
La Real Academia Española (RAE) y el conjunto de academias de la lengua tienen una posición sin ambigüedades: cuando una mujer ejerce la jefatura del Estado o preside cualquier órgano colegiado, la forma recomendada es «presidenta», no «la presidente». Aunque esta segunda opción sigue siendo gramaticalmente válida, la institución la considera menos adecuada en el español actual. El debate, que resurge cada vez que una mujer alcanza la cúspide del poder político, adquiere nueva vigencia con la eventual asunción de Keiko Fujimori en Perú.
El femenino «presidenta» no es una creación reciente ni una concesión a presiones externas. Aparece documentado en textos del español desde el siglo XV y figura en el diccionario académico desde 1803. La RAE lo recoge en el Diccionario de la lengua española (DLE) con la definición «mujer que preside» y como femenino de «presidente» en los sentidos de «cabeza de un gobierno, consejo, tribunal» y «jefa del Estado». Esta cronología desmiente el argumento, sostenido por algunos críticos, de que «presidenta» sería una invención reciente impulsada por la corrección política.
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El Diccionario panhispánico de dudas (DPD), obra conjunta de la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), dedica una entrada específica al tema. Allí se explica que, aunque «presidente» puede emplearse como sustantivo común en cuanto al género —«el presidente» para un varón, «la presidente» para una mujer—, el uso mayoritario de los hablantes ha consolidado el femenino «presidenta» como la opción preferible. El propio diccionario incluye el ejemplo: «La presidenta de la república, Mireya Moscoso, participó ayer en el acto de inauguración».

La RAE también se ha pronunciado en formatos más directos. En una nota publicada en su página web titulada «¿Es “la presidenta” o “la presidente”?», la institución sintetiza su criterio: las dos formas son gramaticalmente aceptables, pero hoy se considera preferible «presidenta» cuando el referente es una mujer. En redes sociales, ante consultas de usuarios, la Academia ha reiterado ese mismo mensaje con la palabra «preferible», lo que indica que «la presidente» no constituye un error, pero sí se aleja del estándar recomendado.
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La Fundación del Español Urgente (FundéuRAE), apoyada por la RAE y orientada al uso del idioma en los medios de comunicación, ha reforzado ese criterio en su recomendación «“la presidenta”, mejor que “la presidente”». La entidad explica que «presidenta» es un femenino válido formado por cambio de vocal final, del mismo modo que «asistenta», «dependienta», «infanta» o «intendenta». La recomendación añade que los cargos deben escribirse con minúscula inicial, por lo que la forma correcta es «la presidenta de la República», no «la Presidenta».
El argumento etimológico y por qué no se sostiene
Una de las objeciones más recurrentes al uso de «presidenta» apela a la morfología: «presidente» derivaría del participio activo del verbo «presidir» y, por ello, debería mantenerse invariable en cuanto al género. Quienes sostienen esta postura llegan a afirmar que «presidenta» no tendría «ningún sentido etimológico» y lo equiparan a hipotéticas formas como «estudiantA» o «pacientA».
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La gramática académica refuta ese razonamiento. El sistema del español admite la formación de femeninos específicos a partir de sustantivos en -ente mediante el cambio de vocal final, y la historia de la lengua lo confirma con pares como «sirviente/sirvienta» o «asistente/asistenta». La RAE cita precisamente esos ejemplos para justificar que «presidenta» encaja plenamente en la morfología del español, sin que la terminación -ente lo impida.
Tampoco resulta sostenible la idea de que «presidenta» significó históricamente «la esposa del presidente». Aunque ese uso existió en algunos registros tradicionales —del mismo modo que «la médica» pudo referirse a la esposa del médico—, el cambio social y jurídico que permitió a las mujeres acceder directamente a la Presidencia transformó el significado del término. El DLE lo recoge hoy como «mujer que preside» y como femenino de «presidente» en el sentido de «jefa del Estado», con lo que ese uso conyugal ha quedado residual y se desambigua mediante expresiones como «la esposa del presidente» o «la primera dama».
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La apelación a la etimología para negar la legitimidad de «presidenta» responde más a una estrategia retórica que a un análisis gramatical riguroso. La legitimidad de una forma no se decide solo por su adecuación a la etimología latina, sino por su grado de implantación en la comunidad y por su coherencia con el sistema. «Presidenta» cumple ambas condiciones: siglos de documentación, registro académico desde 1803 y uso mayoritario en medios de referencia de toda América Latina y España.

