
Aunque Lima es una ciudad donde lo real maravilloso se reinventa cada tercer día, nuestra capacidad para sorprendernos de ello siempre ha resaltado por su consistencia. Por eso, cuando llegamos a marzo y tras infinitos meses todavía sigue en la bajada de Armendáriz ese horroroso puente celeste, atravesando su penosa existencia a medio ser, junto a una absurda grúa dispuesta en el peor lugar posible, es inevitable preguntarse ¿por qué eso sigue ahí y nadie hace nada?
En Ingeniería, el pensamiento sistémico es fundamental. Cualquier obra, grande o pequeña, se sitúa en un contexto, de modo que su ejecución dependerá de variables que van más allá de lo que dice un plano y estará sujeta a quiénes, con quiénes y para quiénes la realizan.
Por eso, cuando un puente no se cae sino se desploma o la estación del metro llamada «aeropuerto» no se conecta con este, es fácil notar que la improvisación —y otros términos que riman con ella— han estado presentes. En el caso del puente celeste, esto último es más que evidente, toda vez que luego de conocerse que la obra se había paralizado —y por qué—, todo siguió ahí, como si un día las cosas se fuesen a resolver solas y el puente apareciera hecho. O desapareciese.
Eso nos lleva a otra idea clave del pensamiento sistémico, lo que se conoce como «la parábola de rana hervida». Esta cruel metáfora plantea que, si una rana cayese a una olla con agua hirviendo, saltaría de inmediato y evitaría la muerte. Sin embargo, si la rana cayese a la misma olla con agua fría y esta fuese calentándose lentamente, el agua podría empezar a hervir y la rana se moriría sin darse cuenta.
Fuera de lo imprecisa que puede ser la figura en términos biológicos, la metáfora se usa para reflejar el hecho de que cuando estamos sometidos a un cambio brusco, las personas solemos reaccionar, pero si estos cambios son pequeños y paulatinos, nos vamos acostumbrando y nuestra capacidad de reaccionar simplemente desaparece.
Parece ser que esto es lo que nos ha ocurrido con la corrupción y la incompetencia, nos hemos terminado acostumbrando y ya no nos sorprende. Esperar a que nos toque para reaccionar, además de inmoral, será totalmente inútil ya que, justamente, al ser nuestra sociedad un sistema, sus partes no funcionan de manera aislada y sus problemas no se resuelven cada uno por separado.
Ese puente a medio hacer es un reflejo de nosotros mismos y cada día que continúa ahí nos seguimos condenando a ser un país, también a medio hacer, donde es normal que un aeropuerto se construya una estación de metro o que el transporte público en el centro histórico vaya a funcionar con carrozas.

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