
El solucionismo, un término popularizado por Evgeny Morozov, describe la tendencia a querer resolver problemas complejos con recetas simples y efectistas, con base en tecnologías avanzadas como algoritmos y plataformas digitales. Por ejemplo, la idea de digitalizar toda la información disponible en el planeta y hacerla accesible para todos parece una iniciativa revolucionaria; sin embargo, este enfoque plantea riesgos como la fragmentación de datos, el monopolio del conocimiento y la vulneración de los derechos de autor.
En el ámbito educativo, este pensamiento también se refleja. Digitalizar todas las clases para que cualquiera pueda acceder a ellas parece una solución ideal. Imaginemos comunidades de miles de estudiantes que interactúan y aprenden juntos en foros y grupos de discusión. Aunque los cursos en línea han alcanzado cifras impresionantes de participantes —algunos superan los cien mil—, la realidad es que la deserción es altísima; llega al 85 % en la mayoría de los casos, y solo una minoría participa activamente en los foros.
Esta situación pone de manifiesto un problema fundamental: la diferencia entre interactividad e interacción. La primera se refiere a la velocidad y cantidad de intercambio de datos, mientras que la segunda, más cualitativa, involucra comunicación real y significativa, caracterizada por la igualdad, la reciprocidad, la libertad y la honestidad, como proponía Jürgen Habermas.
El aprendizaje es mucho más que consumir contenido. Incluye aspectos emocionales que son difíciles de transmitir a través de una pantalla, como la confianza, la curiosidad y el interés sostenido. Además, en niveles educativos superiores y técnicos, el trabajo práctico y experimental es esencial. Aunque los cursos virtuales pueden ofrecer teoría y metodologías, el aprendizaje real sucede en talleres y laboratorios, donde los estudiantes aplican, analizan y discuten los resultados de sus experimentos.
Aquí surge una limitación clara de la educación virtual masiva, que suele enfocarse más en la distribución de contenidos que en la experiencia de aprendizaje integral. Si bien la tecnología permite acceder a clases de instituciones prestigiosas, el acceso a sus laboratorios y centros de investigación sigue reservado para quienes pueden asistir presencialmente.
En lugar de apostar por un solucionismo que ignora estas complejidades, debemos avanzar hacia un nuevo paradigma educativo, tanto presencial como virtual. Este paradigma debe centrarse en el aprendizaje más que en la enseñanza y utilizar mecanismos que evalúen cuánto ha interiorizado y recreado el estudiante según sus propios intereses y metas. Esto no solo enriquecería la experiencia educativa, sino que también la haría más inclusiva y efectiva.
(*) Este artículo es una adaptación actualizada para este medio del texto publicado en el libro Estudio de casos en el uso de la tecnología aplicada a la docencia universitaria, de Ediciones McGraw Hill.

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