
No hubo ni hizo falta una orden de "deskirchnerizar", como sostienen algunos; bastó con dejar hacer a los que saben y el Museo de la Casa Rosada volvió a la normalidad, recuperando hasta el nombre, como corresponde a un museo de sitio que debe llevar el de la institución a la que pertenece.
Porque hasta eso quisieron cambiarle. El tsunami refundacional que desencadenó el kirchnerismo lo rebautizó Museo del Bicentenario. Se lo llegó a inscribir así en la cartelería pero no pasó de ser un nombre de fantasía; formalmente nunca dejó de ser el Museo de la Casa Rosada. Ahora lo real coincidirá con lo formal: cuando se reabra, muy pronto, ya no será el museo del relato kirchnerista de la historia argentina, con réprobos y elegidos, sino el testimonio equilibrado y lo más desideologizado posible de nuestra historia presidencial.

Aunque todo museo histórico tiene una tendencia, el pretendido Museo del Bicentenario había sido dotado de un relato precario, torpe y muy sesgado. El desmesurado espacio dedicado, por ejemplo, a la gestión de 49 días de un presidente vicario como Héctor J. Cámpora contrastaba con la ausencia de toda referencia a los mandatarios alcanzados por el revisionismo oficial: Sarmiento, Urquiza, Mitre y Roca. Como si no hubiesen existido; como si la historia pudiera ser reescrita a gusto y piacere del huésped de turno en la Rosada, no había la menor huella de esos presidentes.
Tal vez este estalinismo santacruceño explique la presencia de un mural de David Siqueiros –pintor mexicano cuyo acto político más destacado fue un intento fallido de asesinar a León Trostky en su exilio en Coyoacán, en 1940, por orden directa de Stalin-, pero lo cierto es que esa obra restaurada es la "pieza central" del "área artística" del Museo Casa Rosada, según la explicación oficial.

Una restauración muy lograda, dicen los expertos, aunque poco y nada tengan que ver el mural y su autor con la historia institucional argentina.
Lo que sí es rescatable de estos años es la obra de recuperación de lo que eran los sótanos de la Aduana Taylor, que permiten que el museo, de ocupar unas pocas pequeñas oficinas, pase a disponer de un área de 5.000 metros cuadrados gracias a una restauración elogiada en Argentina y en el mundo, cuyo diseño fue responsabilidad del estudio B4FS (Bares y Becker).
Lamentablemente, el aspecto museístico no estuvo a la altura de lo arquitectónico. De los 14 arcos que tiene la aduana Taylor, los primeros cien años de nuestra historia independiente se apretujaban en cuatro, mientras que, por ejemplo, dos arcos completos estaban dedicados a la militancia de las Madres de Plaza de Mayo…

Todo acompañado por un relato adjetivado en video, firmado por Tristán Bauer. Propaganda pura.
La responsabilidad de este "guión museológico", en realidad un burdo relato faccioso, fue de Jorge Giles, el mismo funcionario militante que luego, como director del Museo de Malvinas, organizó un homenaje al periodista Horacio Verbitsky "por su compromiso en el reclamo de soberanía sobre las Islas" (sic).
El mayor logro de la actual administración ha sido sencillamente el de dejar hacer a los funcionarios de carrera responsables del museo. Confiar en lo que saben. Parece algo elemental y de sentido común, pero no fue la norma en los doce años precedentes, caracterizados por la acción atropellada e inconsulta de una presidencia que hizo del desconocimiento de las más elementales normas institucionales y de protocolo una norma. Desde los salones de la Casa Rosada remodelados siguiendo el capricho de ocupantes de paso sin la menor consulta a los expertos en patrimonio hasta la transformación del Museo institucional de la sede del gobierno argentino en una exposición de unidad básica.

Cuando el Museo Casa Rosada reabra, lo hará con ocho videos cuya realización fue responsabilidad del titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Hernán Lombardi, y un guión museológico que contó con asesoramiento de la Academia Nacional de la Historia.
Todo el trabajo de "normalización" fue realizado por el equipo histórico de la Casa de Gobierno, funcionarios de carrera, con formación y experiencia en el tema. Gente que siempre estuvo allí, cabe aclarar, pero que sencillamente fue dejada de lado. Su director, el profesor Juan José Ganduglia, es un museólogo experimentado, miembro titular de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, miembro también del Consejo Internacional de Museos de la Unesco, investigador, conferencista y asesor de varias instituciones culturales del rubro.
Los mocasines de Néstor Kirchner, así como su saco cruzado y su birome, seguirán expuestos en el Museo Casa Rosada. Tampoco será quitado el pañuelo de Hebe de Bonafini. A diferencia del espíritu del gobierno anterior, no habrá revancha excluyente, pero sí equilibrio. La finalidad de un Museo institucional no es homenajear sino testimoniar.

Cada vez que le regalan algo que no sabe dónde poner Susana Giménez dice "esto es para el quincho". En estos años, el Museo de la Casa de Gobierno se había convertido en el lugar en el cual, Oscar Parrilli, quien por muchos años ocupó el cargo de Secretario General de la Presidencia, depositaba toda clase de obsequios y emprendimientos convirtiéndolo en la vidriera de un cambalache.

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