
El Arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, siempre provoca controversia con sus opiniones. Tras cuestionar la masturbación ("es animaloide"), vincular al divorcio como causa de los femicidios o considerar el reparto de preservativos como "corrupción sexual", el sacerdote ahora cargó contra la "moda cultural" del "sentirse bien" asociado con las prácticas como el yoga y los mandalas, entre otras prácticas del New Age. Y en ese rechazo apuntó con un tiro por elevación al presidente de la Nación, Mauricio Macri, usuario frecuente de este tipo de ejercicios espirituales.
En una columna, Aguer reconoció que "nadie quiere sentirse mal", pero cuestiona que se "imponga como moda cultural el recurso a antiquísimas prácticas orientales, sobre todo la meditación yoga". En esta línea, señala que "el ingenio burgués inventó variantes innovadoras" de estas experiencias, como el "yoga bikram, aeroyoga, acroyoga y otras más extravagantes, el yogalates (combinación de yoga y pilates), el paddle board o SUP yoga, y hasta el yoga nudista".
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"El actual presidente de la Nación, para sanar la tensión que en su momento le causaba la campaña electoral, acudió a una 'armonizadora espiritual budista'", resaltó.
Con una dura crítica, Aguer no dudó en calificar a la "meta del sentirse bien" como una "domesticación occidental de viejas prácticas orientales", marcadas por "un fuerte sentido de autorreferencialidad y afirmación narcisista de sí". "En cambio, la orientación filosófico-religiosa del hinduismo incluye una tendencia panteística y de disolución de la persona", contrapuso.
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El sacerdote se manifestó contrario a la tradición oriental e hinduista, y en particular cuestionó ideas como el karma, al afirmar que se "oponen totalmente a la revelación bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, a la doctrina católica sobre el alma como forma del cuerpo y a la esperanza de resurrección de los muertos" que son, concluye, "verdades teológicas y antropológicas de las que se siguen afirmaciones éticas y propuestas determinadas de comportamiento".
"Occidente ha perdido su identidad cultural, forjada por la sabiduría griega, el derecho romano y el cristianismo, con el que entraba también el pensamiento semítico. Ahora mira, deslumbrado y menesteroso, al Oriente no cristiano, extrabíblico", fustigó el titular Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas en su columna publicada en un matutino porteño.
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La columna completa de Monseñor Héctor Aguer:
Sentirse bien, una ambigua tentación occidental
La aspiración resumida en el título de esta nota puede considerarse una preocupación universal; nadie -a no ser el masoquista- quiere sentirse mal, y muchos menos experimenta complacencia al sobrellevar una desgracia. Actualmente se impone como una moda cultural el recurso a antiquísimas prácticas orientales, sobre todo la meditación yoga. La función elemental de atraer el aire a los pulmones indica simbólicamente el intento de "conectar con el yo interior", como suele decirse, de lograr el equilibrio interno, superar el estado de "ruido mental", volcarse a la "espiritualidad". El ingenio burgués ha inventado variantes innovadoras: yoga bikram, aeroyoga, acroyoga y otras más extravagantes, el yogalates (combinación de yoga y pilates), el paddle board o SUP yoga, y hasta el yoga nudista. La referencia que se invoca como fuente es el budismo.
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Más inocente parece la difusión entre los jóvenes de "diseños espirituales para pintar". Se trata de las mandalas, dibujos circulares más o menos complejos que -según los editores- contienen significados muy profundos y se utilizan hace cientos de años como instrumentos de meditación en la India y en otras regiones de Oriente. Pintar mandalas sería otro método para obtener un bienestar y equilibrio totales de la personalidad. Los modelos propuestos van acompañados de frases de Lao Tsé, Confucio, Buda, el Bhagavad Gita, Khalil Gibran y proverbios hindúes.
