿Cómo lo vivió?
—Fue un shock enterarme.
—¿Cómo se enteró?
—Me enteré por la tele volviendo del colegio. Y lo primero que hicimos, vivíamos muy cerca de lo de Franco, fue ir caminando a la casa. Franco ya tenía algunas personas de las que eran su custodia, especialistas en seguridad, dando vueltas. Y a partir de ahí empezaron trece días muy largos donde, todos los días, a las cinco de la tarde íbamos a lo de Franco y en su escritorio esperábamos el llamado de los secuestradores.
Me acuerdo de que Franco tenía un celular, un teléfono celular de esos ladrillos grises, dedicado, no entraba otra llamada que no fuera esa que, antes de sonar, se prendía el teclado. Por ahí estábamos cantando canciones italianas o simplemente esperando, y se prendía y se iluminaba, porque se iba poniendo oscura esa oficina sin que nadie prendiera la luz, recuerdo cómo se iluminaba el techo con esa luz medio verdosa. También me acuerdo de escucharlo a Franco hablar con ellos, era muy impactante. Muy fuerte.
—¿Qué recuerda de esas horas?
—A él calmándolos. Él con mucha firmeza, mucha decisión decía: “Esperen, estemos tranquilos, acá lo importante es que todo salga bien, que ustedes tengan lo que quieran pero que Mauricio esté bien”. Esa cosa de mucha firmeza, que, obviamente, cuando dejaba el teléfono era otra cosa. Pero la entereza para enfrentar ese momento de tanta tensión siempre me impresionó. Casi que se separaba de sí y tomaba una actitud de negociador muy profesional. Y después cuando cortaba, sí lo veías como realmente estaba.

—¿Y cómo vivió el día que lo liberaron?
—Fue muy fuerte. Mi viejo, dos días antes, se había descompensado entonces estaba en el hospital, así que me acuerdo de haber ido de raje a contarle. Y no me creía. Ahí me di cuenta de que tenía tele, entonces la prendí y estaba ya Mauricio en el zaguán, en el hall de entrada de la casa, con esa imagen que distribuyeron los noticieros.
—Habló de su padre. Ahora, hablemos de su madre. ¿Cómo es su relación con ella?
—Mamá cambió mucho. Era una mujer que te daba todo su amor y cariño en función del orden y la organización. Papá era más pegote, más del abrazo, más del afecto expresado. Mamá lo que tenía era que todo estaba en tiempo, forma. Muy organizada, la casa perfecta. Y aprendió, descubrió, yo creo que con sus nietos, el afecto más desde el cariño. Es la misma persona, con la misma capacidad de amar, pero que lo aprendió a manifestar de otra manera. Me acuerdo que ella no era de tanto abrazo.
—¿Cómo es la relación de su madre con su futura esposa?
—Mamá ama a Belén, le cayó muy bien de entrada. A toda mi familia. Pasó algo con Belén que para mí no era tan obvio. Uno puede pensar que cuando entra una mujer en tu vida por ahí eso hace que tus hijos pongan cierta distancia, y la verdad es que me pasó al revés.
Yo estuve divorciado, solo, durante siete años; no tuve ninguna relación estable en el medio. Es más, te soy sincero, pensé que ya no tenía capacidad de comprometerme en una relación. Y cuando Belén entró en mi vida, sobre todo después de la pandemia, que se empezó a quedar en casa, pasó algo muy raro, mis hijos empezaron a venir más.
—¿Por qué cree que pasó eso?
—Porque tenían miedo de venir. Por ahí “papá está ocupado, está con alguien, no sé qué”. O avisaban mucho: “che pa, qué hacés, ¿puedo pasar?”.
—Y ahora, hablando de sus hijos, ¿los ve yéndose a vivir a otro país?
—Martina una vez me dijo, y no es de hablar mucho de política pero cuando tira un comentario es picante: “Che pa, yo sé que vos vas a hacer cosas bárbaras, pero este país no tiene remedio”. Yo dije si ella siente que yo puedo hacer cosas bárbaras, que está cerca de alguien que ha transformado un municipio, que ahora tiene responsabilidades en la Ciudad, y aún así todavía siente eso, qué complicado. Casi te diría que me congela la sangre pensar que se me vayan. Por dos razones. La primera es muy egoísta: no tenerlos cerca. Y otra más histórica familiar que es que yo viví mucho cuánto sentía mi viejo haber tenido que abandonar su lugar. Y amaba Argentina, pero él muchas veces me decía que no era ni de acá ni de allá. Cuando estaba allá le decían que era argentino y acá era el tanito. No tenía un lugar. El destierro no es fácil.
