—Estoy preocupado por cómo está tratando de implementar el Gobierno nacional el tema de la transparencia. Se van topando con problemas de todo tipo porque hay sectores, dentro de la propia administración, que tienen reticencia a la transparencia por razones obvias. ¿Cómo se hace para que el Estado empiece a funcionar de una manera armónica y organizada?
—Se necesita un pensamiento estratégico porque el gasto público, agregado en los tres niveles de Gobierno, ronda el 42, 43 puntos del PBI. Estamos hablando de la mitad de la riqueza de los argentinos puesta a disposición de la creación de determinados bienes públicos, que deberían tener cierta finalidad en términos de igualación, calidad democrática, calidad de vida urbana, etc. Yo el primer foco lo pondría en la priorización de los objetivos públicos. La sociedad argentina tiene cinco o seis prioridades claras, en las que habría que poner el foco, en un proceso de re-jerarquización. Que ser un funcionario público sea una cosa dignificante, bien remunerada, y para eso hay que tomar una serie de decisiones complejas. Una es la de crear todas las estructuras estatales en el nivel nacional que correspondan, juramentarse por ley, votarlo y llegar a un acuerdo nacional del ingreso al sector público sólo por concurso. Acceder al sector público otorga una serie de beneficios y de responsabilidades, pero en cualquier caso esa persona no le debe un favor a nadie, no llegó por amiguismo, está empoderada frente a su jefe, entra en un sistema jerárquico, sabe materialmente la materia que va a tratar, etc. Todo eso mejora mucho, porque antes de la transparencia hay que reconstruir la legitimidad entre el estado como prestador de servicios materiales y la ciudadanía.
—En la base del problema está la política que ha utilizado al estado como el sistema de remuneración y premio a sus seguidores, votantes y punteros.
—Sí, pero la paradoja es que Argentina hoy tiene una oferta de políticas sociales vastísimo. En otras épocas atender al drama social con el empleo publico era muchas veces, para el intendente de una localidad alejada de los grandes centro urbanos, la única alternativa. Pero hoy Argentina tiene un menú de políticas sociales desde la AUH hasta Argentina trabaja, pasando por el sistema de promoción del empleo. La alternativa a usar al estado como botín de guerra es decir bueno, yo me doy un menú de políticas sociales y atiendo a la vulnerabilidad social mas allá de que hay que tratar de tener una economía competitiva y jerarquizada y generar empleos de calidad, pero mientras tanto no me quedo con el estado como reducto…
—Sí, pero no fue así…
—Fue así.
—Digo, no fue así en el sentido de que a pesar de tener todas esas políticas sociales se metió mucha gente en el Estado…
—si, se usó mucho el Estado. Bueno, lo cierto es que hay que decirle cara a cara a los argentinos que es necesario tener un estado de calidad para hacer la política que después, democráticamente, la sociedad elija. Si querés poner un satélite en órbita tanto como si querés una política universitaria calificada precisás un estado de calidad.
—Hay una cultura establecida que en el discurso estamos todos en contra de la corrupción y en la vida cotidiana somos todos un poquito corruptos. Modificar esto llevaría años ¿Qué político está dispuesto a pensar el país a largo plazo?
—No hay ninguna posibilidad de hacer una reforma del Estado instantánea porque el sector público tiene niveles de complejidad, aparte, estamos poniendo en juego servicios de altísima sensibilidad social. Creo la sociedad está madura para entender esto y creo que gestionar un estado mas eficiente va a permitir bajar moderadamente la carga fiscal. Esta reforma sobre el sector público es una deuda de la democracia argentina.
—Si a vos te dicen "usted tiene poder absoluto, tome cuatro o cinco medidas para poder llevar al estado hacia una producción real"
—Lo primero que le diría es "sáqueme el poder porque las soluciones que tenemos que conseguir tienen que tener un nivel de consenso alto para que después puedan andar, sino voy a hacer una receta académica". La receta para funcionar tiene que ser buena en términos técnicos y aceptable en términos políticos. Entonces, sáqueme el poder absoluto. Ahora, "ya que tiene el poder nuevamente usted convóqueme a los jefes de las bancadas de todos los bloques y vamos a hacer una charla a ver si nos convencemos todos de que para nosotros, con independencia de ser de izquierda o de derecha, es bueno tener un estado profesional, calificado que dignifica a las personas que trabajan dentro de él". Hay que juramentarse que esto no es contra los derechos de los trabajadores del estado, y por eso el tiempo que nos va a permitir una taza de transformación menos traumáticas que si uno lo tuviera que hacer en un año. Después de obtener consenso, uno de los ejes es "transformamos el Estado para hacer eficiente el gasto público, entonces hagamos organigramas y procesos en favor de la incorporación tecnológica y un programa de transparencia que significa romper con la economía de la matufia". Hay que crear una gran escuela de administradores públicos donde se ingresa, se cursan cuatro años y donde vale la pena ser administrador público del estado, conocer sus reglas y su complejidad. Hay que tratar de fortalecer nuestra democracia aliando la representación con el conocimiento.
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