
Si Alberto Fujimori supiera lo que es el remordimiento, se alejaría de las cámaras. Si le interesara el futuro político de su hija o respetara el duelo de las familias afectadas durante su gobierno, guardaría silencio; pero el exdictador sonríe al periodista que le recuerda sus años en Palacio y respalda a quien, al igual que él, no vaciló al disparar a los ciudadanos que ejercían sus derechos fundamentales.
Quien semanas atrás reclamaba un trato humano para sus últimos días de vida ya piensa en las elecciones de 2026. “Hay público”, dice como si reconociera que la política peruana no es otra cosa que un espectáculo en decadencia o un perpetuo desfile de nuestras taras. Fujimori suelto en plaza es la confirmación de que en el Perú a la memoria histórica se la trata como hierro al rojo vivo: chancándola al antojo del herrero de turno.
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Ya empiezan a surgir las dudas en torno a quién será el representante del fujimorismo en las próximas elecciones; sin embargo, no cabe la menor sospecha que se recordará con nostalgia la década en que se disolvió el Congreso, se masacró estudiantes, se esterilizaron mujeres contra su voluntad, se secuestraron periodistas y se compraron las lealtades de los congresistas con fajos de dinero. Errores llaman ahora a la crueldad y el autoritarismo.

Resulta sospechoso, o quizás revelador, el silencio de la presidenta Dina Boluarte ante el presunto acuerdo de Fuerza Popular para que su gobierno dure hasta el 2026. Su permanencia en la cargo no depende de sus bajos números de aprobación ni su fracaso al combatir la inseguridad ciudadana, sino de los buenos tratos y atenciones que la llamada oposición reciba de Palacio.
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Desligarse de lo dicho por un exdictador se logra con un breve comunicado o una rápida declaración, pero resulta complicado cuando tu supervivencia política depende de quienes añoran el retorno de uno de los gobiernos más corruptos de nuestra historia republicana. El nuevo pacto social que Boluarte prometía en campaña se convirtió en el fortalecimiento de una clase política que, aunque se pudra, no somos capaces de desechar.
Las esperanzas para evitar el retorno del fujimorismo recaen precisamente en el fujimorismo, en sus errores para ser más exacto. Si vuelven a vislumbrarse presuntas cercanías al narcotráfico o apelan una vez más al terruqueo, el racismo y el clasismo como discurso político, quizás nos vuelva a invadir esa fugaz sensación de rechazo que ya consiguió negarle la presidencia en tres oportunidades.
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Hay partidos, pero no políticos. Hay planes de gobierno, pero no proyectos de país. Somos millones de votos a la espera del siguiente show, viejas generaciones convencidas de llegarán nuevos rostros con los mismos vicios de ayer y jóvenes a quienes la ilusión se les será arrebatada por el siguiente caudillo que porte la banda presidencial. Somos el Perú de hace 34, 39 y 56 años.

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