Era 3 de diciembre de 2010. Como cada tarde de diciembre, Gamarra hervía de comerciantes, compradores y ambulantes. El clima prenavideño aceleraba las ventas y la zona estaba colmada de gente. Pero a la 1:45 p.m., todo cambió. Un hombre encapuchado ingresó a la agencia del BBVA Banco Continental ubicada en el jirón Gamarra 976, en La Victoria. Portaba una pistola automática, una mochila y, supuestamente, una bomba adherida al cuerpo. Lo que parecía un intento de asalto terminó convirtiéndose en una toma de rehenes. En el interior quedaron atrapadas 33 personas, entre ellas tres niños y una mujer embarazada de ocho meses.
El secuestrador fue identificado más tarde como Wilfredo Ninasqui Barrios, un hombre de 29 años, natural de Yauyos, con antecedentes por robo y tenencia ilegal de armas. Apenas irrumpió en el banco, realizó varios disparos al aire. En medio del caos, algunos clientes lograron huir, pero decenas quedaron a su merced. Desde dentro del local comenzó a negociar con la policía. Sus exigencias eran desconcertantes: una camioneta, una moto, un helicóptero y dos millones 250 mil dólares en efectivo.
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“Si la policía intenta entrar, haré volar todo”, gritó desde adentro, según testigos y agentes. Aseguraba tener una “bomba atómica” adherida al pecho y amenazaba con detonarla si no se cumplían sus demandas.
El secuestro que captó la atención de todo el país
Lo que parecía una jornada típica en este centro de comercio masivo se convirtió en una emergencia de alto riesgo. Ninasqui había ingresado al banco con un maletín que decía contener explosivos. Reiteraba su amenaza de hacer volar el lugar si la policía intervenía. La respuesta de las fuerzas del orden fue inmediata, pero el comportamiento errático del agresor complicaba cualquier intento de solución. Mientras los rehenes temían por sus vidas, las autoridades trataban de ganar tiempo frente a un hombre impredecible.

Las cámaras de seguridad captaron cada movimiento del secuestrador, que alternaba entre la furia y la ansiedad. La tensión dentro del banco crecía mientras afuera se tomaban decisiones cruciales. A través de su celular, el hombre insistía en recibir el dinero en efectivo y pedía un helicóptero sin sistema de rastreo, además de motocicletas para escapar. Estas exigencias desconcertaban por su nivel de detalle, pero el riesgo era tan alto que nada podía descartarse.
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Demandas y comportamientos que desconcertaron a la policía
Lo más peculiar de la demanda de Ninasqui fue la forma en la que pedía todo a su favor. Su insistencia en que el helicóptero fuera entregado sin ningún dispositivo de rastreo, como GPS, mostraba una obsesión por el control y la evasión. Según informes de la policía, en un momento, Ninasqui exigió que el dinero entregado estuviera compuesto por 20,000 billetes de 100 dólares, y se mostró extremadamente meticuloso, pidiendo verificar uno por uno cada billete para asegurarse de que no fueran falsos. La situación se volvía cada vez más incontrolable.
A medida que las horas pasaban, los rehenes veían cómo la desesperación del secuestrador aumentaba. Las autoridades intentaban a toda costa mantener la calma, mientras los secuestradores mantenían la amenaza de que, si sus condiciones no eran cumplidas, las consecuencias serían fatales. En ese escenario, ‘Loco Bomba’ no solo estaba jugando con los nervios de las autoridades, sino que también sembraba una desconfianza aún mayor entre los rehenes, quienes temían que cualquier movimiento en falso pudiera desatar un desastre.
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La operación de rescate y la intervención de los francotiradores
A medida que la situación se volvía insostenible, las autoridades tomaron la decisión de proceder con una intervención directa, a pesar de los riesgos que implicaba. La policía, equipada con francotiradores, preparó una operación para ingresar al banco sin alertar a Ninasqui. Lo que se hizo para contrarrestar su paranoia fue el uso de un helicóptero sobrevolando la zona a baja altura, cubriendo el ruido de los trabajos para perforar una pared lateral del banco, por donde los francotiradores intentarían ingresar.
Los expertos en francotiradores se colocaron en posición, observando cada movimiento del secuestrador. En cuanto la operación fue puesta en marcha, uno de los francotiradores disparó a Ninasqui, acabando con su vida de inmediato. Fue un disparo certero que permitió el rescate de los rehenes, quienes comenzaron a ser liberados de manera escalonada. Aunque el desenlace fue rápido, la operación estuvo plagada de tensiones, ya que cualquier intento de un movimiento equivocado podría haber puesto en peligro a los rehenes.
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Un hombre con un perfil conflictivo
Ruiz Wilfredo Ninasqui Barrios no era un hombre desconocido para las autoridades. Aunque su vida no estuvo marcada por un historial criminal destacable, sí había tenido varios conflictos con la ley, lo que pintaba un perfil conflictivo. Nació en Yauyos, una pequeña provincia en la sierra central de Perú, pero fue en Lima donde su comportamiento comenzó a destacarse. Había sido dado de baja del servicio militar antes de completar su entrenamiento, lo que ya marcaba un inicio de problemas con las autoridades.

Uno de los episodios más oscuros de su vida fue el atropello que cometió en 2009, en el cual mató al esposo de su ex pareja. Este hecho, que pasó desapercibido en gran medida en ese momento, dejó entrever su propensión a la violencia y el caos. A pesar de sus antecedentes, muchos se sorprendieron al descubrir que se había autodenominado físico e inventor, un título que parecía no corresponder a su realidad. La construcción del maletín con el que amenazó a sus rehenes fue un intento de proyectar una imagen de control y poder, pero la falta de conocimiento profundo sobre estos temas dejó en evidencia las limitaciones de su preparación.
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La obsesión con el control y el poder
El comportamiento paranoico de Ninasqui también quedó claro a lo largo del secuestro. Su deseo de controlar cada aspecto de la operación, como lo demostró al exigir que las motocicletas y el helicóptero no estuvieran rastreados, mostró un hombre que necesitaba tener el control total de la situación. A medida que las horas avanzaban, se hizo evidente que su paranoia solo aumentaba, lo que lo llevó a hacer demandas cada vez más extravagantes y, al mismo tiempo, más peligrosas.
En sus últimos momentos, Ninasqui ya no solo estaba luchando por un rescate: su necesidad de control lo había llevado a una espiral de desesperación. Fue esa misma necesidad de evasión y control lo que lo condujo a un final fatal, cuando la operación de rescate lo sorprendió, acabando con su vida a manos de los francotiradores. La historia de ‘Loco Bomba’ se cerró con su muerte, dejando atrás a un hombre que, en su último acto, trató de imponer su voluntad sobre el destino, pero que acabó siendo abatido por la fuerza del estado.
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