
La historia de Perú no solamente es la que se nos cuenta en los libros que nos hacen leer en la época escolar. Detrás hay muchas cosas que no las enseñan en los colegios, pero que deberían hacer para darnos cuenta de qué tan lejos pueden llegar algunos personajes de nuestra vida republicana que en algún momento lideraron al país.
Uno de esos capítulos está relacionada con el expresidente del Perú de principios de la década de 1930, Luis Miguel Sánchez Cerro, quien no solo llegó al poder mediante un golpe de Estado a Augusto B. Leguía, primero; y luego en elecciones democráticas. Al menos eso nos hizo creer.
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Aunque su gobierno duró apenas un par de años, debido a que fue asesinado por un fanático aprista, Sánchez Cerro pasaría a la historia peruana por implantar la libertad de culto y reconocer legalmente el divorcio. Y también por promover la búsqueda de un antiguo tesoro inca en lo que hoy es el distrito de El Agustino. Esta es su historia.
De película

Tal como lo hicieron los nazis en la película ‘Indiana Jones y la última cruzada’, esta vez alguien logró convencer a Sánchez Cerro que en el cerro de San Bartolomé, contiguo a El Agustino, se encontraba el tesoro escondido de la antigua curaca inca Catalina Huanca.
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En este libro, de un rigor histórico discutible, aseguraba que una joven Catalina le consultó a su buena amiga Santa Rosa de Lima si entregar su tesoro serviría para ayudar a aplacar el dolor espiritual y material de la gente de su raza.
A lo que la joven y futura santa le habría respondido que los antiguos dios andinos no estaban muertos y que la humanidad no estaba lista para ellos. Si esta conversación entre ambas alguna vez se dio, nunca lo sabremos.
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Dudosa investigación

De igual manera, en el libro de Barco (que se terminaría convirtiendo en ministro de guerra de Sánchez Cerro) apuntaba que Catalina Huanca era hija de Machu (Viejo) Apo (Gran Señor) Alaya, cacique de Hanan Huanca (1525-1546).
Más adelante esta última propiedad sería parte de la famosa Quinta Heeren. También señala Barco que Huanca era una devota y caritativa católica que seguía las enseñanzas del arzobispo Jerónimo de Loayza y de, como no, Santa Rosa de Lima.
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Siguiendo con la leyenda del general, Machu Apo Alaya solo le reveló el secreto que del lugar en donde habían sido escondidos (de la avaricia española) los tesoros del Templo de Pachacamac a Catalina, a pesar de tener muchos hijos.
Más tarde ella misma se lo confesaría a su primo Titu Cusi Yupanqui, uno de los grandes incas de la zona de Vilcabamba, pero el espíritu de su padre se le apareció al sobrino para advertirle que no debería buscar el tesoro ni mucho menos contar el secreto.
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Finalmente, Catalina murió en 1637 con 94 años y cuenta Barco que lo hizo pura y casta, pues no conoció hombre en su vida.
La Tradición de Palma

Tal vez el disparador para la obsesión de Barco haya sido una de las tradiciones que el escritor Ricardo Palma redactó durante su vida.
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Pero el detalle que le jalaría la vista a Alejandro Barco fue que Palma se refería a los tesoros que Catalina habría escondido en diversos puntos.
¿Y dónde está el tesoro?
Según con la leyenda, las riquezas de la poderosa huanca se encontraban enterradas en diversos puntos en la ruta Lima-Huancayo. Así fue como se creó la idea que los “tesoros de Catalina Huanca” estarían en el nevado Runatullu, Apata, San Jerónimo de Tunán y en otros sitios de ‘La Incontrastable’. En lo referente a la capital, se señaló al cerro de San Bartolomé, en El Agustino.
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En busca del tesoro perdido

Hasta que la historia llegó a oídos de todavía teniente coronel Luis Miguel Sánchez Cerro, gracias al general Alejandro Barco, y se dejó convencer de que había que emprender la búsqueda de los tesoros y apenas llego al poder autorizó las excavaciones en el cerro San Bartolomé y en las zonas cercanas.
Tan convencido estaba el entonces dictador peruano, que promulgó la Resolución Suprema, 649 que señalaba que todos los tesoros ocultos que fueran encontrados sería propiedad exclusiva del Estado.
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Tras las elecciones de 1931, se legitimó como presidente del Perú y continuó con más ímpetu la búsqueda, aunque siempre sin resultados. Hasta que un par de años después, Sánchez Cerro moriría trágicamente asesinado en el hipódromo de Santa Beatriz a manos de un partidario aprista.
Lo curioso es que su sucesor, Óscar R. Benavides, al enterarse de la historia de la niña profeta de inmediato paralizó los trabajos. Se dice que lo hizo porque él no quería morir trágicamente como el anterior mandatario.
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