Jugar en la calle no era solo un pasatiempo, era una forma de habitar el barrio. Cada cuadra tenía sus códigos, cada grupo sus reglas. El silbido que llamaba al grupo, la piedra que reemplazaba una pelota, el dibujo con tiza que bastaba para inventar un universo.
Era una época en que el tiempo se medía por el sol y el llamado de mamá desde la ventana. No existía programación ni pantallas. Solo la libertad de crear juegos nuevos cada día y la certeza de que siempre habría alguien con quien compartirlos.
Aquella infancia, sin dispositivos ni horarios estrictos, dejó una huella que aún palpita en la memoria de quienes crecieron saltando sogas, empujando llantas o deslizándose en patinetas artesanales. El barrio era una fiesta cotidiana, tejida por la imaginación y la complicidad.
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La liga: precisión y puntería sobre el pavimento

El suelo servía de tablero y las tapas de gaseosa eran tan valiosas como una ficha de ajedrez. La liga —también llamada troya o tapa— era un juego que exigía destreza, cálculo y algo de suerte. Con un dedo se impulsaba la tapa para golpear las de los demás, en rondas donde cada tiro podía cambiar el rumbo del juego.
Las partidas se organizaban en cualquier esquina, a la sombra de un poste o frente a una tienda. Había quienes decoraban sus tapas con dibujos o les ponían cera para darles más peso. Lo importante no era ganar, sino demostrar que se dominaba el arte de apuntar sin pestañear.
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Policías y ladrones: adrenalina en la vereda

Cuando el sol caía y la brisa bajaba, las calles se convertían en escenarios de persecución. Unos eran los guardianes del orden; otros, los fugitivos más audaces. “¡Uno, dos, tres, salgo!”, gritaban antes de comenzar la fuga. No se necesitaba más que ganas de correr y un escondite eficaz: detrás de un carro, bajo una escalera, tras el poste de luz.
Se improvisaban cárceles con una piedra o una banca, y rescatar a los compañeros capturados era un acto heroico. El juego se extendía por cuadras enteras y no había quien no se involucrara, aunque fuera desde la ventana dando pistas o gritando alertas.
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La soga: ritmo, saltos y coraje colectivo

Dos sujetaban los extremos; el resto hacía fila para saltar. La cuerda giraba sin descanso al ritmo de cánticos que todos sabían de memoria. En algunos casos, la soga era una cuerda de tender ropa o una piola gruesa, pero siempre bastaba.
Lo esencial era el ritmo y el valor para entrar al círculo en el momento exacto. Las rondas se volvían más veloces, más desafiantes. Se saltaban dobles, con los ojos cerrados o en grupo. Era un juego que medía la coordinación y premiaba el trabajo en equipo. Los aplausos llegaban cuando alguien lograba durar varios giros sin tropezar.
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La escondida: el arte de desaparecer por instinto

Contar hasta diez (o hasta cien) con los ojos tapados y luego gritar “¡voy!” era el inicio de una aventura. Las veredas eran el laberinto perfecto para los expertos en camuflaje. Entre portales, techos y arbustos, se tejían estrategias para no ser descubiertos.
A veces, uno se quedaba quieto tanto tiempo que hasta olvidaba que estaba jugando. Otras, salía corriendo al grito de “¡pido vida por mí y por todos mis amigos!”. El juego era un pacto silencioso de astucia e inocencia. Quien buscaba, lo hacía con la tensión del detective. Quien se escondía, con la emoción del misterio. Aquel que encontraba a todos, ganaba el derecho a ser el siguiente en cerrar los ojos y comenzar de nuevo.
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¿Por qué se acabó?
Durante los años 80 y 90, la violencia y el miedo desplazaron los juegos callejeros, confinando a los niños al hogar. Los parques cerraron, se restringió el uso de espacios públicos y el barrio perdió su rol como escenario del juego infantil.
La inseguridad, la tecnología y la pandemia de Covid-19 profundizaron este aislamiento, extinguiendo poco a poco la vida colectiva en las calles. El escritor Jorge Eslava, en su libro Rodillas sucias, defiende el regreso de esos juegos a colegios, casas y barrios, apelando a la memoria de padres y abuelos como guías naturales para revivir esta tradición entre nuevas generaciones.
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