La construcción de tres viaductos en la avenida Javier Prado, impulsada por la Municipalidad de Lima, ha generado una ola de rechazo y alarma entre vecinos de diversos distritos, especialistas urbanos y defensores ambientales. En medio de un clima de tensión y debate, el proyecto —valorizado en más de 540 millones de soles— se presenta como una solución definitiva frente al tráfico crónico de una de las avenidas más transitadas de la capital.
Sin embargo, quienes viven a su alrededor denuncian que la obra amenaza con destruir áreas verdes, generar contaminación, desvalorizar propiedades y replicar errores que otras intervenciones viales ya han causado en la ciudad.
Propuesta ambiciosa
La propuesta municipal es ambiciosa: construir tres pasos a desnivel a lo largo de la avenida Javier Prado, con el objetivo de reducir los tiempos de viaje en más de un treinta por ciento durante las horas pico y facilitar la circulación vial en una arteria que conecta ocho distritos. Según los voceros del Fondo Metropolitano de Inversiones de la Municipalidad de Lima, los usuarios que recorren trece kilómetros —por ejemplo, desde La Molina hasta San Miguel— podrán ahorrar más de media hora en su trayecto gracias a los nuevos viaductos.

Las maquetas y videos en 3D producidos por la comuna prometen una solución “de primer mundo”: largos tramos elevados, tráfico ágil y un entorno renovado que, para sus promotores, modernizará la cara de Lima. Las estructuras se levantarán en puntos estratégicos, como Circunvalación el Golf, avenida Los Frutales, avenida Arequipa y Sánchez Carrión, abarcando cerca de cinco kilómetros de extensión. La autoridad municipal sostiene que la decisión fue tomada tras evaluar alternativas mediante simuladores y software de flujo vehicular.
Áreas verdes, ruido y calidad de vida en riesgo
La resistencia ciudadana, sin embargo, es firme. Activistas, familias y arquitectos residentes en distritos como San Isidro, Lince, Jesús María y La Molina han salido a las calles con pancartas y consignas claras: “No a los viaductos”.
Argumentan que la obra implica la tala de árboles centenarios, la pérdida de parques—pulmones verdes en una ciudad con creciente densidad—, y el aumento inevitable de polvo, ruido y polución.

Vecinos como María Teresa Larco y Alejandra, cuyas viviendas se verán directamente afectadas, temen que sus balcones y parques sean reemplazados por “armatostes de concreto” a pocos metros de sus ventanas, lo que significa perder vistas, iluminación natural y tranquilidad. “Va a perjudicar todos los edificios”, advirtió una residente, mientras otro vecino recordó que el valor de su propiedad caerá de inmediato.
La desconfianza se alimenta de experiencias previas en zonas como Surco y La Molina, donde la construcción de viaductos derivó en mayor congestión, suciedad y deterioro urbano en vez de la mejora prometida.
¿Solución obsoleta o progreso a la medida?
Expertos en movilidad y ciudad advierten que este tipo de soluciones responde a modelos urbanos de los años cincuenta, cuando se priorizaba el flujo vehicular por encima del bienestar ciudadano. Mario Candia Martínez, arquitecto y especialista en tráfico y planificación, señala que aumentar los carriles y construir viaductos tiende a atraer más flujo de automóviles, trasladando el problema —no solucionándolo— y generando nuevos embudos a lo largo de la vía.

A diferencia de ciudades modernas que retiran infraestructura vial para priorizar el espacio público y reducir la contaminación, Lima apuesta por repetir fórmulas ampliamente cuestionadas. “¿Por qué no modernizar primero la semaforización y el sistema de transporte público antes de saltar a una obra de enorme impacto?” cuestiona Candia.
La misma opinión comparten profesores universitarios y urbanistas, como Pablo Vega, quienes inspiran a pensar en alternativas integrales, tecnológicas y sostenibles.
“Convertir áreas verdes en cemento, ruido y gases sería un retroceso”, afirma Vega, recordando el ejemplo de Seúl, donde se eliminó un viaducto para crear el parque Cheonggyecheon, símbolo de modernidad y recuperación ambiental. Los especialistas insisten en que una verdadera transformación urbana requiere enfocar el desarrollo en las personas y no solo en los autos.
Tensiones sin resolver y un proyecto en la mira
Hoy, la polarización es evidente. Para la Municipalidad de Lima, la visión es metropolitana: conectar nodos clave, reducir tiempos de viaje y satisfacer las crecientes demandas del parque automotor. Para los vecinos, el megaproyecto sólo traerá mayor deterioro social y ambiental, sumándose a la desconfianza que genera la falta de consensos y estudios independientes.
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