
La renuncia de Facundo Moyano a su banca de diputado es la primera consecuencia directa del malestar de algunos sectores sindicales, como el que lidera su papá Hugo, por haber quedado afuera de las listas de candidatos del Frente de Todos y excluidos de las políticas oficiales. Pero es mucho más que eso: simboliza el rechazo a una forma de hacer política beneficiando sólo a los incondicionales, toda una marca registrada de Cristina Kirchner.
¿Anticipa esta renuncia una ruptura del Sindicato de Camioneros con el Gobierno? Hay muchos indicios de que se está gestando algo en ese sentido. Hugo Moyano, en la intimidad, considera que ha defendido a la Casa Rosada como pocos dirigentes del oficialismo, pero siente que no hay reciprocidad por parte de la coalición gobernante. La última muestra de destrato, a su juicio, fue el encumbramiento del bancario Sergio Palazzo y otros dos dirigentes de la Corriente Federal, exponentes del gremialismo K, como candidatos a diputado. Y se la atribuye, obviamente, a la Vicepresidenta.
El líder camionero quería una postulación para su hijo Hugo, abogado laboralista, pero se lo negaron y ni siquiera le ofrecieron para su sindicato un espacio en la lista de diputados provinciales. Para colmo, su archienemigo Héctor Daer, cotitular de la CGT, consiguió que su hija Maia fuera propuesta por el Presidente para la lista de legisladores porteños. Sin embargo, el malestar de Moyano excede las candidaturas: mira de reojo el rumbo socioeconómico oficial, se queja de la desorganización del Gobierno y mantiene fuertes diferencias con ministros como el de Trabajo, Claudio Moroni.
Sólo consiguió tener un canal directo de diálogo con Alberto Fernández, quien lo calificó de “dirigente ejemplar” y lo privilegió al recibirlo junto con su familia en la Quinta de Olivos, sin barbijos ni distancia social, en medio de la cuarentena más estricta. Pero Moyano discrepa con la actitud del Presidente de equilibrar estos gestos con otros similares dirigidos a sectores sindicales enemistados con la patria camionera, como el que lidera la CGT.

Pablo Moyano, el hijo mayor, logró una buena relación con el camporismo a través del ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, y fue el que brindó más señales hacia el mundo kirchnerista con su acercamiento a la CTA oficialista, liderada por Hugo Yasky, o sus encuentros con el ex presidente boliviano Evo Morales. Suele tener un perfil alto y hablar con medios afines, pero sugestivamente se mantiene en silencio desde el cierre de las listas.
En cambio, Facundo Moyano, que ya no está alineado con Sergio Massa y mantenía cierta autonomía dentro del oficialismo, estaba incómodo en el bloque oficialista. No ser un soldado disciplinado de Cristina Kirchner tiene sus costos y su hijo Máximo se lo hizo sentir. Durante el debate de la Ley de Teletrabajo, por ejemplo, tuvo algunos cortocircuitos con la presidenta de la Comisión de Legislación del Trabajo, Vanesa Siley, sindicalista judicial alineada con La Cámpora, sólo por el pecado de proponer cambios en la iniciativa. Y al virtual aislamiento político se le agregó la soledad en la que sus pares lo dejaron desde que en 2020 propuso debatir cambios en la legislación laboral para combatir el trabajo no registrado. Este año, el kirchnerismo lo atacó directamente porque el hijo de Moyano afirmó que coincidía con el proyecto “Mochila Argentina”, del dirigente de la UIA Teddy Karagozian, quien plantea la creación de un fondo de desempleo que reemplace a las indemnizaciones de los nuevos trabajadores para favorecer la generación de empleo.
“¿Hay que modificar el sistema laboral? Claramente hay que modificarlo. Porque la realidad está marcando que hay aspectos que hay que modificar. Si no, no tendríamos un 40% de trabajo no registrado que no depende de que la Argentina crezca o no: tuvimos diez años de crecimiento económico continuado, a tasa chinas, pero, sin embargo, el trabajo no registrado nunca bajó del 30%”, dijo Facundo Moyano a Infobae, en junio del año pasado.