Un debate que la RAE ya zanjó en Argentina
El caso argentino ilustra con precisión cómo el uso de «presidenta» se convirtió en disputa política y mediática. Cuando Cristina Fernández de Kirchner ocupó la jefatura del Estado, su insistencia en ser llamada «presidenta» fue cuestionada por sectores que defendían «presidente» como única forma correcta. El periodista Eduardo Feinmann consultó directamente a la RAE para obtener una respuesta «oficial».
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La Academia respondió que, en referencia a una mujer, la opción más adecuada hoy es «presidenta», femenino documentado desde el siglo XV y presente en el diccionario desde 1803. Clarín tituló: «La Real Academia Española zanjó la discusión de “presidente o presidenta”». Perfil recogió también el pronunciamiento, que fue leído mediáticamente como un respaldo a la forma femenina frente a quienes la descalificaban como error.
La experiencia argentina muestra hasta qué punto el criterio sobre un término concreto tiene repercusiones que superan lo técnico. La validación académica operó como argumento de autoridad en un debate donde las posiciones lingüísticas estaban atravesadas por sensibilidades ideológicas. Quienes habían insistido en que «presidenta» era incorrecto debieron revisar sus posturas o, al menos, aceptar que la norma panhispánica respaldaba la forma femenina.
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Algo similar se observa en México, donde los medios públicos se refieren a Claudia Sheinbaum como «la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo» de manera sistemática, lo que indica que la norma académica ha sido interiorizada por instituciones estatales y se proyecta en el discurso oficial. El enunciado «La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo aseguró que los medios independientes son una necesidad» demuestra que «la presidenta» se ha convertido en la forma esperable cuando una mujer ocupa la jefatura de Gobierno.

El proceso histórico de feminización de cargos
La RAE atravesó durante el siglo XX un proceso de revisión de su postura respecto de los femeninos de profesión y cargo. El 5 de diciembre de 1930, la Academia aprobó el uso de sustantivos femeninos para designar profesiones y títulos, reconociendo la necesidad de dar cabida en la norma a formas como «médica», «abogada», «ingeniera», «diputada» o «alcaldesa». Esa decisión respondía a la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, a la vida académica y a la política.
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La política de aceptación sistemática de femeninos de cargo se articuló de manera más explícita en la Gramática de la RAE, que explica los mecanismos por los que sustantivos de persona desarrollan formas femeninas: cambio de vocal final, adición de sufijos o modificación del lexema. En ese marco se inscriben pares como «infante/infanta» o «sirviente/sirvienta». El principio general que emerge de ese proceso es que, cuando una forma femenina está suficientemente documentada, extendida y es regular desde el punto de vista morfológico, la norma tiende a incorporarla.
La codificación de «presidenta» responde exactamente a esa lógica. La RAE no crea la forma, sino que reconoce la vitalidad de un uso consolidado a lo largo de siglos y lo integra en la morfología del español. Con el tiempo, ese proceso ha ido cerrando la brecha entre la realidad socioprofesional —donde las mujeres ocupan prácticamente todos los cargos posibles— y su representación lingüística, donde el femenino de esos cargos resulta necesario para nombrarlas en igualdad de condiciones.
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En Perú, la Academia Peruana de la Lengua, fundada en 1887 y vinculada a la RAE y a la ASALE, forma parte del sistema panhispánico que participa en la elaboración de diccionarios y gramáticas conjuntas. Las decisiones sobre formas como «presidenta» se toman de manera colegiada y tienen en cuenta el uso real en países latinoamericanos. Para el ámbito mediático y educativo peruano, los pronunciamientos de la RAE y de FundéuRAE ofrecen un marco de referencia claro y homogéneo.

