
Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner no tienen intenciones de utilizar el acto por los 100 años de YPF para escenificar una tregua política. Al contrario: el presidente y la vicepresidente llegarán a Tecnópolis sólo para blindar sus espacios de poder con los discursos que ofrecerán a una audiencia partidaria que se fracturó por un Gobierno que tiene escaso apoyo social e incierto futuro electoral.
Es poco probable que Alberto Fernández y Cristina exhiban su resentimiento mutuo ante los medios de comunicación que cubrirán el merecido homenaje a la visión geopolítica de Enrique Mosconi. Pero la convivencia pública entre las casi dos mitades del Frente de Todos será un ejercicio infinito de simulación con final abierto.
Máximo Kirchner, Andrés “Cuervo” Larroque y Sergio Berni -por citar tres referentes emblemáticos del Cristinismo- estarán a metros de distancia de Santiago Cafiero, Vilma Ibarra y Juan Manzur, que defienden en Balcarce 50 al jefe de Estado. Habrá sonrisas para los fotógrafos y múltiples chats con acidez política garantizada.
La clave estará en las barras partidarias y en la ubicación de los invitados. Si se respetan las normas básicas del protocolo, el Gabinete Nacional tendría que estar en las primeras filas y más atrás los intendentes del conurbano, los secretarios de Estado y los legisladores nacionales.
Y los bombos peronistas, que cada sector aportará al acto, deberían latir por igual cuando hablen Alberto Fernández y CFK. Una asimetría en los cantitos, un chiflido que cruce como una puñalada el discurso de uno o de otra, puede terminar en una hecatombe política inolvidable.

Cristina hablará anteúltima en el acto, y Alberto Fernández cerrará la velada política. Así era el protocolo hasta anoche, cuando el jefe de Estado abandonó Balcarce 50. Habrá un VIP montado por YPF, pero nadie asegura que los dos socios más importantes del Frente Todo convivan allí hasta el inició del acontecimiento institucional que los pondrá juntos después de 93 días sin verse las caras.
El 16 de abril de 2012, CFK envió al Congreso su proyecto de “Soberanía Hidrocarburífera de la República Argentina” para expropiar las acciones de YPF que estaban en poder de Repsol. Fue una decisión política que fracturó la confianza del país en el mundo y causó sucesivas demandas en New York y Buenos Aires que aún están abiertas.
La vicepresidente tiene este capítulo de la historia de YPF para contar. Y sobre ese relato se aguarda en Tecnópolis un discurso crítico al gobierno y al ministro Martín Guzmán, que es el blanco móvil que eligió Máximo Kirchner para ajustar cuentas con el jefe de Estado.
Cristina maneja las palabras. Y crítico no significa estentóreo. La sutileza y el tono de voz en CFK puede causar más daño que una sucesión empalagosa de adjetivos y frases hechas.
Alberto Fernández nunca dudó en participar del acto de YPF. Su cuenta oficial de Twitter está ilustrada con una foto de la visita que hizo a los pozos de la compañía en Vaca Muerta, y jamás hubiera entregado ese escenario público a Cristina.

El presidente no tiene intenciones de ejecutar un aquelarre en Tecnópolis. Su discurso estará orientado a la posibilidad de exportar gas a Europa como consecuencia de la guerra de Rusia contra Ucrania, y a la agenda internacional que protagonizará en las próximas semanas: la Cumbre de las Américas, el cónclave virtual de los BRICS, la reunión del G7 en Alemania y la visita a Washington para encontrarse con Joseph Biden.
Alberto Fernández instará a la unidad del Frente de Todos, apuntará a Mauricio Macri como tributo implícito a CFK y obviará esas diferencias políticas con la Vicepresidenta que describió sin eufemismos durante su último viaje a Europa.
Cada uno de los adversarios hará su número político. Cristina evitará que el Presidente se victimice, y Alberto Fernández poco espera de su exaliada. Ambos asumieron que no habrá tregua y que la convivencia institucional será una ficción hasta el 10 de diciembre de 2023.
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