—Su hija le expresó que el país no tiene remedio. ¿Es así?
—No, sí que tiene remedio.
—¿Cuál es?
—Volver a las bases. Este es un país que se hizo grande en la época que nadie te regalaba nada, pero valía la pena el esfuerzo. Hoy regalamos muchas cosas y nos va cada vez peor. Hay que recuperar que haya premio al esfuerzo, porque esfuerzo hay mucho, es decir, no hay que recuperar el esfuerzo, hay millones de argentinos que hacen esfuerzo todos los días, pero reciben muy poco por ese esfuerzo que hacen. Pero la esperanza reside no en nosotros sino en ellos, esa mayoría silenciosa que todos los días se levanta, empilcha a sus hijos para llevarlos a la escuela y de ahí se va a laburar. Se la rebusca como puede. Estira el mango. Vive a veces de prestado o vive sintiendo que le falta lo que debería tener. Ahí hay una reserva moral en la Argentina. Si le ponemos un poquito de norte al país y empezamos a tener un rumbo correcto ese viento a favor, que ellos generan, esa gente, ese ciudadano, nos va a poner en el rumbo correcto. Y nadie espera que sea mágico pero quieren que valga la pena. Y eso creo que es lo que está roto hoy.
Se me congela la sangre al pensar que mi hijos se pueden ir del país
—¿Cómo ve a la sociedad?
—Triste. Angustiada. Y casi con la certeza de que mañana va a ser peor que hoy.
—¿Entonces?
—Pasándola muy mal. Pero no afloja. Son dos realidades distintas, porque que vos estés agobiado, estés enojado, angustiado, no quiere decir que te diste por vencido.
—¿No le da la sensación de que la sociedad, en algún momento, va a salir a la calle a decir “basta”?
—Sí. Sí. Lo hace todo el tiempo.
—Pero me refiero a un basta definitivo.
—Sí, y nuestra tarea es que ese basta sea elegir a los buenos, no que nos vayamos todos. Pero sí, lo siento, cómo no lo voy a sentir. Si a mí me pasa. Hay días que digo “loco, basta”. No nos merecemos vivir así. Con este nivel de destrato. A veces miro la tele y escucho al Presidente gritarnos, porque además es raro, de golpe está en una inauguración, yo supongo que está dando una buena noticia, y no sé por qué se le va el tono y empieza a cagarnos a pedos a todos. También debemos tener errores nosotros, yo no creo que toda la culpa esté de un lado ni que nosotros seamos perfectos. Tenemos cosas para mejorar, pero yo he sido respetuoso y lo que me parece que hay es mucha falta de respeto y se ha roto mucho el ejemplo. La sociedad está en una actitud muy de sálvese quien pueda. Es raro, porque cruzamos a Uruguay y todos nos acordamos de que una senda peatonal no es una raya pintada porque sí, sino que es para que alguien pase caminando. Y acá no la respetamos. O llegamos a la rotonda allá y no, el que viene por la rotonda tiene paso. Acá no, te paso el auto. Y yo creo que eso tiene que ver con la sensación de que se ha roto el ejemplo. Que el que tiene mucho poder acá hace lo que quiere tantas veces, de manera tan brutal, tan explícita, que hay un punto en el que vos decís ¿y yo por qué me tengo que portar bien? Ahora, si no rompemos esa dinámica cada vez vamos a estar peor. Entonces ahí yo hago un llamado a una reflexión donde todos, algunos tenemos más responsabilidad, pero todos tenemos un poquito para mejorar del día a día. En el respeto al otro, en cómo nos administramos y manejamos.

—Nombró al Presidente, ¿cómo lo ve hoy a Alberto Fernández? ¿Piensa que puede renunciar?
—No sé, no estoy en su cabeza. ¿Cómo lo veo? Muy mal. Veo un gobierno mal en general, no solo veo a un Presidente mal. A mí me cuesta mucho encontrar un hecho de gestión relevante de este gobierno en dos años y medio. Y hago memoria siempre. Si te acordás alguno me lo decís y corrijo. Pero es difícil encontrarlos. Creo que, viste que uno tiene una energía limitada en el día, ellos toda la energía la invierten para pelearse entre ellos o con el resto de la sociedad. Cuando vos gastás toda tu energía en pelearte no te queda energía para crear, para construir, para hacer cosas lindas, bien. Y claramente no gestionan. No hay equipos. No hay norte. Entonces, más allá del Presidente o de cómo se llevan ellos, porque al final si se llevan bien o mal, como diría mi viejo, me nefrega, son dos personas adultas que tienen la suma del poder público en la Argentina, que decidieron presentarse para ese cargo, si tienen problemas cierran la puerta y los arreglan. Para afuera a laburar. ¿Para qué quisiste estar ahí si cuando llegás no sos capaz de asumir el rol para el que te presentaste?