«Presidenta» en el contexto peruano y la figura de Fujimori
Perú ya cuenta con un precedente: Dina Boluarte asumió la jefatura del Estado en diciembre de 2022 tras la destitución de Pedro Castillo, en aplicación del mecanismo constitucional de sucesión. Aunque no fue elegida por sufragio directo, su condición de mandataria en ejercicio introdujo la cuestión del lenguaje en el debate político peruano. Desde el punto de vista normativo, la forma correcta según la RAE y FundéuRAE es igualmente «la presidenta», dado que el criterio se aplica a toda mujer que ejerza el cargo, con independencia de la vía de acceso.
Muchos medios peruanos adoptaron esa denominación, con lo que «la presidenta Dina Boluarte» se instaló en titulares y notas informativas. Ese uso contribuye a allanarle el terreno lingüístico a cualquier mujer que en el futuro alcance la jefatura del Estado por elección, pues la sociedad ya se ha habituado a leer «la presidenta» como algo natural y no como una innovación.
El material audiovisual analizado presenta a Keiko Fujimori como «primera mujer elegida presidenta del Perú» y la inscribe en el grupo de nueve mujeres que han alcanzado la Presidencia en América Latina, junto a figuras como Michelle Bachelet, Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner. En ese mismo discurso se alterna ocasionalmente «primera presidente electo» con «primera mujer elegida presidenta», lo que evidencia que, incluso entre comunicadores, la preferencia entre ambas formas no está completamente asentada.
Esa oscilación refuerza la pertinencia del criterio académico. Si los medios peruanos y regionales emplean «la presidenta Keiko Fujimori» de manera consistente en caso de que asuma el cargo, alinean su cobertura con el estándar panhispánico y con el uso consolidado en el resto de América Latina. La coherencia lingüística resulta especialmente relevante en contextos transnacionales, donde audiencias de distintos países familiarizadas con «la presidenta» podrían percibir «la presidente» como una forma extraña o arcaica.
Implicaciones para el lenguaje político y mediático
El uso de «presidenta» tiene implicaciones que van más allá de la corrección gramatical. Al introducir un femenino específico para la jefatura del Estado, el sistema lingüístico reconoce explícitamente que las mujeres pueden ocupar —y de hecho ocupan— el cargo más alto de la estructura institucional. El lenguaje no solo describe la realidad: también influye en cómo se la percibe y se la imagina.
Durante décadas, la figura emblemática del poder político se asoció con el masculino «el presidente», lo que contribuyó a que el imaginario social de la autoridad suprema estuviera encarnado preferentemente por hombres. La aparición y consolidación de «la presidenta» propone una imagen alternativa donde el género femenino está presente en los más altos cargos, con efectos sobre la manera en que la sociedad asimila esa presencia y sobre las posibilidades de liderazgo que perciben niñas, jóvenes y mujeres.

FundéuRAE, al subrayar que «presidenta» es válida y preferible, ofrece una vía por la cual el lenguaje puede expresar mejor la diversidad de género en los espacios de poder, sin necesidad de recurrir a soluciones que cuestionen más profundamente la gramática tradicional. El reconocimiento de «presidenta» como forma preferible demuestra que la norma no está cerrada al cambio, sino que se adapta cuando la realidad social y el uso lo requieren.
Para periodistas y redactores, la recomendación operativa es precisa: al cubrir a una mujer que ejerce la Presidencia —sea Keiko Fujimori, Dina Boluarte u otras líderes futuras—, la forma que debe emplearse conforme al estándar panhispánico es «la presidenta», con minúscula inicial por tratarse del nombre de un cargo. Esa elección garantiza la corrección gramatical, la coherencia con la norma académica y la alineación con el uso consolidado en toda la región.
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