
El intercambio entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner sobre el papel de los ministros es llamativo en sí mismo pero el mensaje es múltiple y más grave. Los términos dicen mucho: donde la ex presidente ve “miedo” el Presidente destaca “coraje”. Con todo, eso podría ser una cuestión de imagen que posterga y no anula la alternativa de cambios. Hay un problema de fondo mayor, que incluye y supera la cuestión judicial y que enciende alertas en materia económica. CFK parece haber plantado una nueva discusión, nada retórica. Y podría alterar un tablero donde lucen las fichas jugadas a la negociación con el FMI y a una mejora leve pero advertible en el año electoral que se avecina.
El Presidente agradeció a sus funcionarios este primer año de gestión en condiciones difíciles, con pandemia y con crisis económica y social agravada por el mal manejo de las restricciones y la extensa cuarentena. Tres días después del acto en La Plata, y en espejo, prefirió darle ese sentido a las palabras de la vicepresidente. Es decir, le respondió como si CFK hubiera querido aludir únicamente a cierta tibieza de gestión en esta coyuntura.
Visto así, sería parte del juego de poder, una movida destinada a producir recambios en el equipo presidencial que rompan el esquema armado hace apenas un año con pretensiones de equilibrio entre los principales sostenes del Frente de Todos. La reacción de Alberto Fernández puede ser interpretada por los dichos y por la puesta. Habló en un acto oficial, en Tierra del Fuego, y lo hizo acompañado por ministros y secretarios. Una valoración pública incluso si los cambios se producen de todos modos, con la situación sanitaria algo más encarrilada. Antes, deberían ser despejadas en lugar de alimentadas las incertidumbres en torno de la vacunación, según admiten voces para nada acríticas.

Las ofensivas de la ex presidente han sido vistas hasta ahora como una escalada de tensiones orientadas de manera exclusiva al plano de la Justicia. Y si su discurso no hubiese incluido novedad alguna, las referencias a los ministros habrían quedado incluidas en la misma partida: una demanda de alineamiento para presionar sobre el sistema judicial, empezando por la Corte Suprema, con la consigna del lawfare como estrategia de descalificación de las causas por hechos de corrupción.
Pero hubo una novedad que le dio un sentido más inquietante a la demanda dirigida a los ministros y también a los legisladores, mencionados con sentido propio y no para amortiguar la carga sobre los funcionarios del Ejecutivo. CFK fue muy enfática en apuntar a los límites del ajuste económico. Habló de la necesidad de equilibrar salarios, jubilaciones, precios y tarifas, privilegiando el consumo. Es decir, atender a los ingresos –dañados, sin dudas- y pisar en lo posible los rubros de mayores egresos, en particular los servicios.
Habían existido algunos indicios. El mayor, por el fondo y por el manejo, fue el cambio al proyecto de reforma de la movilidad jubilatoria. Las modificaciones impuestas en el Senado fueron expuestas como una corrección al texto original enviado por el Presidente, para morigerar sus posibles consecuencias. Antes había sido el llamado impuesto a las grandes fortunas.
Con todo, este mensaje en boca de la ex presidente se produjo en medio de los cuidados que demanda Martín Guzmán para avanzar en las negociaciones de un acuerdo de facilidades extendidas con el FMI. Hasta ahora, el ministro no estuvo en la mira de CFK, aunque en medios del kirchnerismo duro molestan los giros “ortodoxos” en la práctica, más allá del discurso, y los espacios que fue ganando sobre otras áreas.
La reivindicación de Axel Kicillof en el acto de La Plata también fue un dato saliente en ese contexto. CFK no sólo elogió la tarea inicial como gobernador, sino que atribuyó parte del triunfo bonaerense de octubre al pasado como ministro de Economía en su segundo mandato presidencial. Puso esa evaluación casi al mismo nivel que la “unidad” expresada en el Frente de Todos.
Tomado en conjunto el rubro económico, el planteo de la ex presidente fue expresado en dos sentidos convergentes: la advertencia sobre el alcance de los ajustes y la valoración de su propia gestión. ¿De nuevo la discusión del “modelo”? De entrada, pareció un prólogo del año electoral. Pero tal vez sea una cuestión más de fondo, y en ese caso un dato con impacto amplio, político, financiero y empresarial. No falta la interpretación menos seria: una chicana, una vieja factura al Presidente por sus dichos impiadosos sobre Kicillof hace más de seis años.
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