—En el peor de los escenarios, si se aceleran los tiempos electorales. ¿Hoy la oposición está preparada para gobernar?
—Yo no voy a hacer esa hipótesis porque no me la permito intelectualmente. Y además sé la responsabilidad y el impacto que tiene lo que digo. Así que descarto esa posibilidad. Ahora, sí, estamos preparados para cuando nos toque, que va a ser dentro de un año y medio, después de ganar las elecciones.
—Falta poco.
—Sí, falta poco en algún sentido, pero si no empiezan a gobernar falta una eternidad. Y entiendo gobernar no como ocupar un cargo. Vos podés ocupar un cargo y no hacer nada. Gobernar es otra cosa. Es asumir costos, guiar el barco, resolver problemas. Ahora, cuando nos toque, vamos a estar preparados mucho más que en el pasado por varias razones. Una porque aprendimos de lo que hicimos mal. Dos porque crecimos…

—¿Qué fue lo que hicieron mal?
—Debe haber un montón de cosas. Yo creo que le pedimos demasiado esfuerzo a una clase media que, aunque sabía que lo que decíamos era cierto, que tenía sentido y que al país al que queríamos llegar era correcto, no aguantó. Y la gente tiene derecho a no aguantar. Vos necesitás poner la comida en la mesa de tus hijos y sentir que tu esfuerzo vale la pena.
Que hoy estamos peor que cuando fuimos nosotros gobierno no tengo dudas. Que se han dado cuenta que les prometieron lo que no les podían dar y que nosotros no mentíamos cuando decíamos que un país no puede gastar eternamente más plata que la que genera también. Yo no me enojo porque no me votaron. Fue una decisión que tomó la gente porque no le dimos respuesta a lo que esperaban de nosotros. Después creo que nos faltó, pero es muy injusto hacer una lectura de este tipo porque hoy tenemos más fuerza y más sabiduría, nos conocemos más y vamos a llegar con más diputados. Pero por ahí nos faltó elegir mejor cómo repartir esos esfuerzos. Creo que le pedimos mucho a la clase media laburante. Me parece que pensamos que como veníamos con buena leche a hacer las cosas, eso iba a cambiar el sistema, y hay mucha gente que no quiere que el sistema cambie y tenés que ser mucho más firme para cambiarlo.
—¿Cuál fue su reacción el día que Cristina anunció que Alberto Fernández sería el presidente de la fórmula?
—(Risas) Yo creo que estuvimos todos dos horas sin saber qué merda decir. Sinceramente.
—Como estrategia fue buena.
—Brillante.
Fue un shock. Pero fue un shock ¿y ahora? Estábamos todos recalculando. Ahora, en el fondo lo que pasó con esa decisión fue sorpresiva porque era impensada, y era impensada porque era imposible que estén juntos. Y eso se verifica hoy. Lo que digo es que la magnitud de esa sorpresa tiene la misma dimensión de la catástrofe de que estén juntos. Cuando vos revisás lo que Massa decía de Cristina, lo que Cristina decía de Massa, lo que Alberto decía de todos, no hay chances de que funcione.
—Falta menos para el 2023, ¿piensa que Cristina pueda sorprendernos otra vez?
—Sí, lo que pasa es que hay un punto en donde, digo…
—Es estratega…
—Yo no sé si es estratega, pero tiene una capacidad de dejar de lado cualquier principio y valor con tal de sostener poder, en eso es la mejor. Es capaz de subir a un escenario a dos personas que dijeron barbaridades de ella y ponerse segunda en una fórmula con tal de tener poder. Porque cuando vos estás dispuesto a cualquier cosa para sostener poder, bueno, es una definición también. Pero sí, puede querer sacar un nuevo truco de la galera. Me parece que es muy difícil que la gente le vuelva a creer.
—¿Qué sintió cuando perdieron las elecciones?
—¿Las PASO o la general?
—La PASO primero.
