
Durante el Virreinato, las expresiones religiosas propias de la Semana Santa presentaban particularidades que contrastan con las formas contemporáneas de conmemoración. Si bien la fe seguía siendo el eje central de estas celebraciones, el modo en que se manifestaba respondía al contexto social, político y cultural de la época.
Por ejemplo, el viernes anterior al Domingo de Ramos, en Lima, los sacerdotes salían de las iglesias acompañados por pajes: uno sostenía un gran parasol y el otro una amplia salvilla. Esta práctica, realizada durante el Viernes de Dolores, tenía como propósito reunir fondos para el Santo Monumento. En la actualidad, dicha costumbre ha desaparecido.
En el libro ‘Lima, apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres’, de Manuel Atanasio Fuentes, se señala que en Sábado Santo “los pulperos ‘quemaban a Judas’ a las doce de la noche, hora de las suntuosas cenas que indicaban el fenecimiento de la Cuaresma y el principio de la alegre Pascua”. Al igual que la tradición mencionada anteriormente, esta también ha desaparecido.

Otra manifestación religiosa de antaño estuvo vinculada a las procesiones. Los negros, pardos, indígenas y blancos contaban con una imagen propia de Nuestra Señora del Rosario, a la que rendían culto en recorridos separados. Hoy, en cambio, existe una única procesión en la que personas de diversos orígenes y culturas se congregan para rendir homenaje a la Virgen.
Ahora bien, Lima no fue la única en presenciar las celebraciones por Semana Santa. En diversas regiones del Perú, especialmente en Ayacucho, esta festividad religiosa se vivió en un inicio por mandato, pero con el tiempo arraigó con fervor. Como es sabido, durante el Virreinato, los españoles impusieron su fe en los territorios conquistados.
Pero, ¿cuándo se originó la Semana Santa en Ayacucho? Para un sector de la población ayacuchana, esta celebración se remonta a la época colonial. Así lo sostiene también Nelson E. Pereyra Chávez en su libro ‘Historia, memoria y simbolismo de la Semana Santa de Ayacucho’, aunque señala que una parte de la tradición actual se gestó hacia mediados del siglo XIX.

“Aunque algunas procesiones fueron instituidas en la Colonia, una considerable parte de la Semana Santa ayacuchana proviene de mediados del siglo XIX, de la coyuntura derivada del auge del guano, cuando aumentó la producción de ganado, trigo y aguardiente y se configuraron dos ejes para el comercio de ganado y lana con la costa central: el primero entre Ayacucho y Pisco y el segundo entre Puquio, Lomas y el Callao”, escribió.
Tras haber citado al autor, resulta pertinente explicar el origen de la Semana Santa en Ayacucho, en particular en la ciudad de Huamanga, y exponer las principales prácticas religiosas que se llevaban a cabo durante los primeros siglos de la Colonia.
Así se instauró la Semana Santa en Huamanga
Huamanga, la ciudad más religiosa del Perú, es el escenario donde la Semana Santa se vive con mayor intensidad y arraigo cultural. Esta celebración ocupa un lugar central en el calendario religioso del país, ya que fusiona los ritos del catolicismo con costumbres ancestrales propias de la tradición andina.

Pero, ¿cuál es el origen de esta festividad religiosa? Para responder a esta pregunta, es pertinente citar a Nelson E. Pereyra Chávez, autor de ‘Historia, memoria y simbolismo de la Semana Santa de Ayacucho’.
“La Semana Santa fue introducida en Huamanga por los españoles en el siglo XVI, cuando los tres primeros Concilios Limenses -reunión de los clérigos del Arzobispado de Lima- regulaban la evangelización de los indígenas mediante procesiones y fiestas religiosas”, indicó.
En 1552, el Primer Concilio Limense decretó la separación entre las festividades españolas de carácter católico y las manifestaciones rituales indígenas. Como parte de sus disposiciones, se exigió a los pueblos originarios participar en tres celebraciones del calendario litúrgico: Navidad, Pascua de Resurrección y Pentecostés.
Asimismo, se impuso el ayuno obligatorio durante los viernes de Cuaresma y la víspera de la Resurrección. Finalmente, se estableció que las procesiones solo tuvieran lugar durante solemnidades religiosas específicas.

El investigador Pereyra Chávez citó a Vargas Ugarte para dar a conocer lo que se decidió en el Segundo Concilio Limense, el cual se llevó a cabo 15 años después del primero: “Ni en la Semana Santa no se hagan representaciones de la Pasión, ni los sacerdotes o clérigos en cualquier comedia representen”.
Entre 1582 y 1583, el Tercer Concilio Limense reafirmó la separación entre las festividades españolas y las indígenas, y estableció que estas últimas debían celebrarse con el máximo cuidado y esplendor religioso.
“Con estas disposiciones, la Semana Santa se convirtió en el medio para evangelizar a los indígenas y reproducir el orden jerárquico de la sociedad colonial”, sostuvo Pereyra Chávez.

A partir de estos tres primeros concilios, se establecieron en Huamanga las bases litúrgicas y de devoción para la celebración de la Semana Santa. En cuanto a las procesiones, estas presentaban características particulares que fueron detalladas en el libro citado.
“Ordenamos y mandamos que las procesiones de la Semana Santa se hagan temprano, yendo los hombres apartados de las mujeres y que ninguna mujer ha de ir en ellas en hábito de disciplinante azotándose, sin alumbrado con cirio y damos facultad a cualquier ministro de justicia para que les quite y tome para sí las cosas dichas”, se lee en el libro. Es preciso señalar que el investigador consultó el Archivo General de Indias en Sevilla.
Tras el fin del Virreinato, algunas actividades religiosas propias de la Semana Santa desaparecieron, mientras que otras perduraron. Además, se instauraron nuevas tradiciones.
Verbigracia, a mediados del siglo XIX se establecieron dos procesiones que aún se celebran en la actualidad: la procesión del Domingo de Ramos, conocida como el Señor del Triunfo, y la procesión del Santo Sepulcro y la Virgen Dolorosa.
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