La meta del sentirse bien, implicada en la domesticación occidental de aquellas viejas prácticas orientales, está marcada por un fuerte sentido de autorreferencialidad y afirmación narcisista de sí. En cambio, la orientación filosófico-religiosa del hinduismo incluye una tendencia panteística y de disolución de la persona. Evidentemente, quienes han adoptado los métodos mencionados ignoran la gran salida del joven Siddhârta, su conversión en Buda y su aprendizaje junto a un brahmán ortodoxo. Según esa doctrina, el espíritu (purusha) tiene una presencia pasiva; la sustancia primordial (pakriti) a través de sus energías o modalidades (tres gunas) crea en el ser humano una noción falsa del yo (ahamkâra), una individuación ilusoria. La afirmación de la existencia permanente del yo sería fruto de la ignorancia, que lleva al espíritu a encerrarse en un juego psicomental, fuente de todo dolor. Las técnicas del yoga estarían ordenadas a vencer esa ignorancia, acabar con el conocimiento del individuo y darle acceso al auténtico saber de lo real: es como un despertar en el que se revela el ser inmutable. Mircea Eliade explicó que en el samâdhi o en-tasis debe desaparecer la conciencia personal.
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En el budismo se acumulan ideas heterogéneas y aun contradictorias. Subrayo la centralidad del karma, noción que ya aparece en los Upanishads, escritos de los siglos VII-VI a.C. Se trata de una fuerza sutil, invisible, que afecta el alma de la persona, es el resultado de sus acciones y se adhiere a ella como un peso que la acompaña después de la muerte. La noción de karma se vincula al concepto de metempsícosis o transmigración de las almas, otra idea ancestral que se incorporó a las diversas formas de gnosis y reaparece en diverso grado en el espiritismo y la teosofía. El ascetismo y la práctica del yoga podrían "quemar" el karma, y permitir al alma escapar a la necesidad para alcanzar la moksha o liberación por unión al ser. No está de más recordar que estas ideas se oponen totalmente a la revelación bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, a la doctrina católica sobre el alma como forma del cuerpo y a la esperanza de resurrección de los muertos, verdades teológicas y antropológicas de las que se siguen afirmaciones éticas y propuestas determinadas de comportamiento.
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Occidente ha perdido su identidad cultural, forjada por la sabiduría griega, el derecho romano y el cristianismo, con el que entraba también el pensamiento semítico. Ahora mira, deslumbrado y menesteroso, al Oriente no cristiano, extrabíblico. Desconoce la riqueza humana, ética y estética del cristianismo vivido durante siglos en aquellas regiones por donde asoma el sol. La Filocalia es una colección de textos de la patrística oriental, recogidos por Nicodemo el Agiorita y Macario de Corinto, publicada en el siglo XVIII y que sigue siendo traducida, editada y leída. Presenta las actitudes y los ejercicios que llevan a la meditación (meléte), la tranquilidad (eremía), el silencio (hesyjía), la libertad interior (eleuthería), la paz (eirene), el respiro (eispnoe,eknoe) y otros estados espirituales; todos ellos tienen su fundamental referencia en un Dios personal, en la relación del hombre con él y en el amor al prójimo. La meditación, para limitarme a ella, se procura mediante la repetición, en voz alta o en secreto, de invocaciones o versículos bíblicos; una actividad en la cual el intelecto queda fijado en el corazón, en la profundidad del hombre interior que adora a Dios en comunión con sus hermanos. Ni vaciamiento de sí ni abolición de la conciencia ni autoafirmación egoística de un yo recuperado. Hablando de la posición de flor de loto, propia de la religiosidad de la India, el papa Ratzinger comentaba que en ella el hombre mira dentro de sí mismo; no sale de sí hacia lo alto, sino que quiere hundirse en la interioridad, en la nada, que es al mismo tiempo el todo. No mira ni a Dios ni a los demás, sino -interpreto yo- al propio ombligo. El mismo Benedicto XVI, en una homilía de Corpus Christi, aludió a la práctica católica de "estar todos en silencio de manera prolongada ante el Señor presente en el Sacramento", y añadió: "Comunión y contemplación no pueden estar separadas, van a la par; el verdadero amor y la verdadera amistad viven de una reciprocidad de miradas, de silencios, a fin de que el encuentro sea vivido en profundidad, de manera personal y no superficial". Existe otra manera de sentirse bien. Sin yoga ni mandalas.
* Texto publicado hoy en la edición escrita del matutino porteño La Nación.
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