—Fue más dura la PASO porque fue más sorpresa. Me agarró en el búnker de Vicente López y yo iba viendo en las mesas testigo el resultado de Mauricio, lo que yo iba sacando, y además estaba con el corazón partido porque a mí me iba bien en Vicente López, pero era una catástrofe lo que nos estaba pasando a nivel nacional. Llegué al búnker de Vicente López con una cara… me acuerdo que mis hijos estaban shockeados. La noticia que nos iba mal estaba instalada. Mi mamá estaba muy angustiada. Esa noche fue más potente porque además de la sorpresa no tenía gesta. La derrota después de la general fue un camino de mucha gesta. De mucha utopía. De mucho sueño. Las plazas del sí se puede de Mauricio rebelándose en la derrota para dar batalla. A mí eso me llenó de esa sensación de que valía la pena. Pero la PASO fue como una derecha al mentón que me dejó en el piso.
Le pedimos demasiado esfuerzo a la clase media y no aguantó. Ya aprendimos.
—Fue jugador de rugby y también disc jockey. Cuéntennos su lado menos conocido.
—Jugué al rugby hasta los 25 años. Después entré en la primera del club en el que jugaba, Los Cedros, un club de la Segunda, de Primera B. Ascendimos a Segunda conmigo de entrenador.
Primero jugué y después fui entrenador de la primera. Jugué hasta los 25, pero yo era suplente de un pilar, Bernardo Fernández, que era muy bueno y además no se lesionaba nunca. Era frustrante ser suplente de él porque nunca entraba.
Fui disc jockey desde los 14 hasta los, también, 24 años. Me gustaba. Me ganaba mis manguitos saliendo con los equipos al hombro. Alquilaba Flete Salta, en aquella época, y salíamos con los equipos a poner música en fiestas en casas, fiestas de 15.
—Apelando a su talento de disc jockey. Si tuviera que musicalizar el presente argentino ¿con qué canción lo haría?
—Bueno, Cambalache, es una obviedad o The Wall de Pink Floyd, que tiene mucho drama, es muy oscura, pero también es un canto a la vida en cierto sentido. Por la resiliencia, por la resistencia.
—¿Cuál fue su primer trabajo “oficial”?
—De disc jockey, primero y, después, en una empresa de mi viejo, de cadete. Haciendo fotocopias, moviendo expedientes en la empresa. Súper Cemento era, Olazábal y Cramer. Empecé en el verano. Típico laburo. Mi viejo me dijo “a laburar”, yo le dije, “pero estudio, pa”. “No, a laburar”.
Entré en Arquitectura. Unos años después mi papá tuvo su primer infarto, a mis 21 años, y ahí entre mi inconsciencia y la suya, o mi arrojo y su inconsciencia, empecé a ocupar un rol más relevante en sus empresas, a tomar algunas decisiones. Aprendí un montón. Me equivoqué muchísimo. Cometí un montón de errores.
—¿Cuál fue el mayor error de su vida?
—Ah, no sé. Además ni en pedo lo diría acá (risas). No, no sé. No, yo creo que, a ver…
Yo soy un emprendedor constante. Yo me animo a desafiarme todo el tiempo. Con lo cual el desafío viene muchas veces de la mano de cometer errores. El tema es no quedarte pegado al error, aprender rápido, corregir, soltar. Cometí errores en lo profesional antes de la política.
La crisis del 98, el tequilazo, me agarró muy mal como Pyme. He tenido que echar gente. Es muy doloroso, tener que echar gente que conocés, a la que le tenés afecto, cariño. Esos momentos son muy difíciles. Me acuerdo una vez volver a casa y sentir que había fracasado casi en mi vida. Y al ratito tenía a mis dos hijos, no había nacido Giorgio todavía, estaban Martina y Antonio, dándome vueltas por encima y dije “bueno, no está todo mal”. Fue como un renacer.
Pude despedirme bien de mi viejo así que esa no es una deuda en mi vida. En realidad nos despedimos ocho veces con mi viejo. Ocho veces entró a operarse y tal vez no salía. Desde mis 21 a mis 47 años, cada dos años se operaba o del corazón o de cáncer. Le ganó el cáncer al final.
