
En una gran casona ubicada en Santa Clara, un distrito de Lima rodeado por animales y vegetación, se tejió una historia que parece extraída de las páginas de una novela negra. Allí vivió Friedrich Schwend, un hombre que alguna vez fue pieza clave en la maquinaria del Tercer Reich. Este personaje escondió su pasado detrás de una identidad apenas disimulada: Federico Schwend. Su vida en el Perú es un episodio en el que convergen espionaje, estafas, crímenes de guerra y un insólito vínculo con las élites locales.
Schwend no era un nazi cualquiera. Durante la Segunda Guerra Mundial, lideró la Operación Bernhard, un ambicioso plan que pretendía socavar la economía británica mediante la falsificación masiva de libras esterlinas. La calidad de los billetes era tan alta que incluso los bancos alemanes llegaron a aceptarlos como auténticos. La operación, llevada a cabo en el campo de concentración de Sachsenhausen, produjo más de 200 millones de libras.
Un hombre con un pasado por ocultar

Con la derrota del Tercer Reich en 1945, se convirtió en un fugitivo. La Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), precursora de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), lo capturó en Europa, pero logró negociar su libertad a cambio de información sobre los fondos nazis ocultos. En 1947, con un pasaporte emitido por la Cruz Roja Internacional a nombre de Wenceslau Turi, desembarcó en el Cuerpo del Callao junto a su esposa. No era un expatriado común. En su equipaje llevaba un pasado cargado de secretos y un talento singular para el engaño.
En Santa Clara, Schwend adoptó el nombre de Federico, pero no hizo grandes esfuerzos por ocultar su origen. Su reputación como experto en falsificaciones y sus conexiones con el régimen nazi le granjearon respeto y temor. “Don Federico”, como lo llamaban algunos, a simple vista, parecía un comerciante más. Sin embargo, informes de la CIA, el Servicio de Inteligencia Británico y el Servicio Federal de Inteligencia de Alemania Occidental lo vinculan con actividades como tráfico de drogas, venta de armas y, por supuesto, falsificación de monedas.
La sombra de Klaus Barbie

Schwend no fue el único criminal nazi que encontró refugio en América Latina. Entre sus contactos más cercanos figuraba Klaus Barbie, el llamado “Carnicero de Lyon”. Barbie, conocido por su brutalidad como jefe de la Gestapo en Francia, se refugió en Bolivia después de la guerra y colaboró con diversos gobiernos sudamericanos en la persecución de opositores. Su vínculo con Federico remarca cómo estos fugitivos construyeron redes de apoyo que les permitieron vivir al margen de la justicia.
Según testimonios, Schwend y Barbie mantuvieron contacto constante, e incluso intercambiaron favores. El jefe de la Gestapo llegó a visitar Perú, y algunos sugieren que Federico fue clave en su huida cuando se reveló su verdadera identidad. El vínculo entre ambos muestra cómo los exnazis lograron mantenerse activos, incluso décadas después del colapso del Tercer Reich.
Un escándalo familiar y el asesinato de un conde

En 1964, el nombre de Schwend volvió a aparecer en los titulares, pero esta vez no por sus actividades delictivas, sino por un escándalo familiar. Ingrid, su hija, fue acusada de asesinar al conde español José Manuel Sartorius. Según los reportes de la época, Ingrid, de 24 años, disparó cinco veces contra el joven en un episodio que capturó la atención de los medios limeños. Aunque el caso fue tratado como un crimen pasional, algunos proponen que la influencia de Schwend pudo haber facilitado la resolución judicial en favor de su hija.
El escándalo no afectó significativamente la vida de Schwend. Continuó frecuentando círculos sociales y manteniendo sus negocios, mientras fortalecía sus conexiones con el gobierno militar peruano. En 1972, su nombre volvió a aparecer en medio de un escándalo financiero. Albert Galban, un ciudadano que intentaba adquirir dólares en el mercado negro, denunció a Schwend por apropiarse de 550 mil soles sin entregar el dinero prometido. Este caso, que involucró al economista alemán Volkmar Schneider-Merck como intermediario involuntario, destapó una red de corrupción y tráfico de influencias liderada por el exnazi. Schneider-Merck, temiendo por su vida, buscó refugio en la prensa y en la revista Caretas, que lo protegió al exponer públicamente las actividades del nazi.
Schwend fue deportado a Alemania, donde enfrentó un juicio por el asesinato de un agente italiano cuando era el Doctor Wendig durante la guerra. La condena fue leve: dos años de prisión suspendida. Sorprendentemente, regresó a Perú poco después, donde retomó su vida bajo la protección de sus aliados locales. La impunidad que lo rodeaba parecía inquebrantable.
Hasta su muerte en Lima en 1980, Friedrich Schwend vivió como un hombre respetado por algunos y temido por muchos. Su figura encarna un capítulo oscuro en la historia del Perú, donde criminales de guerra encontraron refugio y, en algunos casos, prosperaron. Más que un simple estafador, Schwend fue un símbolo de cómo las redes de poder pueden proteger incluso a los más infames.
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