El ex diputado renunciór desde Twitter con un mensaje que tiene un tono elípticamente crítico de las políticas del Gobierno: “Mi ideal es una Argentina con pymes, comercios e industrias que generen empleo y hoy considero que puedo contribuir mejor a eso fuera del Congreso. No podemos conformarnos con un país que tiene un índice de pobreza de más del 40% y una informalidad laboral del 50%, frente a un mercado que no genera empleo formal hace más de diez años. Como peronista que lucha por la movilidad social ascendente, voy a redoblar mi compromiso para combatir la precarización laboral en el sector privado y público porque no puede haber justicia social si hay argentinos sin trabajo o argentinos con trabajo y sin derechos”.
El hijo de Moyano, de 36 años, tenía mandato como diputado del Frente de Todos hasta 2023 y desde hace muchos meses planifica su regreso al Sindicato de Peajes, al que renunció en 2017 para mostrar coherencia con su prédica en favor de la democracia sindical y contra la reelección perpetua. Su proyecto de ley sobre democratización sindical, que limitaba los mandatos de los dirigentes gremiales y favorecía la competencia interna, causó un gran malestar entre los colegas de su padre cuando fue presentado en 2014, no tuvo respaldo del peronismo en el Congreso y terminó naufragando.
Cuando asumió Alberto Fernández, Hugo Moyano fracasó en su intento de que fuera designado uno de sus más estrechos asesores, Guillermo López del Punta, como ministro o secretario de Transporte, pero tras el nombramiento en esa cartera del fallecido Mario Meoni, propuesto por Massa, Facundo Moyano logró que dos expertos cercanos a él tuvieran cargos estratégicos: Guillermo Montezanti como secretario de Planeamiento y Julián Obaid como titular de la Junta de Seguridad en el Transporte. Fue una forma de conformar al moyanismo por parte del presidente de la Cámara de Diputados.
Su tarea legislativa no opacó su intensa tarea como promotor de candidatos moyanistas para disputar el poder en varios sindicatos. De esa manera se convirtió en el artífice del triunfo de su amigo Juan Pablo Brey en las elecciones del gremio de Aeronavegantes, apadrinó a la oposición al líder de la Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera (ATILRA), Héctor Ponce, y auspició el crecimiento de la Unión Informática, de Pablo Dorín.

Este año, Facundo Moyano logró el acercamiento de su papá y el titular de la Unión Ferroviaria, Sergio Sasia, y de allí surgió un acuerdo entre ambos que podría darle al moyanismo el control de la poderosa Confederación de Trabajadores del Transporte (CATT), que tendrá elecciones el 7 de octubre. El líder camionero, además, facultó a su hijo diputado para negociar reservadamente su respaldo al opositor mercantil Ramón Muerza con el fin de intentar desplazar de su cargo a Armando Cavalieri, un viejo enemigo de los Moyano, en los comicios que habrá en el Sindicato de Comercio en 2022.
El legislador renunciante tiene planeado volver en octubre al Sindicato de Peajes como secretario adjunto y quedaría como secretaria general una delegada de Autopista del Oeste, una jugada que le permitirá consagrar el ascenso de una mujer en el masculinizado mundo gremial para diferenciarse de sus colegas. En sus planes también figura la creación de una federación nacional de la actividad, en la que buscaría ser elegido como su titular.
Facundo Moyano tiene un perfil propio, pero es difícil que haya tomado una decisión tan extrema sin el aval de su papá. Renunció a su banca, se fue del Frente de Todos, fue hasta la Casa Rosada a comunicarle su decisión al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y no quiso hablar con los periodistas. ¿Su gesto habrá sido, en el fondo, una señal de advertencia de Hugo Moyano hacia el Gobierno? En el Sindicato de Camioneros deslizaron que su líder podría romper el silencio en estos días. Hay preocupación en la Casa Rosada. El escenario político-sindical que montó Cristina Kirchner, y toleró Alberto Fernández, se resquebraja antes de unas elecciones decisivas y de la perspectiva de un 2022 signado por la crisis económica y las tensiones sociales.
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