Y tuve el honor de que me dijera que no quería más y decirle que si él sentía que era así se lo merecía y si sentía que tenía que soltar que soltara. Y me pidió que traiga a toda mi familia a saludarlo. Me acuerdo que nombró a su mujer, Miranda, en ese momento, la mamá de mi segunda hermana, a mi mamá Alicia, a Pía su hermana, a mis hermanas, obviamente, y no lo nombró a Franco. Entonces yo le pregunté: “¿Y Franco?” y me dijo que no, porque estaba enojado con él. Pero yo le dije: “Viejo, te estás yendo, andate bien”, asi que vino Franco.
Con todos hizo lo mismo, una charla individual y después un saludo grupal. La despedida de mi viejo es muy parecida a una película canadiense que se llama Las invasiones bárbaras, no tiene nada que ver con el nombre, es una historia de alguien enfermo que logra irse rodeado de sus afectos. Y esa para mí es la medida del éxito. Si podés, por ahí te agarra una muerte por accidente y no tenés esa chance. Pero claro que alguien es exitoso si se va r
—¿Qué cree que sentiría su padre hoy con su presente?
—Está orgulloso. Estoy seguro. Está orgulloso porque nos ve a los tres hermanos, a mí, a Daniela ya Antonella, bien. Realizados, felices, con hijos. Bien entre nosotros. Somos hermanos muy unidos y eso él lo dejó él marcado a fuego en nosotros. Yo creo que esa sociedad nuclear que es la familia, tenga la forma que tenga y cambie como cambie en el tiempo, es la piedra angular sobre la que se sostiene todo. Creo que estaría muy orgulloso del lugar en el que pongo su apellido. Porque yo también soy Macri, pero soy Macri de Tonino. Porque mi viejo Tonino era distinto a Franco.

—De intendente de Vicente López a ministro de gobierno de la Ciudad. ¿Qué extraña de la intendencia y cómo ve a los intendentes hoy?
—El trabajo que hago acá es bastante parecido. Yo invierto mucho tiempo del día en estar cerca de la gente. Me encanta que la gente me marque qué falta, qué estamos haciendo mal o que me tire buenas ideas. Así que encaro la tarea con la misma pasión, el mismo rol. Disfruto mucho de ver que el equipo que formé en Vicente López sigue gestionando bien. Que Soledad Martínez, que es la que quedó a cargo de la intendencia con todo el equipo, lo está haciendo muy bien. Y me desafía mucho la Ciudad de Buenos Aires. Me parece que es como que cambié de liga. 10 años en la intendencia hicimos grandes cosas, Vicente López está muy lindo. Aprendí un montón. Hay cosas de allá que sería bueno traer a la Ciudad. Tenemos una costa maravillosa y la Ciudad puede tener una mucho mejor. Puntos seguros. Un montón de cosas.
—Le entusiasma la Ciudad.
—Me entusiasma mucho.
—¿Se ve como jefe de Gobierno? Todos lo quieren en ese puesto.
—Bueno, si todos me quieren eso alcanza. Pero yo creo que hay que esperar.
—Cuando dicen “hay que esperar, no hay que hablar de candidaturas” ¿cuándo es el tiempo para empezar a hablar?
—Fin de este año, supongo. Principios del año que viene.
Yo en realidad les pedí a todos en nuestro espacio que no hablemos de candidaturas hasta fin de este año por respeto a la gente. No me va muy bien, no soy muy exitoso con la propuesta.
Prefiero construir mi camino desde la acción, desde el trabajo con la gente. Que sea un fenómeno más natural. No te hace candidato decirlo fuerte, alto y antes, te hace candidato que la gente sienta que vos deberías estar en ese lugar. Yo voy a trabajar para que si eso ocurre ocurra.

—Para finalizar, ¿qué mensaje le gustaría trasmitirle a la gente?
—En realidad quiero pedirles que no aflojen. Para mí sí hay esperanza en la Argentina y tiene muy poco que ver con nosotros. Nosotros solo somos el reflejo de una resistencia de un montón de gente. No existiríamos si un montón de gente no hubiera confiado en que un grupo de locos que no hacía política hacía 20 años pueden tener responsabilidades tan grandes como las que tenemos.
A los jóvenes quiero pedirles que no se vayan porque si se van va a ser complicado enderezar este país. Necesitamos a cada uno de ellos comprometidos con sacar el país adelante. Sé que es difícil y la están pasando mal pero estoy convencido de que vale la pena. Estamos ahí. Estamos a punto de dar vuelta una página que va a dejar atrás años de creernos la mentira de que el esfuerzo no debe ser reconocido, de que las cosas te las pueden regalar. Este país se hizo grande con otra estructura, que todavía está en el ADN de los argentinos. Así que no aflojen.
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